Saber, sabiduría y sensatez

Jaime Richart

Propongo que el saber es el conocimiento dinámico y exteriorizado de las cosas, mientras que la sabiduría es ese mismo conocimiento pero interiorizado y silenciado.

(Desde luego yo, que escribo todos los días -aunque no publique exactamente a diario-, está claro que, según mi teo­ría y pese a mi edad, no sería un sabio sino un sa­bihondo). En cuanto a la sensatez, se explica por sí sola.

  Esto viene a cuento de que más de una vez se me ha acusado de ser un atrevido o un pretencioso por meterme a discurrir sobre asuntos ordinariamente de la competencia de los especialistas y las especialidades. Quienes me lo reprochan -es evidente- comparti­mentan el saber, como hace la pedagogía en todas las sociedades. Y desde luego, para la pedagogía, no hay mejor cosa que hacerlo así. Se trazan unas líneas divisorias entre lo que a cada materia me­rece estudio y atención por separado, y así, científicamente, se ob­tienen los mejores resultados para la consecución del fin: que es sa­ber lo más posible de cada materia, para luego tratarlo, manejarlo y mejor enseñarlo.

  Así devienen el Trivium y el Quatrivium, y luego las discipli­nas in­imaginables sobre cada materia científica, técnica y humanís­tica.

  Pero empecemos por el principio: el pensamiento. El pensamiento crea el lenguaje. Y el lenguaje se va haciendo cada vez más sofisti­cado, más abstracto, hasta necesitar una modalidad de sí mismo que llamamos metalenguaje. De la física se pasa a la metafísica; de lo racional se pasa a lo irracional; de lo absoluto a lo relativo, de lo asertórico a lo apodíctico, del dogma al antidogma. El caso es que si echamos un vistazo general al panorama, el enciclopedismo no es más que un principio del «saber». El saber propiamente dicho está a buen recaudo. Lo guardan los expertos, los especialistas, los enten­didos. Ellos discuten entre ellos, pero los demás no podemos hacer la más mínima incursión en sus opiniones, en su doxa, en su cien­cia. Pero resulta que las cosas son mucho más sencillas si, en de­terminadas materias, les apartamos de nuestro leal saber y enten­der. Decía Churchill (o Clemenceau, no recuerdo bien), que la gue­rra es demasiado importante como para dejarla en manos de los mi­litares. Y lo mismo podríamos decir de tantas otras cosas. La política es demasiado importante (para quién lo sea, no para mí) como para dejarla en manos de los políticos, el derecho no debo dejarlo en ma­nos sólo de los juristas, ni mi salud en manos exclusivamente de los médicos, salvo que me lleven en ambulancia…

  Todo esto de la organización del saber en estadios está muy bien para organizar a la colectividad. Hacer un puente no está al alcance de cualquiera. ¿Quién mejor que un jurista para explicarnos lo que sus colegas hicieron un día al confeccionar el ordenamiento jurídico de su país? ¿Será un profano con expe­riencia mejor que un médico con ella o sin ella para curarnos un lumbago o una gastritis? ¿habrá alguien que entienda más de polí­tica que un político? No. Para eso está cada especialista. Nadie mejor que el militar para hacer la gue­rra, ni mejor que el policía para detener al delincuente….

  Pero todas estas disquisiciones y «verdades, mis verdades» o las de cada cual no resuelven nuestro problema personal, nuestra in­quietud existencial, nuestra comprensión del cosmos, del por qué de la maravilla de esa flor o el por qué de la grandiosidad de una cordi­llerra nevada o de la belleza del Estudio 7 de la opus 25 de Chopin.

  Es evidente que los creadores y los entendidos, que a su vez tie­nen competidores en la sombra cuya legitimidad y eficacia la mayo­ría pone en cuestión, tampoco son sabios por eso. Son técnicos, son hábiles que superan al chimpancé. Pero de eso a que sean sabios a los que haya que escuchar sin rechistar hay un abismo que muchos no tenemos más remedio que salvar para salvar al mundo de la es­tolidez que se esconde tras la especialidad fuera de su sitio.

  El proceso intelectivo, filológico y comprensivo se hace cada vez más «rico» en matices, más diversificado, más especializado… pero cada vez también un «saber» más embrollado que no puede evitar un tsunami, un terremoto, un Fukushima, el hundimiento del Titanic, el cambio climático o el aproximarnos al abismo apocalíptico universal o particular de cada uno.

  Y aquí es donde yo quería llegar. ¿Qué pintamos los que opina­mos de todo, los que lo observamos todo, los que nos dejamos guiar por encima de todo por el sentido común, el menos común, por lo que se dice, de los sentidos? Pues eso, servirnos exclusivamente de ese sentido y de la sensatez y, los que tenemos una formación honda grecolatina, tener siempre en cuenta lo conveniente que es para todo no apartarse mucho del término medio aristotélico que hemos de llevarlo todo lo lejos que podamos. Pero también ser ca­paces de adoptar una actitud radical ante quienes observamos que abusan de nosotros, que confunden nuestra prudencia con debili­dad, que nuestra bondad y credibilidad son para ellos las del tonto al que no tie­nen ningún escrúpulo en manipular.

  Y aquí estamos, aquí nos tenéis entonces despreciando a los ex­pertos, y a los entendidos cuya inteligencia está al servicio no sólo de su egocentrismo sino del interés grupusclar o el compromiso cor­porativo, que suelen ser los que hacen a menudo saltar a la socie­dad o al mundo por los aires… Porque el debilitamiento, o incluso la pér­dida del sentido común, es el precio que casi siempre han de pa­gar los expertos por tener un cerebro deformado por su especiali­dad. Y para suplir esa grave deficiencia estamos quienes nos esfor­zamos severamente en no desviarnos ni un sólo ápice de la sensa­tez; en dejarnos, si se quiere, «deformar» precisamente por la sen­satez, separando lo esencial de lo accidental, anulando en lo posible el ruido y el tronar de los medios, de nuestro entendimiento más elemental.

Kaosenlared

ML