Decretan toque de queda en Nueva Zelanda

Terremoto cortó electricidad y destruyo puentes, caminos y edificios

Las autoridades declararon un toque de queda nocturno para el sábado después de que un poderoso terremoto sacudió la segunda ciudad más grande de Nueva Zelanda, Christchurch, cortanto las líneas de electricidad, destruyendo puentes, caminos y edificios.

«Los daños son increíblemente aterradores. La única cosa que puedo decir es que es un milagro que nadie muriera», dijo el primer ministro John Key a NZ Televisión después de que el sismo de magnitud 7,1 remeció al país, con una profundidad de 10 kilómetros cerca de las 4.35 am hora local (1635 GMT del viernes).

Key dijo que las estimaciones iniciales de los costos de las reparaciones bordean los dos mil  millones de dólares neozelandeses (mil 400 millones de dólares).

Un toque de queda fue impuesto en el distrito central de negocios de Christchurch entre las 19.00 y las 7.00 (0700 GMT y 1900 GMT). Anteriormente, se había impuesto formalmente un estado de emergencia en la ciudad de cerca de 350 mil  habitantes para coordinar las operaciones de recuperación.

La última vez que las autoridades declararon una emergencia local fue en diciembre del 2007, cuando un sismo de magnitud 6,8 remeció a Gisborne, en la Isla Norte de Nueva Zelanda. El sismo provocó daños a algunos edificios, pero no hay fallecidos.

La ciudad de Christchurch y los pequeños pueblos vecinos soportaron la mayor fuerza del sismo, que provocó daños considerables a la infraestructura.

«El daño es inmenso, es algo que ha afectado a cada familia, cada hogar (…) el golpe en nuestra infraestructura, las cañerías que llevan agua, el alcantarillado, los puentes, los cables de energía (…) ha sido muy significativo», dijo el alcalde de Christchurch, Bob Parker, a periodistas.

El hospital de la ciudad dijo que dos hombres fueron admitidos con heridas serias, uno alcanzado por la caída de una chimenea y el otro por cortes con vidrio.

La policía informó que hubo varios incidentes de saqueo, que fueron contenidos rápidamente. En los suburbios hubo reportes de ventanas rotas, objetos caídos desde estantes, chimeneas derrumbadas y paredes agrietadas.

En la noche, la electricidad había sido restaurada en un 90 por ciento de la zona urbana de Christchurch y un 80 por ciento de la red rural.

Las autoridades se preparaban para llevar agua en grandes contenedores porque las estaciones de bombeo estaban fuera de servicio y las cañerías están dañadas.

GNS Science, la agencia sismológica del Gobierno neozelandés, revisó la magnitud del sismo a 7,1 desde 7,4. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS, por su sigla en inglés) reportó inicialmente que el sismo tuvo magnitud 7,4, pero posteriormente revisó esa cifra a 7.

El aeropuerto de la ciudad, que había sido cerrado anteriormente, fue reabierto y está funcionando, mientras que la red de ferrocarriles y los puentes en la región están siendo revisados.

Las paredes de las casas de Christchurch «se bamboleaban como si fueran de gelatina», contaron habitantes de la segunda ciudad de Nueva Zelanda, donde un violento sismo causó enormes daños materiales en la madrugada del sábado.

El terremoto de magnitud 7,0, uno de los más fuertes registrados en este país, provocó fisuras en veredas y calles y destruyó fachadas de edificios, dejando las calles cubiertas de vidrios rotos y escombros. A pesar de la magnitud de los destrozos, sólo dos personas sufrieron heridas graves en esta ciudad de unos 340 mil habitantes.

«No debe haber una casa, no debe haber ni una familia en nuestra ciudad que de alguna forma no haya sufrido daños personales o en su propiedad», según el alcalde de la ciudad, Bob Parker.

El director de una escuela que se encuentra cerca del epicentro del sismo, Markham McMullen, dijo haber tenido la impresión de que un tren se había dado contra su casa y la había sacudido tanto que él y su mujer se cayeron de la cama.

«Era espantoso. Sacamos a nuestra hija de su dormitorio y nos metimos abajo de la puerta de entrada. La televisión cruzó el cuarto volando (…). Teníamos los pelos de punta», afirmó.

Para Annette Stewart, que también vive en la zona de Darfield, «era como estar adentro de un lavarropas inmenso».

Los edificios más viejos fueron los más dañados, aplastando automóviles estacionados y cubriendo las calles con vidrios quebrados.