León Valencia: La deshumanización de ‘Jojoy’, y de todos

Las opiniones emitidas en este articulo son de responsabilidad exclusiva de su autor.

La caída de ‘Jojoy’ nos muestra cuán largo será el camino para espantar la violencia.

Leí en los confidenciales de Semana sobre el desprecio por la vida humana de alias el ‘Mono Jojoy’. Citan sus correos electrónicos. Se refiere a los infiltrados, a los desertores y a los secuestrados. Habla del fusilamiento de decenas de ellos con una frialdad que hiela el corazón.

Había visto la rueda de prensa en la que el ministro de Defensa, Rodrigo Rivera, daba cuenta de la muerte de ‘Jojoy’ y también me había estremecido. Después de narrar el pavoroso bombardeo al campamento de las Farc y señalar con júbilo la cifra de muertos de la guerrilla se detenía a lamentar la muerte de ‘Sacha’, una perrita -decía- sacrificada en esta campaña memorable.

Seguí con igual aprehensión las reacciones de la opinión pública ante las imágenes de los guerrilleros destrozados, vueltos un guiñapo, deformados hasta la saciedad. Nada de estupor. Cierto deleite en muchos de los comentarios.

Esto es serio, muy serio. No hay recato ante la muerte. No alcanzamos a ver en los cadáveres las huellas de nosotros. No sentimos la especie. La agonía del otro es un hecho banal. La deshumanización del país ha crecido a pasos agigantados.

De tiempo atrás, los guerrilleros despojaron a su enemigo de la condición humana. En el Eln llaman «plaga» a la Fuerza Pública. En las Farc los tratan de «chulos». Parece irrelevante. Pero esa expulsión simbólica del contrario de la especie humana es una autorización para la barbarie.

También lo es ese extraño hecho de darle la condición de baja en las propias filas a la muerte de un animal que acompaña las operaciones, o la atribución de «demonio» a este o aquel jefe guerrillero, o el inusitado goce con los destrozos y las mutilaciones de quienes nos han ofendido.

Algo muy malo pasa en la conciencia de los colombianos. Los hombres han matado a sus semejantes en todos los tiempos y en todas las culturas. Lo han hecho en guerras y en reyertas personales. No pocas veces con métodos que aterran. Pero la indiferencia o el disfrute de la muerte de los semejantes en un nación entera es el ambiente para el holocausto.

Siguiendo el rastro de estas actitudes en todos los actores del conflicto y en la sociedad colombiana, podremos entender por qué a las Farc no les importa enviar las imágenes de los secuestrados vejados y humillados o sembrar el territorio de minas antipersona para mutilar a militares y civiles.

Por qué los paramilitares exhiben como trofeos los cadáveres de campesinos indefensos en una ronda macabra que ha cobrado la vida de más de 150.000 personas, según cálculos de la Fiscalía; por qué en nuestra Fuerza Pública militan personas capaces de asesinar a sangre fría a ciudadanos inermes para presentarlos como combatientes.

‘Jojoy’, según nos cuenta Alfredo Molano en una columna reciente, forjó esa insensibilidad devastadora en una historia de exclusiones, agresiones y venganzas. No es excusa. No hay excusa para matar a personas indefensas o para vulnerar su dignidad hasta esclavizarlas. Menos la hay en agentes del Estado y en vastos sectores de la sociedad para celebrar la muerte y la sevicia.

La caída de ‘Jojoy’ nos muestra cuán largo será el camino que deberá recorrer la sociedad colombiana para espantar la violencia, la muerte y la ignominia. No bastará con acabar con las guerrillas o negociar con ellas la paz.

El cambio es más profundo. Tiene mucho de ética. Tiene mucho de humanismo. Se necesita, por supuesto, una gran fuerza social capaz de deslegitimar la violencia como recurso político o como instrumento de riqueza. Pero se requiere el compromiso íntimo de honrar la vida del otro como si fuera la propia.
lvalencia@nuevoarcoiris.org.co

F/ eltiempo.com. rm