Marcelo Colussi.
En.1970 en el Hospital Inglés de la ciudad de México nace Julián Adolfo Villafañe Arreaza, con parto normal. Su padre, don Maximiliano Villafañe Fuentes, y su madre, doña María de las Mercedes Arreaza Idígora, dueños de la hacienda ganadera La Retaguardia, de 16,000 hectáreas en el estado de Morelos, se mostraron muy complacidos con su primogénito luego de más de seis años de estar buscándolo. La mamá fue asistida por el gíneco-obstetra Dr. Raúl de la Cerna, graduado en Harvard y profesor de la UNAM, y en su sala privada del nosocomio –empapelada en color durazno tal como ella había solicitado– recibió 32 docenas de rosas, de su esposo, familiares y amigos. La visita más connotada que llegó a felicitar a la feliz pareja y al bebé fue Madame Cécile Badrouillard, esposa del Embajador de Francia en México. Julián Adolfo pesó 3.600 kgrs.
El 25 de julio de 1970 en una modesta casa en las afueras de Tecpatán, estado de Chiapas, nace Julián Cuahutémoc Chinchilla, con parto normal. Su padre, Tiburcio Cuahutémoc Sánchez, recolector de residuos en la municipalidad de la ciudad, y su madre, Dorotea Chinchilla Sandoval, ama de casa, decidieron ya no seguir teniendo más hijos, porque éste era el alumbramiento número doce y su precaria situación económica no permitía alimentar más bocas. El parto fue asistido por una de las comadronas de la localidad, a quienes muchos consideraban practicante de brujería. Julián pesó 3.600 kgrs.
Julián Adolfo se crió en el exclusivo sector de Las Lomas, en México D.F. Fue hijo único. El juguete que más estimó durante toda su infancia fue un muñeco plástico del perro Pluto comprado en el primero de los cuatro viajes que hiciera con su familia a Disneylandia. El mismo lo acompañó por años, y ninguna otra cosa que le regalaron en el curso de sus primeros años –un automóvil a batería, el tren eléctrico con vías que ocupaban toda una sala del segundo nivel de la mansión paterna con casi 40 metros cuadrados, el equipo de buceo– lo emocionó tanto. A los cuatro años comenzó a asistir al jardín de infantes del prestigioso Instituto Patria, en donde se graduaría de bachiller 14 años después. A los 9 años de edad se fracturó un brazo cayendo de su bicicleta.
Julián se crió, desde los 2 años de edad, en el barrio de Neza, en México D.F. Allí se trasladó con toda su familia porque sus padres decidieron probar suerte mudándose a la gran ciudad. Siempre estuvieron convencidos que, efectivamente, la situación les había mejorado; aunque las penurias de la vida cotidiana no terminaron. Claro que, comparativamente, estaban mejor ahí que en Chiapas. De todos modos, la precariedad fue el signo que acompañó toda su niñez y adolescencia. Asistió a una escuela pública del barrio, jugó mucho fútbol, robó muchas mandarinas en un terreno cercano a su casa junto a su grupo de chamacos; abandonó los estudios en el segundo año de la escuela secundaria, a los 14 años, cuando comenzó a trabajar como ayudante de panadería. A los 9 años de edad se fracturó un brazo cayendo de la bicicleta que le habían prestado y que no sabía conducir (nunca tuvo bicicleta propia).
Julián Adolfo tomó su primera comunión en la aristocrática iglesia de San Francisco de Loyola, en colonia Polanco, a los 8 años. La fiesta que siguió a la ceremonia religiosa fue espléndida y, según él, sólo comparable a la que, años después, le hicieran festejando el triunfo del Campeonato Nacional de Polo obtenido en Campo Marte, donde fue la estrella del equipo. Si bien asistía continuamente a fiestas, eso era algo que lo aburría bastante. De niño, lo que más le gustaba era mirar televisión, mucho más que las incontables actividades que sus padres le hicieron practicar. El país que más le agradó visitar, ya de adolescente, fue Rusia. Encontró fascinante tomar vodka sobre la nieve con un grupo de amigos en la Plaza Roja de Moscú fumando, a escondidas, sus primeros cigarros de marihuana. A los 17 años tuvo su primera relación sexual, en Acapulco. Nunca le gustó usar preservativo.
