Más o menos así es mi ciudad, aliñada con cemento y leña, con violencia y fe, con iglesias y pescaderías, con academias bilingües y viveros, con gallineros y autopistas, con sembradíos de acelga y citas trasvestis, con artistas populares vs Mc’Donals, con sus clínicas privadas vs Barrio Adentro (…)
Cuando un burro atraviesa la Avenida Bolívar de Valera, la ciudad tiembla. Detiene el tráfico con el andar pausado del líder religioso, taumaturgo, alquimista, brebajero, consolidado por la dialéctica de un ser que comprende que sólo se llega a ser burro no siendo mula, pony, ni caballo. Fiel al mismo modista de todos los tiempos, lleva puesto el traje de paño gris y raído de la historia, cualquiera diría que se trata de un actor despedido por los Hermanos Lumièr a finales del siglo XIX, y sólo falta el pianista y el relator para acompañar su acompasado andar de burro, su ser cada vez más insustituible de burro. Los niños, boquiabiertos, advierten a sus padres ¡mira, un burro!, algunos más incautos juran que se trata de un caballo enano con cara de conejo, otros toman fotos con sus celulares, y otros, quizá los más corridos en zoología doméstica, sonríen, bostezan y duermen. Distinto ocurre al hombre. Los hombres, de ensueños vagos y silencioso caballar, miran el burro como prueba fidedigna de un pasado sencillo, algo se detiene en ellos, algo rebuzna y da coces, algo en ellos masca el monte, espanta las moscas con una cola breve e inquieta. El burro se detiene en el rayado peatonal, mira a los hombres sin sorpresa, olisquea el asfalto, sueña con caminos indóciles. El cornetazo sostenido de alguien que tiene prisa lo interpela, maldice su suerte, imagina el ceño fruncido de un jefe que jamás, jamás creerá que llegó tarde por un burro a principios de siglo XXI, imagina el gran cuento, en cuyo caso, sólo hay anécdotas de hombres con hombres, del hombre y su circunstancia delimitada, concreta, ininterrumpida, en fin, imagina cualquier cuento congruente a nuestros usos.
Pues bien, aún a favor nuestro, las ciudades provincianas encarnan el espíritu del contraste. En esta ciudad leve, por ejemplo, desguarnecida de torres altivas, el pasado parece conforme con su pequeña cuota de alquiler. Es ocurrente, mi ciudad, quizá ya no tan salvaje y sin embargo, sobrevive a tono con un citadino de lento proceder y de lento vivir aunque parezca tener prisa. De manera que el campo, en lo más arriba de los páramos, se chorrea simpáticamente en la ciudad, abastece las verdulerías con tomates y lechugas frescas, libera sus hombres desconfiados y rosados, mientras que, por otro lado, la ciudad también sube a buscar al campo, a coquetearle con su urbanismo, con sus hombres desenvueltos y estridentes, para defenderlo de sí mismo y de su presumible orfandad. Más o menos así es mi ciudad, aliñada con cemento y leña, con violencia y fe, con iglesias y pescaderías, con academias bilingües y viveros, con gallineros y autopistas, con sembradíos de acelga y citas trasvestis, con artistas populares vs Mc’Donals, con sus clínicas privadas vs Barrio Adentro, con sus muertos a balazos y sus vivos insepultos, con sus huevos criollos y los self services, con sus matas de onoto vs el pimentón en polvo, con sus violinistas campesinos y Daddy Yankie, con sus hojas de yantén para aliviar la amigdalitis y su listerine, con sus alpargatas y el fervor por las adidas, con su arepa de maíz y sus paquetes de brawnies, con sus peatones suicidas que avanzan en luz verde y sus fiscales de tránsito marrones como bachacos, con su teatro Ana Enriqueta Terán desarmado justo al lado de una tienda, con sus drogadictos y sus pastores, con sus prostíbulos para ameteur sexuales vs las chivas de los peñascos, con sus mascadas de chimó y la frescolita, con sus bodegas y sus supermercados, con sus brebajes de malojillo vs el acetaminofén, con sus próceres y contra-próceres, y así, todo una cobija de remiendos de esto y de aquello, todo un encaje de lo que somos y fuimos y seguiremos siendo, se yergue Trujillo.
