El condenado guarimbero

Clodovaldo Hernández

Ser condenado a la cárcel, incluso siendo culpable, es muy triste. Pero más triste aún debe ser que te condenen por un delito que otros muchos cometen impunemente. Así, una parte accesoria de la condena (diría un abogado) será ver -a través de las rejas- a esos otros disfrutando de su libertad y hasta convertidos en grandes prohombres.

La sensación de ser un chivo expiatorio, un cabeza de turco, un paga-lío, un chino de Recadi, ha de resultar peor que la condena. Me imagino que quien pasa por esto debe colocarle un letrerito a su espejo: «Aquí estoy yo, el más pendejo».

El caso que me ocupa es el de Rubén González, el único venezolano en tiempos de Revolución que ha sido condenado por guarimbero. Casualmente -¿o quizá no?- es un sindicalista.

Mucha gente ni siquiera se ha enterado de sus desventuras porque en estos tiempos de superautopistas ciberespaciales, redes sociales y televisiones por cable con 100 canales en el plan básico, la gente se sumerge en la información, pero no se moja.

González es líder sindical de la empresa estatal Ferrominera del Orinoco. En 2009 encabezó una huelga en la que, según los acusadores, instigó a delinquir, dañó el patrimonio público y afectó la paz ciudadana. O sea, dicho en lenguaje no jurídico, guarimbeó sabroso. Pues bien, Magda Hidalgo, jueza del Tribunal 6to. de Juicio de Puerto Ordaz le acaba de clavar por el pecho siete años y medio de prisión, demostrando que sí existe eso que el lugar común ha nombrado «todo el peso de la ley».

¿Es guarimbero González? No lo sé. Pero insisto: en estos años hemos tenido guarimberos-alcaldes, guarimberos-diputados, guarimberos-generales, guarimberos-gerentes, guarimberos-oligarcas, guarimberos de mano blanca, guarimberos con máscara antigás, en fin… y ninguno de esos ha sido procesado y, muchísimo menos, condenado. Algunos hasta dieron ruedas de prensa con las fogatas caucheras ardiendo en el encuadre de la globocámara. Y ni siquiera estuvieron retenidos media hora en una jaula policial. González, en tanto, va a pasar siete años y medio en chirona, mirándose en su espejo con cartelito incorporado.

El episodio tiene un flanco aún peor: acentúa el clima de impunidad que campea en el mundo sindical. Ya estamos cerca de competir con Colombia en el deplorable renglón de dirigentes obreros muertos por sicarios contratados por los patronos o por mafias sindicaleras. Hay una larga lista de trabajadores acribillados en los portones de las fábricas; de protestas atacadas por policías de gobiernos regionales «probadamente revolucionarios»; y de delgados amenazados de muerte. Y ahora -para añadir injuria al insulto- todo el peso de la ley sobre el más pendejo. Qué triste. El universal

clodoher@yahoo.com

CM