Gazapos del Nobel

Por: Santiago Montenegro

EL ÚLTIMO LIBRO DE GARCÍA MÁRquez, Yo no vengo a decir un discurso, es una obra absorbente que en buena hora nos recuerda al autor inteligente, poético y divertido que nos sedujo y conmovió durante décadas con sus novelas, cuentos y columnas de prensa.

Hay de todo, desde pasajes divertidísimos, como cuando recuerda la poesía juvenil de Belisario Betancur o la pésima caligrafía de Álvaro Mutis, hasta textos de una gran factura, como su discurso Nobel en el que argumenta la soledad de América Latina. No había vuelto a leer este discurso desde que lo publicaron los periódicos colombianos, el 9 de diciembre de 1982. Es un texto que en su día me conmovió a pesar de que encontré un gazapo que, por supuesto, no le quita ningún mérito a una pieza que podemos definir como magistral. García Márquez pregunta qué se hicieron las once mil mulas cargadas con 100 libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino.

Estas once mil mulas son producto de la imaginación de García Márquez porque no había mulas en Perú. Una mula es una hija de un asno y una yegua o de un caballo y una burra. Los equinos que llegaron a América fueron traídos por los conquistadores españoles y todo parece indicar que los primeros llegaron en el segundo viaje de Colón, en 1493.  Pero habría que esperar casi cuarenta años, hasta 1532, para que los caballos llegaran a Perú. En ese año, Francisco Pizarro llegó a Perú y tuvo su encuentro con Atahualpa en Cajamarca. Con él también llegaron 37 caballos, aunque los historiadores no dicen cuántos eran yeguas, burras o asnos. Pizarro puso preso a Atahualpa el 16 de noviembre de ese año y, a partir de esa fecha, se trajo oro y otros metales preciosos para pagar el rescate, que no salvó la vida de Atahualpa, pues fue ahorcado el 26 de julio del año siguiente. Entre la llegada de Pizarro a Perú y el ajusticiamiento del inca no pasó suficiente tiempo para que esos pocos caballos, yeguas, y quizá burros, burras y asnos se hayan cruzado para producir once mil mulas. Y menos que las supuestas mulas hayan salido desde el Cuzco que queda situado en el otro extremo del país.

Otro gazapo que encontré en el libro de García Márquez fue en el discurso que pronunció el 12 de abril de 1996, en la Cátedra de Colombia de las Fuerzas Armadas, donde nuestro Nobel afirma que en cincuenta años nunca tuvo la oportunidad de conversar con más de media docena de militares, que no pudo ser espontáneo y desprevenido y que prácticamente nunca tuvo de qué hablar con ellos. Si quiso decir que en su vida casi no interactuó con militares colombianos quizá tenga razón, pero el texto claramente no se refiere a ellos, pues es una afirmación general que, por supuesto, no es cierta. Porque ¿no son militares sus grandes amigos cubanos Fidel y Raúl Castro? Son militares hasta la médula. No sólo han sido militares toda su vida, casi siempre han vestido uniforme, han gobernado a Cuba con régimen de cuartel y le han dedicado mucho tiempo a García Márquez para hablar en forma desprevenida y espontánea. Más que gazapos, estas imprecisiones y mentirillas son licencias que se toman los grandes artistas para redondear o precisar la fuerza poética de una frase o un texto. Sólo por eso las pasamos por alto y nos divertimos con ellas.

Santiago Montenegro/ elespectador.com