Julián tomó su primera comunión en una de las iglesias de su barrio, a los 8 años. La única vez que se atrevió a preguntar sobre el por qué de las verdades del catecismo a sus progenitores, tuvo por toda respuesta una furiosa paliza por parte de su padre, de la que nunca se olvidó. Toda su vida fue católico, aunque nunca entendió bien por qué debía serlo; sólo se limitaba a asistir a la iglesia cada tanto, algún casamiento, algún bautismo. Trabajar en el horno de la panadería le agradaba mucho, porque eso le daba la oportunidad de probar –a escondidas– las más sabrosas confituras que de otro modo nunca hubiera podido comprar. Pero con el incendio de la panificadora se vio obligado a cambiar de trabajo. Cuando cumplió los 18 años ya había pasado por varios oficios; además de panadero fue ayudante de albañil, vendedor ambulante y aprendiz de mecánico. La mecánica, finalmente, fue la actividad que desarrolló toda su vida. A los 17 años tuvo su primera relación sexual con una prostituta. Nunca le gustó usar preservativo.
Julián Adolfo estudió abogacía en la UNAM. Luego, habiendo terminado su carrera con 23 años de edad y con las mejores calificaciones, en 1993 viajó a España a sacar un doctorado en Madrid. Tres años después regresó a México, ya decidido a casarse con quien venía manteniendo una platónica relación: María del Pilar Jiménez de Montalbán y Torres, hija de uno de los empresarios más encumbrados del país. La boda tuvo lugar en la misma iglesia de San Francisco de Loyola donde Julián Adolfo tomara la comunión. Fueron fastuosas tanto la ceremonia religiosa como la fiesta social, con alrededor de 300 invitados. Se calcularon en 200 las botellas de champagne que se descorcharon. La limusina con que llegaron y se fueron –blanca, reluciente– fue manejada por el mismo chofer que acompañó toda la vida al señorito Julián Adolfo hasta su casamiento: don Marcos, hombre de confianza de la familia. Julián Adolfo, por cábala, usó un calzoncillo color rojo para la noche de bodas.
Julián optó por meterse de lleno en la mecánica. Trabajó varios años en un taller en el barrio en que creciera: Neza, donde su patrón –don Ricardo–, quien se encariñó mucho con el joven aprendiz, le ayudó a conocer los detalles del oficio. A los 24 se independizó y comenzó a trabajar por cuenta propia. Como no disponía de instalaciones, atendía en la mera calle. Su dotación de herramientas era minúscula, pero mayúsculo era su talento para resolver los problemas de cada carro que le traían. A los 26 años se casó con una muchacha de su barrio con quien venía noviando desde hacía un tiempo, Elvira, una trabajadora veinteañera de una fábrica textil. Luego de la sencilla ceremonia religiosa algunos pocos familiares brindaron a la salud de los recién esposados. Unos tacos y tequila fue para todo lo que alcanzó. El baile, de todos modos, se prolongó hasta casi el amanecer. Julián, habiéndolo recibido como regalo picaresco de sus amigos del barrio, usó un calzoncillo color rojo para la noche de bodas.
Julián Adolfo, a los 28 años de edad, tuvo su primogénita –una bebita adorable a quien llamaron María Jimena–. Nació en el mismo Hospital Inglés que su padre. Fue a partir de ese nacimiento que decidió, junto con su esposa, el cambio de domicilio. Compró entonces un lujoso pent house de cuatro habitaciones en Las Lomas. Como curiosidad, la niña nació el mismo día de su cumpleaños: el 25 de julio.
