Por Carlos Fazio (Prensa Latina *)
México (PL) Tras una década en el gobierno, el Partido Acción Nacional (PAN) padece un desgaste político acelerado y sujeto al pragmatismo del presidente de la República, Felipe Calderón, que parece encaminarse a un descalabro en los comicios de 2012.
Tras una lucha de 61 años, el PAN llegó al gobierno en el año 2000 con Vicente Fox, en el marco de un proceso socio-histórico que exhibía el agotamiento de la hegemonía del antiguo régimen de Partido de Estado, el Revolucionario Institucional (PRI).
A Fox, candidato atípico, no doctrinario, le fue diseñada una campaña electoral de corte mercadotécnico, sustentada en la teoría de la transición a la democracia, que tomó a España y Chile como modelos.
Sin embargo, en abierta contradicción con la oferta de un cambio democrático, y alejados en parte de los principios y la doctrina del partido blanquiazul, Fox y su sucesor Felipe Calderón se acomodaron rápido al entramado del viejo sistema político corrupto y autoritario.
Es más, según el senador panista Javier Corral, Fox y Calderón no sólo no desmantelaron las añejas estructuras y los rasgos patrimonialistas del antiguo régimen, sino que en algunos casos los aceitaron y reforzaron, como por ejemplo el duopolio de la televisión (Televisa y TV Azteca) y el cacicazgo de la líder sindicalista Elba Esther Gordillo en el magisterio.
En lo que si fueron coherentes ambos, según la impronta del partido derechista que los llevó a la presidencia, fue en gobernar en defensa de los intereses oligárquicos, según constatan observadores.
En ese contexto, al cumplirse 10 años de la alternancia y cuatro de Calderón en el gobierno, el presidente decidió atajar las críticas a su gestión recurriendo a un antiguo expediente: el de culpar a los gobiernos anteriores por los problemas del actual.
El 28 de noviembre, en un acto partidista, el titular del Ejecutivo recuperó la misma estrategia de polarización que utilizó en su campaña presidencial en 2006, y arremetió contra el PRI, que según las encuestas va adelante en las preferencias electorales de cara al 2012.
Mucho se ha escrito en los últimos meses sobre un real o supuesto rechazo atávico, casi de cruzada, de Calderón, a la simple posibilidad de un regreso del PRI a la residencia oficial de Los Pinos.
Por eso, en la coyuntura, no causó mucha sorpresa que Calderón erigiera de nuevo al PRI como el villano a vencer, en un discurso lleno de calificativos, donde advirtió sobre la tragedia que sería regresar al autoritarismo.
Sus críticos le han recordado que él ha recurrido a las prácticas patrimonialistas de considerar los puestos públicos como cosa propia, asignándolos a los amigos y a los leales, o repartiéndolos en función de los intereses políticos y económicos de turno, para buscar luego ventajas pagadas a costa del erario.
En cuanto a su renovada bandera de campaña contra el autoritarismo priísta, se ha dicho que en nombre de la seguridad, ha tomado decisiones unilaterales que colocaron al país en un virtual Estado de excepción al margen de la ley, acelerando un proceso de militarización que ha generado mayor violencia en el país.
De las filas del PRI algunas voces señalaron que Calderón actúa como «jefe de partido» y ha dinamitado cualquier posibilidad de acuerdo político con esa organización en sus dos últimos años de gobierno.
Y en verdad, cuando sentencia a muerte a un partido político que controla la Cámara de Diputados y la mayoría de los gobiernos estatales, Calderón parece estar renunciando a cumplir su programa de gobierno en el último tercio de gestión.
La historia de la confrontación y la polarización ya la vivió el país en 2006. El tiempo dirá si Calderón calculó bien.
(*) El autor es un reconocido articulista de la prensa mexicana, colaborador de Prensa Latina.
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