José Alejandro Castaño:»Bolívar soy yo» III

FANTASMAS DE LA INDEPENDENCIA

José Alejandro Castaño.

(Medellín, 1972). Es autor, entre otros libros de Zoológico Colombia.

 

En la Quinta de San Pedro Alejandrino, además de comerciales de televisión y matrimonios, se han filmado películas. Quizás la más célebre se llama Bolívar soy yo. Es la historia de un actor que encarna al Libertador y que se niega, como obliga el libreto de la novela que protagoniza, a dejarse fusilar. “¡No!, ¡no!, ¡no!”, grita en el último instante, cuando un grupo de soldados de la Nueva Granada está listo para dispararle. Todos en el set de grabación se agarran los pelos, desconcertados y furiosos. “¡No me aguanto más a este loco de mierda!”, dice el director del dramatizado y le ordena a la actriz que hace de Manuelita Sáenz, la ex novia del protagonista en la vida real, que por dios lo convenza de que se deje matar.

El actor, vestido como Bolívar, de sacoleva azul y rojo, de botas pero sin capa ni espada, huye de la Quinta hacia Bogotá y comienza la persecución de los productores de la telenovela.

La película fue estrenada en 2002, y aunque estuvo lejos de ser un éxito en taquilla, logra escenas memorables, como aquella del Libertador en un avión de Avianca, sentado junto al capitán: “Las cosas que yo hubiera podido hacer con uno de éstos”, dice mientras contempla los instrumentos de la cabina. O cuando, a media noche, en la Plaza de Bolívar, montado en un caballo, le reclama a la estatua del Libertador por los sueños convertidos en pesadilla y un indigente le ordena que deje dormir, que se vaya a gritar a la televisión.

El actor que hizo el papel se llama Róbinson Díaz, un antigalán bajito y narigón que ya entonces era considerado el mejor actor del país. Pero el papel no iba a ser suyo.

Jorge Alí Triana, el director de la película y el primero de la televisión nacional en producir seriados sobre la épica libertadora, había pensado en otro actor, en uno de sus bolívares más exitosos, el más recordado y querido por los televidentes: Luis Fernando Montoya, él sí un galán de revista, de facciones de estatua, nariz recta, mentón partido, manos cuadradas. Las mujeres le lanzaban besos al televisor cuando aparecía vestido como prócer, las patillas largas, las cejas expresivas, la espada en alto. Uno de los mayores atributos de Montoya era su voz solemne, de locutor radial. Las palabras del Libertador dichas por él eran siempre persuasivas, “divinas”, decían las señoras. Luis Fernando, nadie más, era el Bolívar declamador de los textos escolares, y si las madres aún insistían en disfrazar a sus hijos de libertadores en la fiesta de Halloween, todavía a pesar de la popularidad de Spiderman o Batman, era por su declarado amor al actor. Por eso, cuando se conoció la noticia, todos se sintieron defraudados, mudos, como si el caído en desgracia, en efecto, hubiera sido el mismísimo Libertador.

El 27 de mayo de 2001, Luis Fernando Montoya fue capturado en Miami con 950 gramos de heroína en el estómago. Tenía 42 años. “Cae Bolívar en usa”, tituló un periódico sensacionalista, y mostraba al actor en su estampa más recordada, arengando al ejército patriota, de nuevo la espada en alto.

“El tipo que me llevó la droga llegó a las siete de la noche. Era casi un kilo. Yo creía que cuando uno se metía en semejantes vueltas le daban un mejor trato. Pero no. Él puso todo encima de la mesa, me explicó el procedimiento y se fue a ver televisión”, reveló un par de años después el actor en una entrevista desde la cárcel en Estados Unidos. Había subido diez kilos de peso. Sus compañeros de celda le decían Robert de Niro porque les recordaba al gánster de la película Casino. A tantos kilómetros de distancia, vestido con el traje de los reclusos, Montoya ya no se parecía a ningún héroe libertario.

No era, por supuesto, la primera vez que un personaje de la farándula nacional caía preso por mula, que es la denominación colombiana para las personas que deciden arrendarles sus vísceras a los narcotraficantes. Reinas de belleza, futbolistas, empresarios, presentadores de televisión, campeones mundiales de boxeo, cantantes, otros actores, todos ellos ya habían posado para las cámaras de la policía en los aeropuertos de Estados Unidos y Europa. Pero el caso de Montoya era distinto, más significativo.

Nadie sabía entonces que el famoso actor, el Simón Bolívar de la televisión, llevaba meses sin trabajo, pasando hambre en una pensión del centro de la capital, defraudado por quienes se decían sus amigos y con la promesa incumplida de un último papel protagónico, uno que justo le casaba a la medida, el del Libertador, en una película cuyo título también parecía una frase escrita para él: Bolívar soy yo. Pero el papel se lo dieron a Róbinson Díaz y entonces, como pasa en estos casos, un mafioso –con el olfato de hiena que tienen, capaces de percibir una herida desde lejos– se ofreció a ayudarlo. “Usted es un actor: haga el papel y gánese el premio de su vida”, le propusieron. Él aceptó.

“No sentí miedo. Tantos meses de hambre, tantas mañanas sin desayuno, viviendo en un cuartico, arreglándome todas las mañanas con unos vestidos desgastados que ya no engañaban a nadie. Mis dos hijas eran mi mayor angustia. Yo quería, yo necesitaba darles algo más que amor, pero estaba estigmatizado: la televisión, que una vez me subió al cielo, ahora me condenaba al olvido”.

Montoya convenció al narcotraficante de que apresuraran el viaje. Temía que si esperaba muchos días iba a llenarse de preguntas y terminaría por arrepentirse. Mejor hacerlo de una vez, como decía el Padre de la Patria, “lo que haya menester de hacer se hará sin dilaciones”. Doce horas antes del viaje empezó a tragarse las cápsulas una a una. No eran tan pequeñas como creía, todas del tamaño de un dedo, uno gordo y frío, de látex. Él contó cuarenta cápsulas, quizás eran más. Las primeras las vomitó, pero después logró concentrarse. Asumió todo aquello como la preparación de un personaje, tal vez a la manera del método de Stanislavski, el director de teatro ruso cuyos libros había leído en sus años de aprendiz. En su primer viaje, una mula no suele tragarse tantas cápsulas, pero Montoya las ingirió todas. Su método de preparación mental resultó efectivo, al menos hasta entonces, porque solo se tardó tres horas, cinco menos de lo que calculó el hombre que veía televisión en el cuarto de al lado. A las cinco de la mañana llegó un taxi a recogerlo. Ya no era tiempo de arrepentimientos

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