Clodovaldo Hernández
La palabra canalla siempre me ha parecido melodramática y cursi. Debe ser porque la primera vez que la oí fue en boca de Martín Valiente, «el Ahijado de la muerte», un engolado superhéroe de radionovela, por alláaaa -¡uff!- en los tempranos años 70. El flashback me ocurrió mientras reflexionaba acerca de lo contagioso y letal que es el virus de la canalla mediática.
Fue a propósito de la parrillada que unos jóvenes socialistas montaron al lado de la huelga de hambre que otros jóvenes, opositores, protagonizaron en la sede local de la Organización de Estados Americanos.
Analicemos primero la canallada de origen. La huelga -puedo decirlo ahora que, afortunadamente, ha terminado- fue una gran canallada, principalmente de parte de los adultos irresponsables y cobardes que estimularon a jóvenes a embarcarse en tan riesgosa protesta para armar uno de sus típicos globoespectáculos y procurar lo de siempre: la chispa que encienda los carbones de la calle.
Es también canallesco el motivo de semejante protesta: muchachos y muchachas, bajo la bandera de los derechos humanos, reclamando la libertad de perpetradores de delitos ruines, como el homicidio, la violación y la venta de decisiones judiciales. Puros canallas, pues.
Y aquí viene lo del contagio: unos imberbes militantes del PSUV deciden sabotear la huelga mediante una táctica canalla a más no poder: hacer parrilla al lado de los hambrientos. Sólo de una mente sádica, de las que inventan las torturas aplicadas en Abu Ghraib y Guantánamo, puede salir una idea de esa calaña. Y allí es cuando uno -más cursi que Martín Valiente- se pregunta cómo puede algo así ocurrírsele a un joven revolucionario.
«El mozo Héctor Rodríguez debería amarrar a sus loquitos -me dice la politóloga Prodigio Pérez, quien prefería oír al Gavilán Colorao y Los tres Villalobos-. Y el profe Navarro, podría darles un curso intensivo en su escuela de cuadros, hasta que entiendan que no es propio de socialistas ridiculizar formas de lucha tan serias como la huelga de hambre… no importa si los panitas escuálidos lo hacen».
Lo canallesco se pega y lo mediático también. Los chicos pesuvistas, además de carne, morcilla, chorizo y chinchurria, llegaron a la OEA con bastante vitualla comunicacional (hasta habían convocado una rueda de prensa). Querían su propio show alternativo e irreverente, pero lo que hicieron, durante un par de horas, fue echarles aire a unas brasas opositoras ya casi apagadas. Y, claro, los libretistas de la huelga estaban requetecontentos. Si siguen por ese rumbo, muchachos, será pertinente que cada uno se pregunte a sí mismo -en tono radionovelesco-: «¿Qué has hecho, joven imbécil, que la canalla te aplaude?». El Universal
CM