De manera que nada es lo bastante moderno ni suficientemente arcaico para sojuzgarlo. Si bien, Trujillo aún conserva los rasgos primarios de las ciudades coloniales enfatizadas por la estructura ortogonal, sus plazas mayores como símbolos militares, sus centros de actividad comercial, no bastó toda la fuerza del modernismo ejecutado en su manifestación más simbólica, la racionalidad, para disciplinar la lógica de una urbe a quien se le escapan de vez en cuando sus ánimas, sus burros, sus cochinos, sus gallinas, sus santos. En esta desfachatez consiste a grandes rasgos los fundamentos de su estética, el asalto de lo impredecible, la pugna entre lo viejo que permanece y lo nuevo que llega a medias, cuando le da la gana. Esta ciudad tiene la medida exacta de sus hombres, es un reflejo de la forma en que se piensan, se sueñan, se engañan, se aman, se traicionan y se contradicen a sí mismos.
Como contradice la disciplina, la moral, la estética de la modernidad esa parada de taxis de burros en Pampanito que después de todo tiene su caché, que consiste en una sutil experiencia de borrar la línea divisoria entre el pasado y el presente, como el burro que cruza la avenida Bolívar forzado por un hombre sin juventud, sobrellevando la venta irrealista del kerosene. Nadie que se sepa lugareño desconoce a este burro ni dejó de recibir leñazos de la Loca Isabel por razones que sólo ella y su palo conocen.
Sería insensato negar las ventajas de un notable y cada vez más correcto interés del hombre en aclarar confusiones filológicas, semánticas, epistemológicas que, sin saber a ciencia cierta cuáles son sus vínculos con la ética y el buen vivir, crearon comisiones especiales para esclarecer la forma más justa de nombrar las especies. En el año 2003, la Comisión Internacional de Nomenclatura Ecológica determinó que los burros debían llamarse equus africanus asinus, por pertenecer a la familia de los équidos, cuyo parentesco con sus ancestros africanos merecían ser tomados en cuenta a la hora de clasificar científicamente su evolución. Que nadie mire con displicencia este acto de buena intención, pues para el burro, más que para nosotros, era vital tal aclaratoria. De buena gana se favorecen los burros del mundo de las incontables luchas del siglo XX contra el racismo, la patente declaración de igualdad de géneros, el desarrollo del pensamiento ecológico, y así por el estilo, luchas que, aunque humanas, desfloran en múltiples provechos, en cuanto a que, coincidencialmente, los burros también dejan de ser animales de carga y elevan su estatus bestiario al mismo nivel de las mascotas más queridas, luego tienen tanto derecho al cariño y al amparo como los gatos, los perros, los loros y los morrocoyes, y si bien los monos se coronan con hazañas o extravagancias astronáuticas, de igual manera los burros han sido lanzados en parapente. ¡Somos tan ridículos y bellos!
De modo que lo narrado conduce a estas pequeñas torpezas del hombre que no previó, enardecido por la búsqueda de una naturaleza propia hecha a su medida, extrañar demasiado lo que fue. He aquí nuestros Sanchos, narradores de una amistad subrepticia, descorazonada, íntima, Sanchos con historias de burros y otras crónicas, las del hombre y su brevedad, las del hombre modesto que entiende el singular mosaico de la provincia donde se sueña, de la que huye a veces por parecerle estrecha, pero la que jamás olvida y a la que regresa inevitablemente, como lo hará, luego de que haya consumado su aventura tecnológica y científica, y donde es posible que encuentre, después de todo, uno, sujeto a orillas más caducas, y otro, amarrado en los cáñamos del camino, al río y al burro.
Me pregunto, si acaso la literatura no es un poco de esto mismo, un burro parado en la avenida, o una lombriz de tierra enroscada en el pavimento.
*(Trujillo- Venezuela, 11 de junio de 1978). Docente, poeta, escritora, ganó recién el I Premio Latinoamericano del Alba).

Que bella crónica!
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