Arde Egipto

Opinión – Público y El País, España

Un proceso imparable

Jesús Maraña – Opinión, Público de Madrid

Uno de los rasgos comunes a todo tipo de dictadores es la costumbre de amarrarse al cargo por muy inevitable y urgente que se perciba su caída. Hosni Mubarak intenta dilatar ese momento mientras centenares de miles de ciudadanos gritan en las calles que no les moverán hasta que se abra un proceso democrático y el presidente haga las maletas.

Probablemente no es simple ceguera política; llenar un par de aviones con familiares, billetes, joyas y oro lleva su tiempo, como demostró hace unos días su vecino Ben Alí. Antes de huir a Arabia Saudí, el sátrapa tunecino también cambió de Gobierno y prometió no presentarse a las elecciones. Mubarak viene siguiendo los mismos pasos y las dudas sobre su futuro se refieren sólo al lugar exacto donde buscará refugio.

La vergonzosa ambigüedad de Estados Unidos y Europa ante las revueltas en el mundo árabe parece ir dando paso (muy lentamente y pese a la presión israelí) a una actitud pragmática que por una vez coincide con lo que deberían ser principios insobornables en las alianzas internacionales.

Occidente reclama ahora procesos democráticos que desemboquen en elecciones libres. Embajadores y servicios de inteligencia (que a la vista de Wikileaks se enteran de todo menos de las revoluciones en marcha) parecen haber asumido la evidencia de que apoyar a dictaduras agonizantes sólo puede dar alas a los fanatismos que esos mismos regímenes simulaban contener.

Y el «contagio» continúa.

El anhelo se extiende

Editorial – El País

La mecha encendida en Túnez y prendida después en el decisivo polvorín egipcio amenaza con reducir a ceniza la foto fija de un mundo árabe sometido inmemorialmente al ilimitado capricho y la rapiña de los déspotas de turno, reyes o plebeyos. En ese vasto arco que une el Mediterráneo occidental y el golfo de Adén, por donde se extiende rápidamente el anhelo de la dignidad y las libertades, los vaivenes políticos, por radicales que fueran, han ocurrido siempre a espaldas de sus sometidos ciudadanos.

Hace unas semanas resultaba impensable el triunfo de un levantamiento popular en Túnez, y ni se consideraba que pudiera plantearse en el granítico Egipto, epicentro árabe. Pero ayer mismo, otro autócrata, Ali Abdalá Saleh, presidente de Yemen -un país tribal, misérrimo y escindido, en la crucial vecindad de los exportadores petrolíferos del Golfo-, aliado privilegiado de Washington contra Al Qaeda, anunciaba tras 30 años de dictadura estar dispuesto a encabezar un Gobierno de unidad nacional, democratizar la ley electoral y renunciar a una nueva reelección. Y el joven rey jordano Abdalá II, entre cuyas competencias figura designar Gobiernos, aprobar leyes y disolver el Parlamento, acaba de destituir a su primer ministro para nombrar a Maruf Bahkit, militar y ex jefe del espionaje, que controló las elecciones fraudulentas de 2007. Un volatín cosmético, en este caso, para intentar convencer a los jordanos, que comienzan a levantar la voz, de que algo va a cambiar en un reino absolutista donde más del 80% del presupuesto se destina a militares y funcionarios. Abdalá es un bastión regional de Estados Unidos, y la estabilidad de Jordania resulta vital para Israel, con quien mantiene, como Egipto, un tratado de paz.

Es mucho lo que separa a Jordania y Yemen. Pero a Saleh y a Abdalá II, tan diferentes personalmente, les une su querencia por el poder incontrolado, por primera vez desafiado desde la calle.

______________________________________

Este artículo y todos los otros envíos de «other news» están disponibles en http://www.other-news.info/noticias/