José Alejandro Castaño: «Bolívar soy yo» II

Bolívar soy yo II

Fantasmas de la independencia

José Alejandro Castaño

 

(Medellín, 1972). Es autor, entre otros libros de Zoológico Colombia.

La cama del Libertador aún se destiende por las noches, su cuerpo todavía recibe heridas en combate, sus palabras siguen resonando en los televisores. El fantasma de Bolívar y sus múltiples reencarnaciones continúan rondando la América que el autor comienza a recorrer en esta crónica, la primera de una serie de seis dedicada a las sombras contemporáneas del caudillo.

Acabada la autopsia del cadáver, que fue trasladado sobre la marcha de la Quinta de San Pedro a la casa que primero habitó el general Bolívar en Santa Marta, fue menester proceder a su embalsamamiento. Muy escasas fueron, si no faltaron, las preparaciones que se usan en semejante caso, hallándome solo para practicar esta operación. Se me hizo muy laboriosa la tarea, máxime cuando se me había limitado a un corto tiempo, y este trabajo se hacía de noche. Así que no se concluyó sino cuando era ya de día”, escribe Alejandro Próspero Reverend, el médico que atendió al Libertador en Santa Marta y que luego, tras hacerle la necropsia en la hacienda, se vio forzado a embalsamarlo porque el único boticario de la ciudad, a quien comúnmente se le encargaba esa tarea, estaba enfermo.

El cadáver fue levantado de la cama que Yolanda asea a diario y llevado once pasos en dirección a uno de los patios interiores de la Quinta, al cuarto de la repostería, donde se hacían las galletas, las milhojas, las tartas, los panes con corazón de guayaba, y se batían claras de huevo con mantequilla, y se mezclaban las conservas de mermelada, todo allí, lo dulce y delicado, próximo a la descomposición, protegido por las paredes más frescas de la casa. Es fácil imaginar la agitación de aquel momento:

Las mujeres de la servidumbre, antiguas esclavas, levantan los platos de la mesa, las cucharas, las jarras de leche, los frascos de mermelada aún tibios tras la última cocción, quitan el mantel y barren el suelo sucio de harina y azúcar. Rezan. Lloran. Traen una segunda mesa, más pequeña, en la que el médico Reverend dispone sus herramientas: un par de cuchillos, unas tijeras de plata, dos agujas, un cordel de hilo de cáñamo, una jeringa de vidrio, una escudilla de porcelana, un crucifijo, una sierra de arco. El cuerpo es colocado bocarriba, la cabeza apoyada sobre un madero. De la ciudad llega un carruaje a toda prisa con frascos de apoteca, dentro de ellos aceite de bermellón, trementina, lavanda, romero, espíritu de vino, sal de mar, todos pócimas contra la putrefacción.

Reverend tenía entonces 54 años y aún conservaba el pulso firme. Era francés. Había estudiado medicina en el ejército napoleónico sirviendo en los campos de batalla, esas plantaciones de cuerpos, de brazos, de piernas, de cabezas, de espinazos, todo exhibido por la contundencia de los cañones. Mientras el imperio francés doblegaba a un tercio del mundo, los médicos de la Ilustración se servían de la oferta siempre abundante de cadáveres para aprender anatomía. Ya en 1830 las técnicas de conservación se habían perfeccionado tanto que era posible velar un cuerpo tres días después de su deceso, aun en un ambiente excesivamente caluroso y húmedo como el de Santa Marta.

Las anotaciones hechas por el médico Reverend sobre la necropsia y embalsamamiento del Libertador son perturbadoras y hubo una época, pese a tratarse de un documento histórico de comprobada autenticidad, en que no se podían ir leyendo por ahí. Parece que no está bien que se describa con tanta exactitud la naturaleza mortecina de un héroe a quien el mito pretende mantener vivo. Sus observaciones, en medio de las pomposas celebraciones de la Independencia, se leen reveladoras, en efecto, como si describieran la geografía de nuestros países y de los males crónicos que los aquejan:

“Cadáver a dos tercios del marasmo, descolorimiento uniforme”. “El resto del cerebro y cerebelo no ofrecen en su sustancia ningún signo patológico”. “El pulmón derecho casi desorganizado presenta un manantial abierto del color de las heces del vino, jaspeado de algunos tubérculos de diferentes tamaños no muy blandos; el izquierdo, aunque menos desorganizado, ofrece la misma afección tuberculosa, y dividiéndolo con el escalpelo se descubre una concreción calcárea irregularmente angulosa del tamaño de una pequeña avellana”. “El estómago, dilatado por un color amarillento, no presenta sin embargo ninguna lesión ni flogosis”. “Los intestinos delgados están ligeramente meteorizados”. “La vejiga, enteramente vacía y pegada bajo el pubis, no ofrece ningún carácter patológico”. “El hígado, de un volumen considerable, está un poco escoriado en su superficie convexa; la vejiga de hiel muy extendida; las glándulas mesentéricas obstruidas; el bazo y los riñones en buen estado”. “El corazón no ofrece nada particular, aunque bañado en un líquido ligeramente verdoso”.

Contra su voluntad, Bolívar fue enterrado tres días después en la catedral de Santa Marta, muy lejos de Caracas, a donde pidió ser llevado. El viaje definitivo a su tierra natal solo habría de ocurrir doce años más tarde, después de una ceremonia de exhumación en la que tomaron parte delegados de Colombia y Venezuela. Hubo incienso esa vez, cantos religiosos, lágrimas, y en general un rictus de dolor y de respeto, pero solo hasta que el féretro fue abierto.

Unos y otros, políticos, militares y feligreses, se abalanzaron sobre los despojos y hurtaron los últimos mechones de la calavera, los dos dedos anulares y las segundas falanges de los demás dedos de ambas manos, excepto las de los pulgares. Los vivos también se llevaron los huesos de los metatarsos y los dedos de los dos pies y una muela, la cordal superior de la mandíbula izquierda. ¿Habrá sido coincidencia que ya para entonces nuestro símbolo nacional, colgado en el escudo en actitud de acecho, fuera un ave carroñera?

La rapiña de los restos de Simón Bolívar ocurrió el 20 de noviembre de 1842. Reverend estaba allí para constatar que el cuerpo era, en efecto, el que había embalsamado doce años antes. El médico reconoció el cráneo aserrado en forma horizontal y las costillas que cortara de manera oblicua. Los huesos de las piernas seguían enfundados en las altas botas de caballería que le calzó, pero mientras el cuero y el tacón de madera de la bota derecha estaban intactos, los de la izquierda estaban casi deshechos por los jugos de la descomposición. Reverend también reconoció la urna en la que había guardado el corazón, el cerebro y el resto de las vísceras cuando las escindió del cuerpo. “Es él”, dijo en voz alta el médico y la gente se abalanzó sobre el ataúd. Algunos, temerosos de estar cometiendo un sacrilegio, solo atinaron a llevarse puñados de polvo, o un trozo de tela que aún no terminaba de desaparecer.

Esa misma noche, como si el pillaje de los despojos no hubiera sido suficiente, los delegados del gobierno colombiano solicitaron a los venezolanos que les permitieran conservar la urna con las vísceras para colocarla de nuevo en el sepulcro de la catedral. Increíblemente, los funcionarios llegados de Caracas accedieron y el corazón y los demás órganos fueron regresados al altar. La osamenta que finalmente llegó al puerto venezolano de La Guaira el 17 de diciembre de aquel año fue eso, restos.

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