Luis Noriega
Seis años de secuestro, una bondad infinita y haber sido puesta en las manos de Dios son las credenciales que presenta Íngrid Betancourt en No hay silencio que no termine. ¿Qué título debemos otorgarle?
Con Íngrid Betancourt los matices están prohibidos. No hay silencio que no termine, la obra destinada a separar la gran literatura de la mera anécdota, es ya un monumento a la ingratitud que ningún colombiano debería leer, ya un clásico instantáneo de la historia y la literatura que no es ni historia ni literatura sino ambas cosas y algo distinto a la vez, un tratado sobre la maldad y un canto a la vida y una novela de aventuras que supera en dignidad, valor y entomología a todas las novelas de aventuras…
La atención excepcional que recibe la Íngrid que lo escribió acaso hubiera incomodado a la Íngrid que lo protagoniza: “Todos somos secuestrados. Todos somos iguales”, responde molesta cuando se señala su condición de “joya de la corona”. En esta versión, por desgracia, no hay quien replique que algunos secuestrados son más iguales que otros.
¿Cómo se lee un libro con tanto ruido?
Para empezar, habría que reconocer que el morbo vende. La atención que el libro ha recibido depende básicamente de sus méritos comerciales, derivados del estatus de víctima superstar con el que Betancourt se topó tras su liberación. “¿Crees que eres lo que dicen que eres?”, preguntó el coro. Y ella respondió con un sí de setecientas páginas al que sus editores pusieron un módico precio de 45.000 mil pesos (lo que, es de lamentar, no alcanzó para pagar los servicios de un buen corrector de estilo). Con otra firma esas mismas páginas hubieran encallado en cualquier editorial: “La historia es interesante y tiene acción, pero el mercado está saturado de libros de exsecuestrados y a éste le sobran cuatrocientas páginas de beatería, filosofía de cajón y narcisismo puro. La protagonista es valiente, pero está tan convencida de que el universo gira alrededor suyo que resulta cargante. Asume el secuestro como una oportunidad de superación personal, lo que dada su perfección inicial es poco verosímil. La información factual y de contexto es insuficiente. El estilo grandilocuente es relamido y, sin proponérselo, caricaturesco. La autora es francesa, así que tal vez haya que aclararle que lo que llama ‘lengua extranjera’ de las Farc es español”.
Luego, quizás habría que intentar leerlo como lo que en teoría es, un testimonio. Un testimonio sobre el secuestro no es el secuestro (aunque, como prometía un folleto publicitario, pueda secuestrarte seis años en un fin de semana). Y su calidad no depende de su talento para cautivar al lector. Como saben los novelistas y los políticos, una mentira bien contada resulta más creíble que la verdad desnuda. (Y la etiqueta “basado en hechos reales” permite muchas libertades.) La aclaración es pertinente porque el sufrimiento inspira un respeto reverencial que impide cuestionar al testigo. A los “hampones literarios” es posible contarles las erratas y denunciar su autobobo; a Íngrid, víctima de víctimas, no. También algunos libros son más iguales que otros.
No hay silencio que no termine es un testimonio conmovedor, sí, pero también un testimonio egotista escrito a mayor gloria de quien descendió a los infiernos como encarnación de la inmaculada DIGNIDAD y regresó para enseñar al mundo que “hay cosas más importantes que la vida”, una lección que debería consolar a las familias de quienes no volverán y avergonzar a los sobrevivientes que no estuvieron a la altura de las circunstancias y, mucho menos, de la protagonista.
Empieza como una película de acción, con una fuga que define el carácter de la heroína por oposición al resto del reparto. Íngrid ama la libertad, sangra, lucha y pervive. Los guerrilleros, ya se sabe, son unas bestias. Y Clara… bueno, Clara es casi lo peor que le puede pasar a un secuestrado: no quiere huir, quiere adaptarse, está gorda e irritable, y cuando su compañera fracasa es incapaz de ocultar su “satisfacción”. El retrato es “despiadado” y el mensaje clarísimo: Íngrid ha regresadowith a vengeance.
El siguiente blanco es Pastrana. La reconstrucción de los hechos previos al secuestro omite toda advertencia sobre los riesgos que entrañaba el desplazamiento al Caguán. En una inversión de la tragedia clásica, el héroe no avanza a su destino cegado por el orgullo, sino que es empujado a una suerte terrible por un coro de secundarios que, a lo sumo, se ríe o se encoge de hombros, que es lo que hacen los acompañantes de Betancourt cuando la candidata les consulta su opinión. Lo que había empezado siendo un acto electoral se convierte en Florencia en una carrera contra el tiempo para salvar la democracia colombiana de las garras de Pastrana (“en esas condiciones, a quien detentaba el poder, solo le faltaba nombrar un sucesor”). Incluso para quienes pensamos que Pastrana fue un presidente nefasto y quienes saben que detentar es “retener y ejercer ilegítimamente”, la insinuación es excesiva. La narradora no quiere recrear los hechos sino vender una versión que la exima de toda responsabilidad y la eleve a mártir.
