
Bolívar soy yo Fantasmas de la independencia
La cama del Libertador aún se destiende por las noches, su cuerpo todavía recibe heridas en combate, sus palabras siguen resonando en los televisores. El fantasma de Bolívar y sus múltiples reencarnaciones continúan rondando la América que el autor comienza a recorrer en esta crónica, la primera de una serie de seis dedicada a las sombras contemporáneas del caudillo.
La última escultura de Miguel Ángel es un Bolívar que casi no logra terminar porque tuvo que repetirle la cabeza una y otra vez. Un experto que debía aprobar el molde en yeso decía que no era del todo parecido, que aún debía retocarle las cejas, una línea de la frente, la comisura izquierda de los labios, este punto en la nariz, aquel detalle en la patilla derecha. Miguel Ángel Betancur admite que casi pierde la paciencia y que, cuando se marchaba el perito contratado por el municipio que le encargó la obra, se quedaba hablando con su Bolívar de yeso, preguntándole desde cuándo todos parecen saber tanto de los rasgos físicos del héroe. Una cosa es cierta, cree Miguel Ángel: el Bolívar de las esculturas es un hombre imaginado, una idea, eso apenas.En Campamento, en las montañas de la cordillera central, uno de tantos pueblos tomados por la guerrilla de las Farc en la década de los noventa, el Bolívar del parque fue blanco de las balas. Ocurrió en 1999, ocho días antes de la fiesta nacional en la que se conmemora el Grito de Independencia. Yo estuve allí, enviado por el periódico para el que entonces trabajaba, uno cuyo nombre ya antecedía el drama de sus páginas: El Colombiano.
A pesar de las advertencias del ejército para que esperáramos a que los guerrilleros del frente 36 de las Farc terminaran de replegarse en la cordillera, mi compañero y yo, el fotógrafo Donaldo Zuluaga, decidimos entrar caminando. Fue una idiotez, desde luego. La carretera, una trocha de piedras y pantano, podía estar sembrada de minas explosivas. Yo iba adelante, tanteando el terreno con una improvisada bandera blanca que hicimos amarrando una camiseta a la rama de un árbol. A ratos, angustiado por los tiros de fusil que sonaban a los lejos, Donaldo me rebasaba y apuraba la marcha. Así, turnándonos la suerte de pisar una mina, llegamos al parque del pueblo una hora más tarde.
Allá, entre los escombros de la estación de policía y la alcaldía, donde habían muerto dos patrulleros y trece más habían sido heridos, me encontré con Héider, un amigo de la infancia. Estaba en piyama, descalzo, llorando en silencio sobre la culata de su fusil. Era policía.
Nos miramos de lejos y apenas movimos la cabeza, apresados cada uno en su papel: yo de reportero de guerra y él de combatiente humillado. A tres metros, partido en dos, estaba el patrullero Neftalí Vega, remitido el día antes del municipio de Briceño por petición de su esposa, que quería tenerlo cerca. Ella gritaba frente al cuerpo aferrada a una niña de dos años. Dos campesinos decidieron sobreponerse a su propio pavor y se quitaron las ruanas para cubrir el cuerpo. Faltaba, lo recuerdo bien, un cuarto para las doce del día.
En el parque también había cuatro guerrilleros abaleados que, supe después, Héider había matado desde el campanario de la iglesia. Uno de los policías heridos contaba que cuando comenzó la toma, a eso de las siete de la noche, el muchacho se subió al techo del hotel donde dormía y caminó hasta la atalaya del templo, a quince metros de altura. Desde allí empezó a dispararles a los subversivos tumbados atrás de las bancas del parque, los árboles de la calle y la estatua de Bolívar.
Amarrada a la piyama, Héider llevaba una bolsa de munición con doscientas balas, lo suficiente para dar la pelea. Y la dio. La fachada de la edificación, impactada decenas de veces, era prueba de la frustrada intención de los subversivos por reducirlo. Su ubicación era privilegiada, sin duda, y a pesar de las ráfagas de fusil que le impedían asomar la cabeza y apuntar con precisión, sus tiros cruzaron los cuerpos de varios guerrilleros, al parecer más de los que quedaron tendidos en el atrio de la iglesia. Los campesinos dijeron que los hombres de las Farc se llevaron varios muertos monte adentro.
A él fue al primero que saludó el comandante de la policía que llegó a Campamento una hora más tarde en un helicóptero artillado de la Fuerza Aérea. El oficial, después de recibir el parte de lo ocurrido, estuvo a punto de elogiar su valor, decisión y estupenda puntería ante los medios de comunicación que lo acompañaban, pero uno de los periodistas le recordó en voz baja que subirse al campanario de una iglesia a disparar, aun en una toma subversiva, era una falta grave al derecho internacional humanitario.
