Mauricio Pabón Lozano
Un día de 1999; se acercó a mi mesa un escritor del Caribe colombiano, para informarme que yo, debía, conocer a Juan Carlos Tanus. Entonces me encontraba viviendo en Boa Vista, norte de Brasil, y ya no daba crédito a gente que me habían prometido presentarme al mismo Don Álvaro Mutis, para que me enseñara de lástima los secretos del descabellado oficio de escribir.
Todos decían lo mismo: “Mauricio, el viernes llega el escritor Antonio Caballero, y es un hecho ineludible, que tu te encuentres con él. En efecto, ese viernes llegaba Caballero, pero no recibía la notificación del hombre del contacto. Así, cuando me hablaron de Juan Carlos Tanus, como un cuadro clarividente de la política de mi país, decidí no darle importancia a la noticia; y me abandoné a lo que ha sido una constante en mi vida: me dejé llevar por la vida.
Catorce semanas después, me llamó al teléfono un escritor conocido para confirmarme el hecho concreto que ya intuía; Juan Carlos Tanus se había establecido en Caracas. Como había visitado Caracas en 1993, luego de la insurrección, consideré sensato pasar por Caracas para encontrarme con algunos condiscípulos que también soñaban con el volcánico oficio de escritor. Mis amigos no estaban en Venezuela.
Enloquecido por encontrar un lugar para vivir; me refugié en el aeropuerto: haciéndome pasar por pasajero que nunca viajaba, para escapar de noches en la calle descalza. No fue la primera vez que pasé por pasajero falso. En mis días de Panamá, muchas noches las pasé en camas de medio dólar, pero con el agravante problema de vivir en una casa sin techo. Para entonces no le di importancia a ese problema existencial; y de nuevo le pedí a la vida que hiciera lo que se le diera la gana conmigo: fue cuando se apareció a mi vida con dos novelas inéditas por escribir debajo del brazo Yaneth; y me refugié en sus recuerdos sublimes.
Atreves de ella mi vida asumió otro rumbo, porque lo primero que me sugirió, fue que echara a la canasta de la basura mis espejuelos: “te hacen parecer más viejo de lo que eres”, me dijo. Le hablé de mi problema ocular, y respondió sin apuro: “lentes de contacto”. Bien; ella me presentó a otro Juan Carlos que ahora vive en Suecia y ese Juan Carlos me presentó al Juan Carlos que ahora me arranca estos recuerdos. Se concertó una cita en Bellas Artes.
Ese lugar me causaba terror hasta hace poco; porque allí fue secuestrado Rodrigo Granda y porque Gaitán en sus días de Caracas, perdió un discurso práctico de cincuenta hojas, y lo encontró diez años después del acto público.
Como estaba pactado, yo tenía que pedir café marrón, y Juan Carlos de Suecia arroz con camarones. Pero mi condición existencialista propuso cambiar lo pactado, y en dos horas liquidé el cuarto plato. Estaba terminando los últimos granos de arroz; cuando un caballero de aspecto libio se acercó a nuestra mesa y pidió permiso en un español que era una fusión tácita de mexicano cubano y bogotano. Juan Carlos de Suecia me dijo: “este es el hombre”.
Se trataba de un hombre de la generación anterior a la nuestra, pero con una familiaridad deslumbrante con los problemas de la generación del año 1979.Pidió una botella de agua mineral, después me enteré que Juan Carlos Tanus, tiene un estómago complicado como la física cuántica.
Nos habló de la historia colombiana del siglo XX, y de los cuatro millones ochocientos mil colombianos que viven en Venezuela. Se declaró demócrata en lo político, dictador para no gastar más de lo necesario, y conciliador en problemas de amor. Le creí todo lo que dijo, porque tiene la virtud de atrapar cuando habla, y puede capitalizar una inesperada discusión política, dándole la razón a quien la pida.
Es pragmático para vestir, algunos dicen que escribe poemas tristes; pero su mayor fortuna, es que también tiene un magnetismo con el sexo opuesto. Hoy, ahora que hago esto, es el coordinador de la asociación más numerosa de colombianos en el exterior.
Hace su tarea como cuadro político; pero sus vastos conocimientos de economía, lo sitúan como cuadro económico, puesto que planifica todos los gastos de la asociación, con celo de viuda. Parece que me considera su amigo. Por mi parte creo que es el hombre más afortunado que he conocido.
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