A partir de ese punto, resulta difícil leer el libro sin sospechar sobre la honestidad de la reconstrucción. Y el efecto es peor si uno ha leído a otros ex secuestrados, pues hay momentos en los que Betancourt pareciera escribir teniendo delante sus libros, para aclararlos, para corregirlos. Empezando por la llamada que Clara hace la noche antes del viaje para repetirle las advertencias que acaba de recibir: en el libro de Íngrid no hubo advertencias y Clara es solo una “nueva adherente” que quiere pegarse al plan. Y terminando, pocas semanas antes de la liberación, por la requisa a la que la guerrilla somete a los tres estadounidenses para buscar las cartas que Íngrid le escribió a Marc Gonsalves y luego, cuando recuperó su tono de “yo soy alguien y usted no es nadie”, quiso que le devolviera: la guerrilla actuó motu proprio y, en cualquier caso, fue el gringo el que le pidió las suyas primero. Todo lo cual es, si se quiere, legítima defensa, pero obliga al lector a preguntarse a quién creer. A esa pregunta el libro ofrece una respuesta ambigua. La mentira es el reino de las Farc, los malos (“era un arma de guerra que les alentaban a perfeccionar… la sabiduría de la oscuridad que se utiliza para hacer el mal”). Íngrid, la buena, no puede mentir porque padece una “tara providencial” que la obliga a decir siempre la verdad. La selva, sin embargo, es “un mundo donde el mal era el bien” (la simplificación es indigna de una novela, no de este tratado sobre la miseria humana), y la heroína aprende que puede “mentir por una buena causa”. La pregunta, entonces, es si hay una “buena causa” que justifique retocar un poco la historia aquí y allá. Y la respuesta es sí: la causa de santa Íngrid.
Los colombianos ya sabíamos que Íngrid era especial, pero esa especialidad palidece ante lo especial que Íngrid es dentro de su cabeza. Con No hay silencio que no termine, Betancourt deja atrás sus ambiciones políticas y nobelísticas para presentar su candidatura a la santidad. El libro es una original revitalización del género de los Hechos apostólicos. Mientras en los Hechos tradicionales el martirio es la apoteosis de la carrera evangelizadora del héroe, aquí el martirio es el punto de partida. La heroína descubre su misión a través del martirio y sobrevive para poder predicar la buena nueva sin tener que confiar las traducciones al Espíritu Santo. La liberación de Íngrid, auténtica resurrección, fue el inicio de una nueva misión que, como es obligatorio, debía empezar siendo rechazada. “Un profeta solo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio”: la demanda simbólica fue apenas un mecanismo para que se cumplieran las Escrituras. Así que, “por una buena causa”, estos Hechos quizás no sean una recreación fiel de la realidad. La buena noticia es que, como la Iglesia es una institución a la cual la realidad la tiene sin cuidado, los colombianos vamos a tener por fin una santa autóctona (aunque tengamos que compartirla con los franceses).
Los Hechos de santa Íngrid se inician con el padre, Gabriel Betancourt –de soltero, Betancur–, poniendo a su hija en manos de Dios (“se dirigió a Dios para ponerme en sus manos”). La apuesta es arriesgada en vista de lo que Dios es capaz de hacer con sus hijos en otras grandes obras de la literatura universal, pero Íngrid, obediente, recibe la bendición paterna y, cuando al día siguiente Dios decide entregarla a las Farc, acepta la prueba. La prueba, sin embargo, se prolonga, e Íngrid intenta escarparse. Entonces, exactamente un mes después del secuestro, el buen Dios llama al buen Gabriel a su lado para que Íngrid pueda entonar el consabido “Padre, por qué me has abandonado”. Pero el padre no la abandona sino que la acompaña en su viaje espiritual. Es el “ángel” que en su segundo intento de fuga la mantiene dentro del camino recto del calvario (“él acababa de morir y yo no lo sabía aún”), la voz que le susurra la palabra DIGNIDAD (“en mayúsculas”) en el cuarto, y una cegadora luz blanca entre uno y otro. En un comienzo, Íngrid no entiende el sentido profundo de su sufrimiento, pero luego adquiere “una conciencia innegable de la presencia de Dios” y entiende que “tal vez había algo superior a mi libertad que Él podría querer darme”. Dios también merece una oportunidad. Después de un año, Íngrid empieza a cuestionarse y descubre que puede ser mejor de lo que ya es: el secuestro es una ocasión de crecimiento personal (“quería construir un yo más fuerte, más sólido”). Ese crecimiento habrá de producirse a través de pruebas cada vez más severas: nuevos compañeros (el infierno son los otros), plagas bíblicas, enfermedades y, por supuesto, cadenas. Pero ella no se rendirá. Gracias a su intercesión se conceden milagros, verbigracia la liberación y conversión de Pinchao, el primero que da testimonio (“tu Virgen se me apareció cuando la llamé”). El viacrucis alcanza su clímax con la última prueba de supervivencia, la multimedia que, en contra de lo dicho por Antonio Caballero, no firmó la voluntad de Íngrid, sino, como ella aclara, la voluntad de Dios. En un anuncio del porvenir, el día de la Virgen, la casualidad (pero Íngrid no cree en coincidencias) le regala “Stairway to Heaven” de Led Zeppelin. En junio de 2008, el tiempo se ha cumplido. La Hija pide una señal antes de que acabe el mes del Sagrado Corazón y el día 28 la recibe: ha empezado la Operación Jaque.
