La iglesia imperial

Pablo Urquiaga, Párroco en Caricuao, Caracas – Venezuela.

Desde los comienzos de la era cristiana, la Iglesia que fundó Jesús de Nazareth fue perseguida por el Imperio y lo sigue siendo aún por los imperios de turno. Me refiero, claro está, a la COMUNIDAD de los Creyentes que siguen a Jesús y se organizan para convivir según sus enseñanzas; es decir, a los verdaderos CRISTIANOS y no a la “Institución oficial” que sigue al lado de los poderosos e imperios de éste mundo.

En el año 313 d.c. ocurre un hecho sorprendente: La Iglesia de Cristo, por orden del emperador Constantino, deja de ser perseguida y pasa a ser: LA IGLESIA DEL IMPERIO; es decir, la Iglesia de ROMA. Constantino necesitaba una “religión católica”; es decir UNIVERSAL; que UNIFICARA su imperio en peligro de extinción. Cada pueblo conquistado tenía su propia “religión” y es por eso que Roma necesitaba implantar una “religión oficial” que fuera “católica” para que fuera asumida por todos los pueblos conquistados y así lograr imponer la misma religión para todos en el futuro.

Así nace la IGLESIA IMPERIAL. La institución católica romana va adquirir un matiz OFICIAL de ese momento en adelante. Ya los “cristianos” no van a tener que esconderse para reunirse ni lo tendrán que hacer en las “casa particulares” sino que le serán entregados los grandes templos paganos imperiales y pomposos. Los obispos serán “alejados del pueblo” y se vestirán con ropas lujosas romanas (sotanas, mitras, solideos, etc.), distintas de los demás fieles. Se perdería también la sencillez y la humildad y se llenarían de ostentaciones, orgullo, vanidad, soberbia y prepotencia. Este cambio, al principio, se llegó a ver como una “bendición”: “Al fin se había acabado la atroz persecución y martirio y llegaba el “reino prometido” a ésta tierra. El Apocalipsis llegaba a su fin; una “tierra nueva” dirigida por la Iglesia de Cristo comenzaba a “reinar”.

Pero no fue así. La Iglesia de Jesús comenzó a servirle al Imperio y cada vez se alejaba más del ideal de su Maestro y Señor. La trampa de Satanás había sido perfecta. En vez de una “bendición”, el cambio se convirtió en una MALDICION. Desde los comienzos de ese cambio comenzaron las “protestas y divisiones”, pues siempre en la “Iglesia Imperial” ha habido CRISTIANOS que no se adaptaron a los intereses del Imperio y se mantuvieron fieles a Jesús. Los monjes del desierto, los Albigenses, San Francisco de Asís, Lucero, Huss y otros, protestaron ardientemente con sus palabras proféticas y con su TESTIMONIO que nos habíamos alejado de nuestras fuentes originales hasta nuestros días.

Hoy en día, a pesar de la figura profética y carismática de un SIERVO DE DIOS como lo fue JUAN XXIII, quien convoca al concilio Vaticano II para remediar dicha situación, la Iglesia Imperial se mantiene en “coqueteo” con los actuales Imperios, como lo hizo en el pasado con Roma, España, Inglaterra, la Rusia de los Zares y otros. La Iglesia se hizo “imperial” y no ha podido dejar de serlo, esclava de esa perversa herencia. Asumió la lengua del imperio (el latín) para mantener su “rango y prestigio”. Lamentablemente hay una tendencia a mantenerse como “Imperio de éste mundo” y aliarse con los poderosos de éste mundo y no “con los pobres de la tierra”. La Iglesia Imperial algún día se acabará como la “gran ramera” del Apocalipsis pero el PUEBLO DE DIOS, la COMUNIDAD DE LOS CREYENTES que siguen a Jesús de Nazareth, durará para siempre y su Reino definitivo NO TENDRA FIN.

Dejemos de ser de una vez la “triste viuda de Constantino” y volvamos a ser de nuevo la ESPOSA DE JESUCRISTO. Amén