| 05 de septiembre de 2010, 03:31Por Por Aloyma Ravelo (Prensa Latina *)
La Habana, (PL) Hace dos años, lo alejé definitivamente de mi vida y por eso me siento la mujer más feliz del mundo. Razones tengo, y las compartiré contigo.
Cada día más mujeres fuman. Y aunque ya no hay grandes diferencias entre fumadores de un sexo y otro, debíamos ser más precavidas.
Mucho hubiera deseado que en mi adolescencia, alguien se detuviera a hablarme de cuánto perjudica la salud. Cuánto ata en costumbres y hábitos. Es como un mal marido.
Tantas veces, a lo largo de más de 20 años, intenté abandonar la malsana tiranía de ese cigarrillo, siempre presente en mi vida, a toda hora, en todo momento
Me acompañaba tanto en la alegría, como en la tristeza, la melancolía, la apatía, la euforia, ya fuera en el frío como en el calor, en la playa como en la nieve.
Recuerdo en una ocasión, de visita en casa de unos amigos que no permitían fumar dentro de la casa, salí la terraza, a varios grados bajo cero. Y hoy me pregunto: ¿Fui capaz de que el vicio me llevara a ese punto? Para bochorno mío, así fue.
También iba a la cafetería, tarde en la noche, cuando me daba cuenta que había quedado sin cigarros. Solo pensar que amanecería sin su compañía, ya imprescindible, me hacía vestirme, bajar tres pisos, caminar dos cuadras e ir en pos de uno de los vicios más dañinos para el ser humano, tanto como el alcohol.
Los años de fumadora hicieron que un enfisema pulmonar asomara su fea cara. La Doctora me lo advirtió: «Si sigues, vendrán peores consecuencias».
Igualmente me dijo: «Nunca he conocido a una persona fumadora, en mi larga experiencia como especialista, que no tenga severos daños en la salud».
Cierto, empiezas a sentir que respiras con dificultad, que el ronquido abruma a tu compañero de cama, que el mal aliento se hace perenne, que molestas a los demás con tu humo, que la voz te cambia.
Todo eso y más. Y sigues creyendo que de ahí no pasan los males. Pero sí pasan y muchas veces aparece el cáncer, esa enfermedad que de solo oír el nombre, eriza los pelos.
Como expresó en una bella imagen el líder cubano Fidel Castro: «la mujer es el taller donde se forja la vida.» Entonces, cuidemos ese cuerpo, enseñemos a las jóvenes y adolescentes que son muchos los riesgos para el futuro bebé cuando la embarazada ha fumado o fuma.
Las que aún ni sueñan con la maternidad o pasaron la etapa, deben protegerse no solo de fumar, sino de no convertirse en fumadoras pasivas.
Muchas mujeres tienen parejas fumadoras, que se pasan el tiempo fumando encima de ellas. Asimismo hay que pedir un aire libre de humo.
Quienes aún fuman, les sugiero recapacitar sobre todos los perjuicios. En silencio, para sí mismas, pensar en el costo salud y en el dinero que se malgasta.
Sé franca y propóntelo: Es posible liberarse de ese castigo autoimpuesto. Las cadenas que terminan por asfixiar.
Cuando se deja el cigarro, una comprende que no era tan difícil y de nuevo es posible respirar sin tanta dificultad, oler, tener paladar, no molestar a nadie. Y acallar esos ronquidos capaces de poner de malhumor a quien los padece.
(*) Periodista, master en Salud Sexual y Reproductiva, y colaboradora de Prensa Latina.
r.m |