Los Hechos de Íngrid es un libro sin misterios gozosos (la heroína es casta), pero no sin misterios glorioso y doloroso. El misterio glorioso es, como en la célebre carta que obró el milagro del reblandecimiento de los corazones, Francia. En un principio, Francia es una nación acomodaticia que antepone el regateo a la dignidad y ofrece no incluir a las Farc en la lista de terroristas de la Unión Europea si liberan a Íngrid, pero que luego, milagrosamente, recapacita y se vuelca hacia los secuestrados, asume “riesgos reales” para sacarlos de la selva y convierte “nuestra libertad en la mayor prioridad” (como los demás rehenes no entienden de política internacional, descreen de ese plural caritativo y en el Mundial de 2006 se unen a los guerrilleros para celebrar la victoria de Italia).
El misterio doloroso de los Hechos de Íngrid es por qué Dios montó semejante tinglado para enseñarle lo que hubiera podido aprender, con menos padecimientos, de la mano de su apóstol Paulo Coelho: Hemos perdido el sentido de las prioridades, se necesita poco para ser feliz, debemos esperar a que la razón de ser de las cosas se haga visible, la fuerza del amor siempre es superior, tenemos la libertad de decidir quiénes queremos ser, etc. Con la lección aprendida, la santa elige no ser más una “víctima”. En vista de que ella misma se declara “responsable de mis contradicciones”, no vamos a insistir en lo poco que duró esa decisión. Y tampoco en lo “despiadado” que es un Dios que organiza cursos de autoayuda con tantos daños colaterales.
Por su fuerza (innegable), profundidad (discutible) y belleza (sic), No hay silencio que no termine ha sido comparado con grandes obras de la literatura testimonial como, por ejemplo, Si esto es un hombre de Primo Levi. La comparación es injusta en dos sentidos. En primer lugar, sugiere un paralelismo que devalúa la experiencia de los secuestrados y entorpecerá futuros intentos de comprender este episodio de la historia colombiana. Ni las Farc son los nazis, ni la selva es Auschwitz (o el Gulag o la Camboya de Pol Pot). Eso no hace a la guerrilla menos criminal ni a los secuestrados menos víctimas, pero aclara que la expresión “campo de concentración tropical” es valiosa por lo que tiene de irónica, no por la exactitud de sus connotaciones. La sola imagen de Höss (Sombra) entregando a una judía altanera (Betancourt) los productos de belleza enviados por Himmler (Jojoy) basta para convertir una buena ironía en un mal chiste. Pero la comparación también es injusta porque sugiere una identidad de intención que no existe. Si esto es un hombre es un relato en el que hablar de protagonista o héroe es un despropósito; la experiencia personal es el accidente que permite al autor dar testimonio de la experiencia colectiva del campo, que es lo importante. Si esto es un hombre no quiere ser literatura sino documento y tal vez en ello resida su grandeza (que es también, pero no solo, literaria). No hay silencio que no termine, en cambio, es ante todo un relato con protagonista y heroína. Como el personaje de Borges, Íngrid ha descubierto que todo lo que realmente pasa le pasa a ella. Su testimonio no es personal: es egocéntrico. Por eso necesita muchísimas más páginas para decir lo mismo, o menos, que sus compañeros. (Y que lo diga más bonito me parece secundario.) A diferencia de Levi, el documento le interesa menos que la novela y la novela menos que la película. En este sentido, la historia editorial de los dos textos no puede ser más reveladora. Si esto es un hombre se publicó en 1947, en una edición de 2.500 ejemplares de los que apenas se vendieron 1.500, y tardaría más de una década en reeditarse. No hay silencio que no termine, ya se sabe, era un clásico de la literatura y la historia colombianas antes de haber llegado a las librerías.
Íngrid es una persona buena, en el libro lo reconocen hasta sus agresores, pero su bondad no riñe con su megalomanía. La beata “compleja” que escribió No hay silencio que no termine se parece demasiado a la política manipuladora a la que le gustaba posar de Juana de Arco (también santa ella). Tiene nobles propósitos, se encuentra en una posición privilegiada para promoverlos, pero su vocación de autobombo es un obstáculo formidable. En contra de los llamados a convertir el libro en lectura obligatoria en los colegios, o de quienes lo consideran el testimonio de testimonios que logró por fin trascender la mera anécdota, quizá sea conveniente advertir que no es un libro para todos los lectores. Quienes quieran vivir setecientas páginas en el mundo según Íngrid, que lean el libro. Quienes quieran aventuras, pero deseen ahorrarse la exégesis, que esperen a la película. Y quienes quieran conocer la historia, que esperen a los estudios que con el tiempo llegarán y que, lamentablemente, no recibirán ni la décima parte de la atención que, incluida esta reseña, está recibiendo este documento de nuestra pequeñez.

Un comentario sobre “Hechos de santa Íngrid”
Los comentarios están cerrados.