Julián, quien estaba masticando la idea de embarcarse en un crédito hipotecario a partir de un amigo que le podía ayudar en las gestiones, tuvo que abandonar esos planes con motivo del embarazo de su esposa. Por tanto debió seguir alquilando la modesta habitación con baño compartido en la casa de vecindad del barrio que ocupaba desde que se casara, y resignarse a continuar aguantando los nauseabundos olores de la tenería cercana. Como curiosidad, su hija –Kleydis– nació el mismo día de su cumpleaños: el 25 de julio.
Julián Adolfo, si bien amaba mucho a su esposa con la que tenía una rica vida social –ella era arquitecta, pero no ejercía la profesión, y solían tener reuniones de alta sociedad varias veces a la semana–, tres años después del casamiento se había empezado a permitir algunas ocasionales relaciones extramaritales. Muy discreto, siempre a escondidas, una o dos veces al mes no le faltaba oportunidad para satisfacer sus más osadas fantasías sexuales. Cuando cumplió los 30 años se hizo un regalo especial comprando, mitad para él, mitad para su hija, que ese mismo día cumplía dos –ambos eran los propietarios, decía simpáticamente–un yate de cerca de un millón de dólares al que bautizó «Eleonora». Fue para esa época, cuando le aparecieron las primeras canas, que Julián Adolfo decidió comenzar a teñirse el cabello.
Julián quería mucho a su hija, por quien daba lo que no tenía; pero a su esposa, a quien veía engordar día a día, comenzó a maltratarla. El robo que sufriera y que lo dejara sin una sola herramienta en su improvisado taller lo puso particularmente irritable. Eso, el verse en un estado de retroceso económico –a sus 30 años debía volver a empezar casi de cero y sin ahorros– agravó la ya mala relación que venía manteniendo con su mujer. Primero tímidamente, luego en forma casi descarada, se permitió iniciar relaciones extramatrimoniales. Fue para esa época, cuando le aparecieron las primeras canas, que Julián decidió comenzar a teñirse el cabello.
Julián Adolfo, invitado por un grupo de amigos, asistió a un club nocturno recientemente inaugurado en la ciudad: «Valentyn’s». Era el cabaret más caro –50 dólares la copa– donde se daba cita lo más granjeado del próspero empresariado capitalino. Por supuesto, asistían sólo varones. Ese 6 de marzo del 2001 aceptó ir ahí porque la propuesta le pareció muy oportuna.
Dado que estaba atravesando un muy mal momento económico, Julián recibió la oferta de un primo para cubrirlo un fin de semana en su puesto de lavacopas en el club nocturno «Valentyn’s». No era mucha la paga, pero teniendo en cuenta su situación de precariedad, no le pareció mal la idea. Por tanto aceptó ir ahí ese 6 de marzo del 2001, porque la propuesta le pareció oportuna.
El lujo del local era despampanante, así como también lo eran las bailarinas. Las había de muchas nacionalidades, destacando exhuberantes rubias de Europa del Este. Julián Adolfo llegó a las 10 de la noche y quedó fascinado con el esplendor.
Julián comenzó su jornada a las 4 de la tarde. Nunca en su vida había visto tanta opulencia. Pensó si le sería posible tomarse un trago a escondidas, recordando con ello sus épocas de la panadería cuando hurtaba alguna confitura, pero no se atrevió a hacerlo. Quedó fascinado con el esplendor.
«¡Qué mujerotas!», exclamó acalorado Julián Adolfo cuando vio a dos de las bailarinas hacerse el amor locamente en el escenario como parte del show.
Julián, que nunca había asistido a un lugar como ese, estaba anonadado. «¡Qué mujerotas!», exclamó acalorado en un momento, escapándose un instante de la cocina para espiar el escenario y ver a las mismas dos bailarinas.
