Las mentes pequeñas

Jaime Richart

Pues bien, para que se vea el bajísimo nivel intelectivo del perio­dismo y de los medios que manejan a este país, el 10 por ciento de las noticias sobre política se refieren a las ideas de los políticos, y el otro 90 por ciento a las cosas de los políticos y a los políticos en sí mismos como sujeto.

Naturalmente que hay una fácil inferencia, alegada siempre por los medios que sueltan basura a estopa, cual es que a los destinatarios de los medios, es decir, los ciudadanos, no les interesa propiamente las ideas de los políticos. Lo que les interesa es si se han ensañado o no los políticos con sus adversarios -en realidad sus enemigos, salvo en el asunto de la remuneración y la jubilación-, y lo que los atacados, y a menudo insultados, hayan respondido a los provoca­cadores. Es decir, lo mismo que interesó siempre a las comadres, a las anti­guas porteras y a las vecindonas de toda la vida…

Pero es que luciendo ideas, las ideas de los políticos a los ciuda­danos les interesan en realidad bien poco. Primero porque los ciu­dadanos ya no creen en absoluto en los políticos: lo «normal» es no volverles a oír hablar de la promesa más reseñable que movió al votante a votarle (por ejemplo ¿quién ha oído hablar de federalismo, que fue una de las ideas tractoras del pesoísmo de los años 80?; por ejemplo, ¿quién cree al líder de la oposición ahora fingiendo preocupación por la transparencia de los empleos y pro­piedades de los políticos?). Y luego, porque lo «normal» es que quien hace la ley hace la trampa, un dicho español que lo explica casi todo sobre polí­tica; por lo que al ciudadano común lo mismo le da en realidad lo que digan o planeen. ¿Quién supone verosímil, por ejemplo, que al­guien que, para su suerte, haya empezado a cotizar hoy mismo, co­brará una pen­sión dentro de 38 años, cuando todos sabemos que, si el mundo no ha saltado antes por los aires, no existirá para entonces en estas la­titudes ser humano que haya cotizado ni quince? El opti­mismo está muy bien, pero con optimismo sólo se han hecho verda­deros disparates y atrocidades en materia de política.

Así es que sigan los periodistas fijándose en los trajes, en los ademanes, en el peinado, en los privilegios, en los líos de pareja, en  las paridas y en el latrocinio de los políticos, pues eso es lo que realmente interesa y divierte a la ciudadanía.

En realidad, para eso, por encima de todo lo demás, para poner a parir a los que gobiernan y a los que quieren gobernar, en España, donde durante en 40 años nadie pudo darse el placer de la más mí­nima crítica al dictador, se inventó la democracia. Se ve palpa­ble­mente que esa represión del periodismo durante cuatro décadas han dejado muy tocados en las neuronas a los periodistas que hablan y escriben mucho de las personas y de los políticos, pero apenas hablan y escriben de sus ideas que por otra parte, como he dicho, en el fondo apenas interesan.

Pero es que lo que digo del periodismo y de los políticos puedo hacerlo extensivo a todos los ámbitos. En suma, si damos por cierto el pro­verbio, las mentes de este país, salvo las excepciones de siem­pre, aunque fueren bri­llantes son pequeñas. Y es que en Es­paña no las hay grandes. Las mentes grandes casi siempre se mar­chan de aquí… Kaosenlared

ml