Editorial: El regreso de Álvaro Uribe
Una serie de encuentros que el ex presidente Álvaro Uribe celebró la semana pasada marcan su retorno a la actividad política. En sendas reuniones con congresistas de los partidos Conservador y de ‘la U’, así como en una cita con el presidente Juan Manuel Santos, el líder político consolidó su condición de referente de la coalición, confirmó que se involucrará en las elecciones regionales del año entrante y ratificó algunas críticas a la agenda legislativa del Gobierno Nacional.
Que a su salida de la Casa de Nariño Uribe fuera a optar por un tranquilo retiro a sus cuarteles de invierno no estuvo en los cálculos de nadie. Por sus características personales, la vitalidad de su agenda y el impresionante fervor popular que aún despierta, el ex mandatario es un depositario de capital político y energía proselitista para gastar. El 78 por ciento de favorabilidad, de acuerdo con la más reciente encuesta Gallup, que hoy lo respalda lo convierte en un invaluable activo para cualquiera de los dos partidos mayoritarios de la Unidad Nacional.
Por eso, ambas colectividades le extendieron una invitación para que las liderara, invitación que fue declinada en el transcurso de la semana. El ministro del Interior de su administración y líder conservador Fabio Valencia intentó evitar que su antiguo jefe optara por ‘la U’ porque «él es el jefe natural en el país». Lo cierto es que esa condición la ostenta hoy el presidente Santos como cabeza del Ejecutivo y de una coalición de gobierno que incluye a los liberales y a Cambio Radical.
El compromiso de la actual administración de impulsar agendas de estos socios minoritarios -como la ley de víctimas del liberalismo- ha generado diferencias que el ex mandatario ha expresado abiertamente. Su regreso les ha servido a sus parlamentarios más leales para fortalecer sus reclamos. Si bien ha ratificado que llega a «apoyar al presidente Santos», asimismo han quedado claros sus reparos a aspectos cruciales de la legislación de víctimas.
La reforma de la justicia es otra de las iniciativas santistas respecto a las cuales el bloque uribista ha marcado distancias. Alfiles cercanos a Uribe están promoviendo la convocatoria de una asamblea constituyente para introducir cambios en el sector. Esta opción mina de frente el camino legislativo por el que ha optado el Gobierno. Suficientes tropiezos está enfrentando el paquete de medidas dentro de las altas cortes como para añadirle el ruido de una propuesta cuyo apoyo político disminuye cada día.
A la injerencia que Uribe ya empezó a tener en la agenda legislativa se suma su intención de convertirse en «un ayudante de la democracia» para las elecciones regionales del 2011. Sin duda, le asiste todo el derecho a participar en política local, no solo como líder de la coalición oficialista, sino también como defensor de su legado de gobierno. En el pasado, la mayoría de sus antecesores también lo hicieron. De hecho, el país debe acostumbrarse a su presencia dentro del escenario público y a darle la bienvenida a su ejercicio de crítica y de respaldo dentro de la Unidad Nacional de Santos. Si, como primer mandatario, rompió esquemas, generó polémicas y creó un estilo propio, seguramente como ex presidente no dejará de hacerlo.
Sin embargo, su papel en la campaña del año entrante no será tan «elemental», como él mismo lo calificó. Que cargue sobre sus hombros a los candidatos de ‘la U’ y a los conservadores -o que él mismo aspire a la Alcaldía de Bogotá, como se rumora por estos días- es un arma de doble filo. El juego político en las ciudades y departamentos se maneja en general con lógicas distintas de las del nivel nacional.
En algunas regiones, los miembros de la coalición parlamentaria están enfrentándose unos a otros para garantizar sus respectivas aspiraciones. Existen casos como el de la capital de la República, donde el Polo Democrático, opositor declarado de Uribe y de Santos, gobierna de la mano de los concejales del partido de ‘la U’. Lo que en el Congreso es anatema, cruzando la Plaza de Bolívar, en el Palacio Liévano, es una reunión de socios. Sea Uribe candidato o promotor de aspiraciones ajenas, la sola toma de partido por una u otra alternativa creará malestares y abrirá fisuras. Esto no implica que no ejercerá su capacidad de movilización y de definición de la agenda de la campaña. Ni tampoco que sus opositores no caigan en la tentación de convertirlo en el eje central de las contiendas locales.
De todas maneras, no es tan evidente que su retorno al ruedo político se traduzca en una tendencia opositora a la Casa de Nariño que descarrile los proyectos santistas. Al contrario, las manifestaciones de las últimas semanas reflejan que ambos líderes se respetarán sus entornos, como es natural.
Mientras se decantan los escenarios regionales para el 2011, la coalición de gobierno será el espacio donde, en proyectos sensibles como las leyes de víctimas, restitución de tierras y regalías, los fieles uribistas y los seguidores santistas protagonizarán un pulso intenso, propio de una democracia vital.
Eso permitirá al país entender con mayor claridad los nuevos roles de los dos dirigentes: el del ex presidente Uribe como jefe de dos partidos mayoritarios y el del presidente Santos como símbolo de la Unidad Nacional.