Era cerca de medianoche cuando llegó el operativo policial. Nadie sospechó de qué se trataba; en todo caso, a todos incomodó un poco una requisa, pero no pasó de ahí el descontento. Cuando quisieron reaccionar ya era demasiado tarde. Tanto el personal de seguridad del local como los guardaespaldas de los asistentes que esperaban en las afueras del club nocturno fueron sorprendidos; era totalmente creíble una visita de la policía. Lo que nadie podía imaginar fue que no se tratara de las fuerzas del orden realmente, sino que fuese una ajustada operación comando. Una vez dentro del cabaret, la docena de supuestos policías, armas en mano, procedió a desvalijar a todos los asistentes. Muchísimo efectivo, tarjetas de créditos, teléfonos celulares de última generación, relojes costosos, anillos de oro; el botín era considerable. Cuando parecía que ya se marchaban, los asaltantes decidieron jugar un rato con los asistentes. Juego macabro, por cierto. A alguno de ellos se le ocurrió hacer continuar el show, pero en vez de las bailarinas, quien debía actuar era el público. Fue así que hicieron subir al escenario al primero que se les ocurrió. Resultó ser Julián Adolfo. Y luego agregaron una segunda persona, elegida también al azar; en este caso, el escogido fue Julián.
Los hicieron desnudar, y dado que se trataba de un club porno, los obligaron a tener relaciones sexuales entre sí. Lograr erección para ambos –tanto para Julián Adolfo como para Julián– fue bastante difícil; verse apuntado con pistolas mientras recibían gritos de amenaza y eran observados por más de cien personas –fuera de las coristas, casi todos varones; algunos, incluso, amigos– no era nada motivador. De todos modos ambos terminaron penetrándose mutuamente, siguiendo las instrucciones de los delincuentes. Nadie del forzado público que presenció ese espectáculo osó decir una palabra mientras tenía lugar el acto.
Todo pasó en un instante. Una vez que se marcharon los asaltantes, en pocos minutos el lugar quedó vacío. Nadie quiso hacer la denuncia policial, y los dueños del negocio –en cierta forma obligados por los parroquianos– igualmente prefirieron el silencio. Era una mácula demasiado grande contar lo ocurrido, por lo que el consenso general fue que nada de eso había sucedido. De regreso a su casa con el grupo de amigos con que había salido esa noche Julián Adolfo, no se mencionó lo sucedido, en absoluto. Julián regresó a su casa en bus luego de estar más de una hora esperando en la parada, tiritando de frío, de vergüenza, de odio. A su primo jamás le contó nada de lo ocurrido esa noche.
Un año después de ese incidente, para renovar el seguro de vida a Julián Adolfo se le solicitaron exámenes de laboratorio. Cuando le dieron los resultados diciéndole que era seropositivo no lo podía creer. Por varios meses no se lo dijo a nadie. En un momento pensó en suicidarse, pero ver crecer a su adorada hijita lo conmovió y le quitó la idea. La solicitud de su esposa de buscar un segundo hijo fue siempre desechada con distintos argumentos. Le costó horrores poder juntar el valor suficiente para comunicarle que estaba mortalmente enfermo. Finalmente un día, con varias copas encima, se lo dijo.
Once meses después de aquella noche en el club nocturno, finalmente Julián consiguió un puesto fijo en el área de mantenimiento de un edificio de apartamentos. Como uno de los requisitos, debió pasar por un examen médico. Al hacérsele un laboratorio completo se le descubrió que era seropositivo. No podía creer la noticia recibida. Por casi un año guardó un silencio sepulcral sobre el asunto. Elvira, su esposa, venía insistiéndole hasta el cansancio para que buscaran un segundo hijo, pero Julián, arguyendo distintas excusas, siempre se negó, hasta que algún día le contó, medio alcoholizado, su grave dolencia.
El 19 de junio del 2006, luego de horribles padecimientos, Julián Adolfo murió. Sus restos descansan hoy en un lujoso panteón en un cementerio privado del que fuera accionista principal. María del Pilar, su esposa, vendió el yate porque le traía malos recuerdos.
El 19 de junio del 2006, tras más de un mes de internación en un hospital público, Julián falleció. Fue enterrado en un nicho del Cementerio Municipal. Su hija Kleydis, con ocho años de edad, ayuda a su madre a lavar ropa, y con eso ambas se sostienen magramente.
Schandalig dat is het enigste wat ik kan zeggen.
Henk Gerrits antifacebook
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