Por Sol Linares
Es posible que mientras escriba esta nota, acaezca sobre Ecuador un desenlace definitivo dentro de las variantes posibles, pero ya lo había advertido Carpentier cuando aseguraba que las revoluciones —y los acontecimientos, agregaría— avanzan más rápidamente que el escritor. Sin embargo, Latinoamérica ha demostrado hasta ahora que es absolutamente necesario reducir ese número de variantes que nos desasosiegan.
Una vez más, tras la amenaza del golpe de Estado en un país hermano, a poco tiempo del derrocamiento del Presidente Zelaya, la cruzada golpista en la República de Bolivia, y el acecho constante a la República Bolivariana de Venezuela, asistiendo como impotentes espectadores al banquete de la irracionalidad, acudimos al espectáculo del “pronunciamiento”, pues organismos agotados han hecho del pronunciamiento el acto protocolar que baila al ritmo de los golpes de Estado en el subcontinente, y es entonces cuando vemos, otra vez, el rostro de una OEA desfallecida que parece uniformarse para tales eventos y producir cables por unanimidad, cuando la experiencia nos está demandando decisiones concretas y efectivas, una solución unísona que entierre para siempre la propensión a las dictaduras, como si el efecto acumulativo de los años se hubieran consumado en el carácter de los pueblos que, habiéndose educado en la democracia, emplea exceso de modales para conservarla.
¡Y vaya que tenemos experiencias de golpes de Estado en América, sin duda, el neo-divertimento circense de Estados Unidos, cuyo placer contiene en gestos casi romanos, encendido frente al espectáculo que una vez encarnó la parodia del hombre contra el animal, y que ahora fustiga la lucha del hombre contra el hombre! Si es importante pronunciar nuestra opinión para que el silencio no implique ningún tipo de acuerdo con estos sucesos, y, por desgracia, en lugar de resguardarnos nos exponga a la más mínima sospecha de la indiferencia, más importante aún es pensar en planes de acción inmediatos, efectivos.
Latinoamérica exige más contundencia de sus instituciones y organismos y menos o ninguna ambigüedad, la ambigüedad es el síntoma de una diplomacia cada vez más dudosa y débil, una diplomacia que convive con el buen vivir y el buen hablar, y sin embargo, evade la acción justa y correcta que ha de tomarse para disolver, con el poder que le otorgan los pueblos, todo cuanto los ofenda. La frontera de Ecuador es una extensión de mi defensa, la defensa de mi identidad latinoamericana y mi libertad, la identidad y libertad de nuestros hijos, de la misma forma en que la libertad de un pueblo hermano configura la extensión de la libertad de nuestro propio pueblo. De manera que todo lo que hagamos con el fin de lapidar la fragilidad de las democracias latinoamericanas, será, al fin de cuentas, una extensión de la robustez de nuestro ser latinoamericano.