
Bolívar soy yo Fantasmas de la independencia
La cama del Libertador aún se destiende por las noches, su cuerpo todavía recibe heridas en combate, sus palabras siguen resonando en los televisores. El fantasma de Bolívar y sus múltiples reencarnaciones continúan rondando la América que el autor comienza a recorrer en esta crónica, la primera de una serie de seis dedicada a las sombras contemporáneas del caudillo.

En el aeropuerto las personas lo reconocían y algunas, que no recordaban su nombre, le decían Bolívar. Él se detuvo a firmar un par de autógrafos e hizo bromas con los agentes antinarcóticos, entrenados para advertir mulas con solo detallar sus zapatos, la forma como hablan, sus signos de temor en los ojos, en las puntas de los dedos. Un policía recuerda que Luis Fernando Montoya se detuvo a acariciar el hocico de un perro olfateador de droga. Todo parecía tan fácil. Y superó los controles y subió al avión rumbo al cielo. “Por aquí pasó y le deseamos buen viaje. Un compañero le preguntó cuándo volvía a la televisión y él se rió”, recuerda el mismo policía.
Durante el vuelo, Montoya bebió y comió, habló, bromeó. Él sabía, eso había escuchado, que los pasajeros que no reciben nada, que solo duermen, despiertan siempre las sospechas de las azafatas y terminan reportados a las autoridades aduaneras. “Fui al baño tres veces. Me miraba en el espejo con cierta extrañeza. Me veía un poco pálido. Me echaba agua”. Tres horas después, el llamado para ajustar el cinturón de seguridad, luego el ruido del tren de aterrizaje listo para tocar pista, el frenazo de las llantas, las luces parpadeando afuera, las risas de los que sí estaban felices de haber llegado, al final la voz fatigada de una azafata deseando que la estadía en la ciudad del sol fuera feliz, todo eso, aceleró el pulso del actor. Él era consciente de que la presentación más importante de su papel aún estaba por ocurrir y que su público no serían más que dos o tres agentes antinarcóticos.
“Lo peor cuando uno va cargado son las manos. Uno puede ordenarles a los pies que no tiemblen, a los ojos que no rehúyan la mirada de los otros, incluso a la voz que no vacile, pero es imposible evitar que los dedos te suden”. Montoya le sonrió al oficial de inmigración que le pidió el pasaporte. Era cuestión de un minuto, quizás menos. Ellos confirman el visado, comprueban que no haya adulteraciones, miran las fotos allí y corroboran el rostro del viajero. A veces ni siquiera hacen todo eso y pasan a sellar el documento de una vez.
“¿Usted es Luis Fernando Montoya?”, preguntó el oficial. Uno se imagina de inmediato una respuesta irrebatible, cortísima, pero es seguro que el sujeto atrás de la ventanilla no habría entendido su poder evocador: “Montoya soy yo”.
Por alguna razón, quizás por algo en su rostro, en la manera como saludó, tal vez su excesiva confianza, o solo porque ya estaba previsto que el pasajero número tal fuera revisado, el actor fue conducido a un cuarto donde le pidieron someterse a la prueba de rayos equis. Él se negó. Dijo que aquello era una arbitrariedad, un abuso que no iba a permitir. Había estado en Nueva York protagonizando un par de obras de teatro, era conocido en Colombia, galán de muchas telenovelas, el Simón Bolívar que la gente reconocía en las calles, ¿qué tenían en su contra? Pidió a un abogado. Eran las nueve de la mañana. Su suerte ya estaba jugada.
Aunque el examen al que querían someterlo es del todo voluntario, los agentes antinarcóticos usan el tiempo como recurso para doblegar a los pasajeros que se niegan a hacérselo. Seis horas después, Luis Fernando Montoya seguía en ese mismo cuarto, insistiendo en su papel, que ya no era creíble. Su auditorio había decidido que mentía, y cada vez estaba más pálido, más sudoroso. Los agentes saben jugar sus cartas: quitan el aire acondicionado, ponen música, hacen ruido, o mucho silencio, entran, salen, comen delante del sospechoso, ponen a prueba sus instintos, fuman, van debilitando al animal que es cada mula. “Amigo: usted puede aceptar hacerse el examen e ir a la cárcel, o seguir negándolo todo y morir. Es cuestión de tiempo. Mañana estará muerto si no recibe atención de inmediato porque las cápsulas en su estómago se van a reventar. ¿Qué decide?”. Nueve horas después, agotado, rabioso, también con miedo, impotente, sin fuerzas para insistir en lo que ya nadie iba a creerle, Montoya aceptó que estaba cargado con heroína. El procedimiento fue el acostumbrado. Humillante.
Las mulas reciben un laxante y son sentadas en inodoros transparentes, altos como tronos, rodeados de oficiales antinarcóticos que llevan tapabocas y no dejan de mirar. Después las mismas mulas deben recuperar las cápsulas de entre sus propios excrementos. “Allí van a parar las ilusiones de chicanos, jamaiquinos, ecuatorianos, peruanos, colombianos, de todos los que se tragan el cuento de que pueden torcerle el cuello a la miseria”, diría Montoya años después. Esa vez estuvo sentado en el inodoro desde las nueve de la noche hasta las seis de la mañana. Al final fue puesto frente a las cámaras y reseñado por porte de narcóticos con intención de distribución. Ese mismo día, esposado de pies y manos, lo presentaron ante un juez y los noticieros de televisión de Colombia vendieron su tragedia con música de fondo.
