EL NUEVO GOBIERNO: ¿ventana de oportunidad para la paz?
Mauricio García Durán S.J
En las últimas semanas se han venido realizando distintos tipos de balances de los ocho años de la administración Uribe, tanto desde la orilla del gobierno como de la oposición y de los centros de investigación y medios de comunicación. Nosotros también lo estamos haciendo en este número de Cien días. Las perspectivas varían en tanto algunos buscan enfatizar sus logros y otros llamar la atención sobre los problemas que nos dejan estos ocho años. Ahora bien, lo importante de estos balances, políticamente hablando, son los retos que se plantean en los mismos para el gobierno que se inaugura, el de Juan Manuel Santos.
No obstante haber sido elegido como la continuidad del ‘Uribismo’, queda claro en las declaraciones que ha hecho y en los nombramientos que ha anunciado que su gobierno implicará un cambio de estilo y perspectiva con relación a la era Uribe que acaba esta semana. Aunque falta conocer más detalles de lo que será la política de paz del gobierno de Juan Manuel Santos, las noticias conocidas hasta el momento parecen indicar que se puede abrir una ventana de oportunidad para la paz en el país. Las declaraciones de Angelino Garzón, vice-presidente electo, así lo atestiguan.
Uno de los resultados de la política de seguridad democrática es haber cambiado la correlación de fuerzas en la confrontación armada con las guerrillas, en particular con las FARC. Ahora bien, no obstante ocho años de una persistente política militar contra la insurgencia, es necesario decir que la guerrilla puede estar golpeada, pero no está derrotada. Tampoco pudo la seguridad democrática acabar con el paramilitarismo ni el narcotráfico. Ello vuelve a poner de presente que se necesita una propuesta de carácter más integral, que sin desconocer la necesidad de una fortaleza militar de parte del Estado, pueda al mismo tiempo desarrollar una estrategia integral de construcción de paz. Una negociación con la insurgencia aparece necesaria como instrumento para poner fin al conflicto armado prolongado y degradado, tal y como se ha visto en otros países que han vivido conflictos semejantes o incluso más complicados que el nuestro.
El nuevo gobierno tiene el capital político para hacer un viraje de esta naturaleza y reemprender la búsqueda de una salida negociada del conflicto armado. Ahora bien, tiene el reto de aprender de los errores que se han cometido en el pasado, particularmente en el proceso en el Caguán con las FARC y en Ralito con los paramilitares. Sería imperdonable no construir una estrategia de paz sobre las lecciones que dejan más de 25 años de procesos de paz y una extendida experiencia internacional al respecto. Pero para hacerlo se requiere articular un modelo que pueda retomar con humildad y apertura estas lecciones.
Ahora bien, no son pocos los retos que una apuesta política por una solución negociada tendrá que afrontar. Por mencionar sólo algunos:
En primer lugar, debería revertir una opinión pública favorable a una salida militar y, subsecuentemente, escéptica frente a una negociación de paz. Y para lograrlo tendría que cambiar el énfasis del discurso oficial que ha imperado en estos ocho años, por ejemplo, promoviendo mecanismos que permitan participar a las organizaciones de la sociedad civil.
En segundo lugar, debería ser un modelo de solución negociada que tenga en cuenta todos los factores de violencia. No basta negociar con la insurgencia, también hay que hacerlo con los paramilitares y, ante todo, con los factores de poder regional que los respaldan. Incluso, hay temas que deberían “negociarse” con la sociedad, como es el caso del problema agrario y de tenencia de la tierra. Al mismo tiempo es necesario plantear alguna solución eficaz al narcotráfico, problema que alimenta la guerra.
En tercer lugar, debería contarse positivamente con el apoyo de la comunidad internacional, la cual podría jugar un rol importante para desatar algunos de los nudos gordianos que nos separan de la paz. Una política internacional que restablezca las relaciones con nuestros vecinos y fortalezca la conexión con América Latina es un componente imprescindible en este esfuerzo hacia la paz. Además, la cercanía con Estados Unidos debería traducirse en un compromiso efectivo para avanzar en esta dirección.
Por último, y no menos importante, debería ser un modelo de negociación que tenga en el centro de las soluciones planteadas a las numerosas víctimas del conflicto armado que hemos vivido por más de 40 años. Sin una respuesta adecuada a sus demandas no se estaría dando verdadero cierre a dicho conflicto, antes bien poniendo las bases de una nueva generación de violentos, como ya lo hemos experimentado en los últimos 60 años.◙
TOMADO DE LA REVISTA DEL CINEP
