LE DECIMOS ADIOS CON LAS MANOS LLENAS DE REBELDÍA
“Nuestra Iglesia, y yo como su obispo, estamos dispuestos a poner las manos en el fuego para afirmar que los campesinos detenidos no son culpables de la muerte de los policías y militares en el Putumayo”, dijo Monseñor Gonzalo López al iniciar una reunión, a finales de diciembre de 1993, en el último piso del edificio del Banco Internacional, en la Patria y Amazonas (Quito), en donde, en ese entonces, funcionaba el Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI), que agrupaba a varias iglesias evangélicas.
El 16 de diciembre de 1993, miembros de las FARC emboscaron a una patrulla fluvial ecuatoriana, que realizaba acciones de control antinarcóticos, en el sitio denominado Peña Colorada, en la provincia de Sucumbíos, Ecuador. El saldo de esta acción fue la muerte de 8 miembros de la policía y 5 militares.
Desde el día siguiente, el ejército del Ecuador inició un operativo y capturó a más de cincuenta personas y, luego de un indagatorio bajo tortura, ante los medios de comunicación presentó a once campesinos, diez hombres y una mujer, como los responsables de la muerte de los once uniformados: un campesino por cada uno de los uniformados muertos.
Cuando Gonzalo López proclamó la inocencia de los detenidos, lo hizo con voz firme; habló no solo con la fuerza que le otorgaba el estar con la verdad, sino que, como luego lo sabríamos, habló con la experiencia que se forjó al haber caminado por los mismos senderos que abrieron las comunidades indígenas y campesinas, y por todos los ríos que recorren la provincia de Sucumbíos; una experiencia que solo se puede adquirir cuando se conversa y se trabaja con las personas que construyen su vida desde abajo, desde la realidad de la tierra.
Por eso Gonzalo López se enfrentó a todos los poderes del Estado para defender a once campesinos de su Diócesis, “Los Once del Putumayo”. Convocó a organizaciones de derechos humanos, convocó a organizaciones sociales, a periodistas; convocó a las comunidades católicas y a las otras iglesias, a las cuales siempre vio como sus hermanas cuando éstas también luchaban por la dignidad de los más vulnerables: “El Comité Coordinador del Caso Putumayo”, quizá fue la más grande coalición de organizaciones de base que se conformó en el país para asumir la defensa de un grupo de víctimas de violaciones a los derechos humanos.
Quizá no hay organización social de base en Sucumbíos que no haya tenido el apoyo de Monseñor Gonzalo para su consolidación, desde la más pequeña organización indígena, campesina o de mujeres, hasta la más grande coalición que se conformó en Sucumbíos, la Asamblea de la Sociedad Civil, de la cual fue su primer presidente, y la otrora poderosa Asamblea Bi-provincial de Orellana y Sucumbíos, que a fuerza de lucha y coraje, logró las obras de infraestructura que hoy se ven en estas dos provincias.
En INREDH le debemos mucho a Gonzalo López: desde la confianza que brindó a un equipo legal muy joven cuando se debió defender a los campesinos del Putumayo, hasta su total apoyo para nuestro trabajo en Sucumbíos, para nuestros desplazamientos en la frontera colombo – ecuatoriana.
Gran parte de la metodología de trabajo de INREDH surgió del análisis estratégico del Caso Putumayo, construido con alegría, esperanza y firmeza. La fortaleza para quedarnos en la frontera y denunciar lo que ahí sucede lo aprendimos de la sabiduría y valentía de Gonzalo López.
En los momentos de derrota, como cuando un juzgado de primera instancia condenó a siete de los once campesinos, Gonzalo no perdió su optimismo ni su alegría: “hay que reorganizarnos y seguir adelante”, dijo, mientras Gina, Judy, Silvana y Ramiro no podían contener su frustración. Desde entonces sabemos que la derrota es pasajera, y que más pueden las victorias, las pequeñas victorias, en nuestra tarea para construir una sociedad justa, equitativa y solidaria.
Hoy hemos conocido que en el ISAMIS, en la Iglesia de San Miguel de Sucumbíos, las humildes sandalias de los carmelitas han sido cambiadas por las brillantes botas de otros heraldos; qué ironía: otras botas.
Con tristeza vemos como poco a poco la Iglesia Católica vuelve a su ortodoxia, aislándose de las comunidades de base. Esa Iglesia que cambió con Juan XXIII, con Pablo VI y que quiso despegar con el Papa de la Alegría, Juan Pablo I, esa Iglesia está en retroceso, da la espalda al verdadero evangelio y retoma sus privilegios. Este retroceso, iniciado por Juan Pablo II y profundizado por Benedicto XVI, busca descabezar a la iglesia de los pobres, que se consolidó con la fuerza de un pueblo solidario, digno y capaz de defender sus derechos; por eso, hubo un obispo del pueblo, ponen un dogmático, apegado a las élites más conservadoras, las que ahora tienen el poder en el Vaticano y que le están haciendo mucho daño a esa iglesia liberadora que compendió realmente el evangelio.
Pero sabemos que el ISAMIS no bajará la guardia; sabemos que la sabiduría de Monseñor Gonzalo López prevalecerá en las organizaciones que surgieron con su pastoral, y el INREDH seguirá esos mismos pasos, esos pasos que nos mantiene luchando, codo a codo con ellas, por nuestros derechos y los derechos de la naturaleza.
Luis Ángel Saavedra
Director INREDH