En el aeropuerto las personas lo reconocían y algunas, que no recordaban su nombre, le decían Bolívar. Él se detuvo a firmar un par de autógrafos e hizo bromas con los agentes antinarcóticos, entrenados para advertir mulas con solo detallar sus zapatos, la forma como hablan, sus signos de temor en los ojos, en las puntas de los dedos. Un policía recuerda que Luis Fernando Montoya se detuvo a acariciar el hocico de un perro olfateador de droga. Todo parecía tan fácil. Y superó los controles y subió al avión rumbo al cielo. “Por aquí pasó y le deseamos buen viaje. Un compañero le preguntó cuándo volvía a la televisión y él se rió”, recuerda el mismo policía.
Durante el vuelo, Montoya bebió y comió, habló, bromeó. Él sabía, eso había escuchado, que los pasajeros que no reciben nada, que solo duermen, despiertan siempre las sospechas de las azafatas y terminan reportados a las autoridades aduaneras. “Fui al baño tres veces. Me miraba en el espejo con cierta extrañeza. Me veía un poco pálido. Me echaba agua”. Tres horas después, el llamado para ajustar el cinturón de seguridad, luego el ruido del tren de aterrizaje listo para tocar pista, el frenazo de las llantas, las luces parpadeando afuera, las risas de los que sí estaban felices de haber llegado, al final la voz fatigada de una azafata deseando que la estadía en la ciudad del sol fuera feliz, todo eso, aceleró el pulso del actor. Él era consciente de que la presentación más importante de su papel aún estaba por ocurrir y que su público no serían más que dos o tres agentes antinarcóticos.
“Lo peor cuando uno va cargado son las manos. Uno puede ordenarles a los pies que no tiemblen, a los ojos que no rehúyan la mirada de los otros, incluso a la voz que no vacile, pero es imposible evitar que los dedos te suden”. Montoya le sonrió al oficial de inmigración que le pidió el pasaporte. Era cuestión de un minuto, quizás menos. Ellos confirman el visado, comprueban que no haya adulteraciones, miran las fotos allí y corroboran el rostro del viajero. A veces ni siquiera hacen todo eso y pasan a sellar el documento de una vez.
“¿Usted es Luis Fernando Montoya?”, preguntó el oficial. Uno se imagina de inmediato una respuesta irrebatible, cortísima, pero es seguro que el sujeto atrás de la ventanilla no habría entendido su poder evocador: “Montoya soy yo”.
Por alguna razón, quizás por algo en su rostro, en la manera como saludó, tal vez su excesiva confianza, o solo porque ya estaba previsto que el pasajero número tal fuera revisado, el actor fue conducido a un cuarto donde le pidieron someterse a la prueba de rayos equis. Él se negó. Dijo que aquello era una arbitrariedad, un abuso que no iba a permitir. Había estado en Nueva York protagonizando un par de obras de teatro, era conocido en Colombia, galán de muchas telenovelas, el Simón Bolívar que la gente reconocía en las calles, ¿qué tenían en su contra? Pidió a un abogado. Eran las nueve de la mañana. Su suerte ya estaba jugada.
Aunque el examen al que querían someterlo es del todo voluntario, los agentes antinarcóticos usan el tiempo como recurso para doblegar a los pasajeros que se niegan a hacérselo. Seis horas después, Luis Fernando Montoya seguía en ese mismo cuarto, insistiendo en su papel, que ya no era creíble. Su auditorio había decidido que mentía, y cada vez estaba más pálido, más sudoroso. Los agentes saben jugar sus cartas: quitan el aire acondicionado, ponen música, hacen ruido, o mucho silencio, entran, salen, comen delante del sospechoso, ponen a prueba sus instintos, fuman, van debilitando al animal que es cada mula. “Amigo: usted puede aceptar hacerse el examen e ir a la cárcel, o seguir negándolo todo y morir. Es cuestión de tiempo. Mañana estará muerto si no recibe atención de inmediato porque las cápsulas en su estómago se van a reventar. ¿Qué decide?”. Nueve horas después, agotado, rabioso, también con miedo, impotente, sin fuerzas para insistir en lo que ya nadie iba a creerle, Montoya aceptó que estaba cargado con heroína. El procedimiento fue el acostumbrado. Humillante.
Las mulas reciben un laxante y son sentadas en inodoros transparentes, altos como tronos, rodeados de oficiales antinarcóticos que llevan tapabocas y no dejan de mirar. Después las mismas mulas deben recuperar las cápsulas de entre sus propios excrementos. “Allí van a parar las ilusiones de chicanos, jamaiquinos, ecuatorianos, peruanos, colombianos, de todos los que se tragan el cuento de que pueden torcerle el cuello a la miseria”, diría Montoya años después. Esa vez estuvo sentado en el inodoro desde las nueve de la noche hasta las seis de la mañana. Al final fue puesto frente a las cámaras y reseñado por porte de narcóticos con intención de distribución. Ese mismo día, esposado de pies y manos, lo presentaron ante un juez y los noticieros de televisión de Colombia vendieron su tragedia con música de fondo.