Demolición de las estructuras del Estado

Luis Gutiérrez Esparza *

Adital -Las fuerzas armadas mexicanas tienen presencia hasta en los lugares más recónditos del país y sus integrantes -sobre todo los altos mandos, por supuesto-saben realmente lo que ocurre en todos los órdenes de la vida nacional, pero asumen y respetan la plena convicción de que no les corresponde involucrarse en cuestiones políticas.

Se sabe, por lo menos desde el sexenio de Miguel de la Madrid, que a una mayor preparación de los militares mexicanos en todos los órdenes, corresponde una extraordinaria ampliación de su visión de la realidad nacional e internacional y, en consecuencia, una evaluación más crítica de la actuación de los civiles en el gobierno.

Las fuerzas armadas mexicanas cuentan con especialistas de altísimo nivel virtualmente en todos los órdenes, muchos de los cuales, particularmente los integrantes de las nuevas generaciones, están convencidos -posiblemente con absoluta razón–, de que se desempeñarían al frente del país mucho mejor que los integrantes de la clase política tradicional y los recién llegados de la escalada panista.

¿Existe la tentación golpista? Definitivamente, no. Pero sí se percibe una creciente insatisfacción que va de la mano con la convicción de que es indispensable refrenar y cancelar de manera definitiva el clima de hostilidad, de enfrentamiento constante, al que ha conducido al país la política adversarial.

Ante las amenazas de toda índole y procedencia que actúan para desestabilizar al país, las fuerzas armadas defenderán al Estado, pese a la cuota de desgaste, desprestigio y sangre que han pagado durante el sexenio en curso. Esto no significa que no hayan cometido errores ni que busquen, o se les deba acordar, una suerte de impunidad paralegal.

Al gobierno federal y específicamente al Presidente Felipe Calderón, se le señala una vez más que la situación está mucho más descompuesta de lo que creen y de lo que perciben o quieren creer y percibir, aferrados como están a la visión de una guerra triunfal contra el crimen organizado.

El deterioro del Estado mexicano es muy grave, sobre todo en lo que se refiere a la relación entre el gobierno y la sociedad y comienza a parecerse al que caracteriza a otros países de América Latina. El gobierno de Calderón simplemente carece de capacidad para conducir al país; pero, además, viene provocando el aumento de la tensión política y la multiplicación de sus consecuentes expresiones sociales.

Si a esta realidad se suman la atroz perseverancia de virtualmente todos los factores y actores políticos en la instrumentación cotidiana de la política adversarial a ultranza, el horizonte no ofrece luz alguna al final. El rechazo a la impunidad no debe confundirse con la pretensión autoritaria e intolerante del ajuste de cuentas a como haya lugar.

A fin de cuentas, muchas de las bombas de tiempo sociales y políticas, no son sino producto de acciones o iniciativas surgidas del propio gobierno federal, de su actitud de provocación continua, como si gobernar un país significara dinamitar sus estructuras bajo la hipótesis de que todo lo que de ahí surja se acomodará por la acción de una especie de gracia divina.

Mientras el gobierno federal y otras instancias, incluidos los poderes fácticos, se entretienen en una suerte de ruleta rusa, la tensión social crece de manera exponencial. Luego de cuatro años de estar en el poder sin haber sabido ejercerlo como estadista, es evidente que Calderón carece de la capacidad para ofrecer respuestas y soluciones coherentes a estos problemas y otros.

La improvisación, la incompetencia y la debilidad han sido el signo de la gestión política del sexenio y nada indica que esto vaya a cambiar ahora. El círculo se cierra. No hay respuestas ni soluciones reales a las demandas de la sociedad en materia de seguridad y justicia: la llamada guerra, de trasiegos mediáticos, efectistas, no logra disimular la mediocridad, la ausencia de visión de Estado, la ligereza y la incapacidad.

Calderón recibió un país con muchos problemas y no cumplió so oferta de consensar, de abrirse pluralmente para gobernar con las y los mejores. Hoy todo lo ha enrarecido: no hay seguridad, los avances en materia de justicia son insuficientes; muchas instituciones han sido destruidas; la política exterior deambula en la ceguera y la torpeza; y, lo más grave, su cerrazón conduce a la demolición de las estructuras básicas del Estado y finalmente, a un país devastado.

Cuando, durante el sexenio de Vicente Fox, se habló, por ejemplo, de la posibilidad de utilizar al Ejército para combatir los secuestros y otros elementos propios de la crisis de seguridad, desde los más altos niveles del ámbito militar se lanzó una advertencia, basada en la experiencia de la sensatez: sacar a los soldados a la calle implica riesgos y costos que en realidad nadie desea correr. Calderón decidió no hacer caso. Los resultados están a la vista.

* Presidente del Círculo Latinoamericano de Estudios Internacionales (CLAEI) / Latin American Circle for International Studies (LACIS), México