QUITO.- A tres días de la asonada policial que mantuvo secuestrado por alrededor de 11 horas al presidente de la República, Rafael Correa, Quito parece volver a la normalidad. Sin embargo, aún permanecen las huellas de lo que fue uno de los días más tristes en la historia del país, como lo ha mencionado el propio mandatario.
Los conductores disminuyen la velocidad de sus vehículos y observan con una mezcla de curiosidad y congoja varias coronas de flores en el parterre ubicado en la avenida Mariana de Jesús, frente al área de Consulta Externa del hospital policial, sitio por donde fue evacuado el mandatario.
Allí cayó una de las víctimas mortales de la insurrección que es criticada por la población.
Froilán Jiménez, de 26 años, miembro del Grupo de Operaciones Especiales, unidad élite de la Policía, cayó abatido por un impacto de bala que dio justo en su pecho. Jiménez, oriundo de la ciudad de Loja murió en el cumplimiento de su deber: resguardar la integridad física de su comandante en jefe, el presidente Correa.
Además de las flores varias leyendas expresan los sentimientos de ciudadanos comunes, familiares y amigos: “Nada lo justifica”, “País de amor”, “Vida”, “Paz”…
Al interior del Hospital el personal mantiene una actitud hermética, los pocos que se animan a conversar tratan de posicionar una verdad cuestionable: “el señor presidente nunca estuvo secuestrado, el fue atendido como un paciente normal”, dice una enfermera que prefiere mantener su nombre en reserva. Un policía que hace guardia en la garita de la casa de salud opinó de manera similar.
Sin embargo, Víctor Orozco, quien atiende desde hace 25 años un local de venta de refrescos, frutas y snacks al pie del departamento de Medicina Legal de la Policía, frente al parterre donde falleció Jiménez tiene una versión distinta.
Él relata que cientos de policías en servicio activo y pasivo, individuos encapuchados, policías retirados mantenían sitiado un perímetro de unos 100 metros que abarca desde un intercambiador de tránsito en la avenida occidental hasta un paso peatonal en la Mariana de Jesús.
Cuenta que en todo momento estas personas mantuvieron una actitud intransigente y radical, cuya consigna principal era “no dejar salir vivo al presidente”.
El jefe de Estado fue ingresado al Hospital, en primera instancia, para que se le brinde atención debido a la asfixia y a la afectación en su rodilla derecha, que fue operada hace pocos días. Según relató el propio Correa y testigos consultados por ANDES, policías fuera de sí y algunos individuos de civil intentaron golpear con toletes y a puntapiés la rodilla del mandatario con la evidente intención de hacerle daño.
Estaban Mendieta, funcionario de la Presidencia, resultó con su tobillo quebrado al interponer su humanidad para evitar que se le haga daño al Presidente.
Un soldado que lo resguardaba resultó con varias costillas rotas como consecuencia de las golpes propinados por la turba de uniformados.
El estudiante Juan Pablo Bolaños, estudiante universitario, fue asesinado a sangre fría de un balazo en la cabeza. Él formaba parte del grupo de ciudadanos que acudió a rescatar al gobernante.
El policía Edwin Calderón y el soldado Jacinto Cortez son dos de las víctimas mortales de la brutal acción policial.
En tanto el soldado Jairo Panchi Ortiz ha sido diagnosticado con muerte cerebral.
Un periodista de la Agencia ANDES, que se encontraba al interior del Hospital durante la violenta jornada, señala que en la parte alta del hospital se habían apostado varios francotiradores quienes reiteradamente gritaban: “Ese hijue… no sale vivo”, mientras disparaban contra sus compañeros leales al jefe de Estado.
Los policías, que habían convertido el sitio en trinchera, vigilaban “armados para la guerra y cuidaban el fortín, especialmente las terrazas, para evitar que liberen al Presidente embarcándolo en un helicóptero”, según relata Galo Sosa periodista del diario El Telégrafo.
Agrega que durante dos horas, excepto la escolta presidencial, nadie tenía acceso al tercer piso de la casa de salud. Los insubordinados que custodiaban el piso estaban agresivos y violentos, pero no ingresaron al cuarto donde estaba el Presidente, aunque amenazaban con hacerlo.
Con el transcurso de las horas, los insurrectos se desesperaban, caminaban de un lado a otro, esperaban que salga humo blanco de la habitación presidencial. A medida que pasaba el tiempo los periodistas les caían menos simpáticos y no dudaban en agredirlos física y verbalmente.
Sus predilectos para el maltrato fueron los de los medios públicos, a quienes a cada hora les exigían credenciales y les pedían que “informen lo correcto”, cuenta Sosa. /ARC/jh
cierto, es un dìa muy triste… cuando van a entender que los pueblos toman sus propias decisiones que van en su bienestar, no es posible que esto siga pasando, queriendo desestabilizar gobiernos legìtimos solo por alcanzar el poder, sin importar arrastrar a los seres humanos como si no tuvieran valor alguno, pero ya no se permitirà màs quedò demostrado…
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los pueblos han madurado y crecido en conciencia, como tu dices no volvera a pasar como si pasaba antes. gracioas por tu comentario.
Equipo Colarebo
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