Un celta en el Putumayo

Dossier: Roger Casement y el Putumayo

Séamas Ó Síocháin

La reciente publicación de El sueño del celta y el premio Nobel otorgado a su autor han despertado un merecido interés por el protagonista de la novela: sir Roger Casement, una de las figuras capitales del siglo XX. Con esta conferencia que resume el itinerario de Casement por el Putumayo y el Congo, abrió el seminario internacional «El paraíso del diablo», consagrado al diplomático irlandés.

El 26 de septiembre de 1910, hace poco más de cien años, Roger Casement entrevistó a seis empleados barbadenses de la Peruvian Amazon Company que trabajaban en la sede de La Chorrera, ubicada en el Putumayo. El tema de las entrevistas era la violación de los derechos humanos que supuestamente ocurría en las sedes de la compañía cauchera. Casement llegó a La Chorrera el 22 de septiembre en representación del gobierno británico y en compañía de una comisión investigadora que había sido enviada por la propia empresa desde Londres. Al término de las entrevistas, presentó los resultados y éstos fueron aceptados tanto por el representante local de la compañía, Juan Tizón, como por los dos miembros de la comisión. Con la sensación de que su labor había concluido, escribió: “Tras el terrible día de trabajo de ayer, me siento cansado, pero seguro de haber hecho todo lo que estaba a mi alcance”.

Una semana más tarde volvió sobre dichas entrevistas con el siguiente comentario: “Dentro de poco me marcho; es una decisión tomada desde mi primer día de trabajo en La Chorrera”.

Aunque se quedó hasta el 16 de noviembre, fecha en la que partió para Iquitos, y siguió entrevistando barbadenses, Casement ya había aprendido en esencia lo que tenía que saber acerca de la participación inglesa en el Putumayo y sobre el sistema de explotación cauchera.

Un año y medio más tarde, Randall Davidson, el arzobispo anglicano de Canterbury le escribió a Casement: “Me regocijo al pensar en el efecto que han tenido tus competentes y esmerados estudios sobre el tema. Imagino que es correcto afirmar que nadie más en el mundo ha podido hacer lo que tú has hecho”.

El mismo Casement recibió la publicación de su Libro Azul del Putumayo con un lenguaje exultante: “¡Ha explotado el paraíso del diablo en Perú…! El Putumayo será saneado; claro está que absolutamente nada traerá de regreso a los indígenas asesinados. Pobres almas”.

El gobierno británico premió su contribución concediéndole el título de caballero. Pero los asuntos del Putumayo fueron pronto relegados a un segundo plano, pues Casement se vio envuelto en el alboroto de la crisis de petición de autogobierno por parte de Irlanda, que desembocó en el Alzamiento de Semana Santa de 1916. Entre un suceso y otro, y en medio de la Primera Guerra Mundial, residió en Alemania. Posteriormente fue capturado, juzgado y ahorcado en agosto de 1916.

Putumayo y el Congo, vidas paralelas

¿Quién era ese hombre y qué le permitió alcanzar los logros que obtuvo en el Putumayo? Cuando pienso en la vida de Roger Casement recuerdo un proverbio irlandés: “Veinte años creciendo, veinte años floreciendo, veinte años decayendo”. Casement nació en 1864. Los primeros veinte años de su vida, su infancia y juventud, transcurrieron entre el colegio, su primer trabajo y su primer viaje a África como empleado de la naviera Elder Dempster. Entre 1884 y 1903, pasó casi toda la segunda veintena de su vida en África. Y no tuvo oportunidad de completar los veinte años finales: antes de cumplir los 53 fue ahorcado en Londres. Su recorrido por América Latina y los eventos que narré al comienzo sucedieron en los trece años que conforman la fase final de su vida.

Casement saltó a la fama cuando publicó, en 1904, su reporte sobre las atrocidades del Congo. El informe, cuyo contenido se nutría de su larga experiencia en el continente, no solo entregaba la evidencia necesaria para corroborar los desmanes del gobierno y del régimen de Lepoldo ii de Bélgica, sino que delineaba la naturaleza de lo que más tarde llamaría “el sistema”. (En una carta que escribió al gobernador del Estado Libre del Congo hace la siguiente afirmación: “No culpo a un individuo; culpo al sistema”.)

Al leer el reporte podemos ver, con patente nitidez, el impacto que una maquinaria de opresión implacable tenía sobre la población: la agobiante estructura de “impuestos” a los nativos incluía suministro de alimentos (casabe, plátano, pescado, carne), producción de bienes comerciales como el caucho, trabajos forzados (construcción de casas, muelles, canoas, cortar la madera, etc.) y servicio militar obligatorio en el ejército local, la Force Publique.

El informe también dejaba en claro el papel crucial de la fuerza para hacer funcionar este sistema: se organizaban expediciones armadas para castigar a los contraventores, “guardias forestales” para vigilar las aldeas nativas; mujeres y niños servían como rehenes para asegurarse de que los esposos no se negaran a trabajar. Confiscaban canoas y otros objetos de valor, imponían multas a las aldeas, azotaban y encarcelaban a los ciudadanos; organizaban fusilamientos, golpizas y a muchos les cortaban las manos. Todo esto permitió a Casement darse cuenta de que la población humana y la animal estaban decreciendo, igual que el comercio autóctono.

La experiencia de lo que él denominó la “nefasta tragedia” del Putumayo, “arraigada en esa mísera e insaciable sed de oro negro” que era el caucho, resultó “un crimen de mayor envergadura que el del Congo, aunque este último afectara a millones, mientras el primero involucraba solo a unos cuantos miles”.

A pesar de reconocer las diferencias existentes entre ambos casos, no es motivo de sorpresa que también calificara las atrocidades ocurridas en el Putumayo como sistemáticas. “Este sistema es responsabilidad de la compañía; los crímenes individuales son el resultado de abusos llevados a cabo por hombres degenerados, a los que la empresa decidió contratar a conciencia”.

Para Casement, la explotación a que eran sometidos los indígenas en el Putumayo era prácticamente la misma que se había infligido a los nativos del Congo:

Construían casas gigantescas, hasta de 45 yardas, abrían amplias trochas en la selva, plantaban yuca, mandioca, caña de azúcar, etc., construían carreteras y puentes para facilitar la llegada de sus nuevos opresores, a quienes debían suministrar mujeres, comida y entretenimiento a su antojo. Y todo ello sin remuneración alguna, además de la producción de caucho, la más importante de la región.

En las pocas ocasiones que se les pagaba, los indígenas recibían objetos despreciables. A un joven le entregaron un tazón de estaño como pago por casi ochenta kilos de caucho. Tiró el recipiente al suelo y se marchó indignado.

Igual que en el Congo, el uso de la fuerza y la crueldad hacían parte fundamental del sistema. Los azotes eran rutinarios, así como los fusilamientos, los ahogamientos parciales, la depravación sexual –en palabras de nuestro autor, había “concubinas por doquier”– y la violación de mujeres en los almacenes. Casement señala que “todos los trabajadores de la compañía vigilaban, presionaban y maltrataban a los indígenas para obligarlos a trabajar y a producir caucho”. Para describir el ambiente que se respiraba en La Chorrera se limitó a decir que “el miedo está en todas partes”.

Tomado: elmalpensante.com

SC.