Antes de regresarnos, me acerqué a Héider y le estreché la mano. No recuerdo exactamente qué le dije, creo que le pregunté por su mamá y su hermano. La respuesta, sin rodeo alguno, derribó de un tajo la torpe evasiva con la que quise comenzar la conversación. No me sorprendió que con esa puntería hubiera salido ileso.
“De panadero a periodista”, me dijo, señalando con la trompetilla de su fusil el aviso de prensa en mi chaleco. “¿Y vos de dónde sacaste tantos huevos, Josepán?”. Me dio risa.
En mi casa, de niño, teníamos un pequeño taller de panadería y yo salía a vender el pan por el barrio. Los vecinos me llamaban así, Josepán. Lo irónico, se lo dije a Héider, era que su trabajo también me sorprendía. La muerte de su papá, un policía asesinado cuando intentaba impedir un atraco, pareció ensimismarlo de por vida. De todos los muchachos de la cuadra, él era el más callado y tímido. Las mamás solían ponerlo como ejemplo porque no decía groserías, ni aun cuando estaba molesto. En cambio su hermano Hánderson, dos años mayor, era el bravo de la calle 100D, el hombre rudo al que todos temíamos molestar y de quien los adultos decían que seguro se haría militar para perseguir ladrones y matar guerrilleros. A Héider, por su diplomacia y buenas maneras, todos lo veían terminando una carrera universitaria, quizás como profesor de idiomas o bibliotecólogo. Nadie, ni siquiera cuando creció y superó a su hermano en estatura, lo imaginó disparando un arma. “Ustedes los periodistas son muy atrevidos porque quieren. Nosotros los policías muy valientes porque nos toca”, sentenció cuando nos despedimos. Antes de marcharme del pueblo repasé la escena del combate y los cuerpos del policía y los guerrilleros muertos alrededor de la estatua del hombre que, dicen los textos escolares, luchó por la independencia de todos e imaginó una nación en paz, destinada a la grandeza, la convivencia y el progreso.
“Habéis presenciado mis esfuerzos para plantar la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí de que desconfiábais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono.
”Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la Unión: los pueblos obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales. ¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.
El busto del Simón Bolívar de Campamento tenía, los conté uno por uno, quince disparos, trece en su base de hormigón, y solo dos en el rostro. El lugar de los balazos era éste: uno en cada oreja. Aquél, después del combate, era un Libertador sordo. ¿Qué ha pasado once años después?
Hace unos días volví al pueblo. No hay mucho que contar. La carretera sigue siendo la misma trocha de piedras y de lodo y la estatua sigue ahí, sin orejas. A pesar de las promesas hechas por unos y por otros en época electoral, nadie ha levantado una nueva alcaldía y los funcionarios del municipio tienen sus oficinas en el segundo y tercer piso de la plaza de mercado, arriba de las tiendas de víveres y las carnicerías. A Miguel Ángel no le extraña.
El escultor conoce historias como ésa porque a veces también lo contratan como reparador de bustos y lo llaman de pueblos para que reviva a sus héroes. Ahora, por ejemplo, trabaja en el torso de otro prócer de la Independencia, Atanasio Girardot, a quien los paramilitares usaron como diana de entrenamiento para afinar la puntería de sus hombres en Puerto Valdivia, en la carretera que conduce de Medellín a la costa Caribe. Ése tal vez sea uno de nuestros récords patrios más desconocidos: decenas de pueblos en Colombia tienen plazas con estatuas de próceres amputados por esquirlas de granada, balazos de fusil, impactos de cilindros de gas y todo el arsenal no convencional que la guerrilla supo inventar en los últimos quince años: burros-bomba, bicicletas-bomba, cartas-bomba, niños-bomba.
“Un busto se repara con imaginación”, dice el maestro de pie en su taller, frente a una escultura que aún no termina. A veces, admite, mientras modela una pieza, corta la nariz de un prócer y la pone en otro. ¿Y ha usado el mentón, digamos de un Santander, a quien culpan de haber conspirado contra Bolívar, para completar un busto del Padre de la Patria? Miguel Ángel se ríe. Si aún no se ha fundido, responde él, una pieza siempre puede modificarse, después todo es historia.
Un comentario sobre “José Alejandro Castaño:»Bolívar soy yo» IV”
Los comentarios están cerrados.