A 50 años de un encuentro

Por Alfredo Boada Mola (Prensa Latina *)

La Habana, (PL) Hace medio siglo, el gran artista ecuatoriano Oswaldo Guayasamín (1919-1999) dejó plasmada por primera vez la imagen del líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, en uno de sus más antológicos cuadros.

Mucho tiempo antes del primero de los cuatro retratos que le haría durante su creativa vida artística al legendario Comandante en Jefe, ya el genio ecuatoriano era muy reconocido y famoso.

Este virtuoso de la plástica, conocido como el Pintor de Iberoamérica, obtuvo en su juventud todos los lauros nacionales de entonces.

En 1952, con 33 años, obtuvo el Gran Premio de la III Bienal Hispanoamericana de Arte, en Barcelona, España, y en 1957 fue considerado el Mejor Pintor de Suramérica en la Bienal de Sao Paulo, Brasil.

El más destacado alumno de la promoción de pintores y escultores de 1941 en Ecuador expuso, en el Museo de Arte Colonial de Quito en 1952, su gran serie Huacayñán («El camino del llanto»), con más de 100 lienzos sobre el indígena, el negro y el mestizo en América Latina.

Para entonces ya había culminado dos importantes murales: El descubrimiento del Río Amazonas, un mosaico veneciano que se encuentra en el Palacio de Gobierno de Quito, y el mural Historia del Hombre y la Cultura, para la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Central de Ecuador.

Un año antes de su primer encuentro con Fidel Castro, en 1960, Guayasamín conquistaba el Gran Premio del Salón de Honor de la II Bienal de Pintura, Escultura y Grabado en México.

Nacido en 1919 de padre indio y madre mestiza, Guayasamín, de ascendencia quechua, fue absorbido al igual que muchos de sus compatriotas por la ola de admiración que despertó la hazaña de los rebeldes revolucionarios de Cuba.

Así llegó el creador por primera vez a esta capital, en 1961, justo cuando el pueblo de la Isla celebraba su gran victoria contra la invasión mercenaria de Playa Girón (Bahía de Cochinos), frustrado intento de Estados Unidos para derrocar el nuevo proceso social cubano.

Para Guayasamín, venir en aquella época a la ya denominada Isla de la Libertad, constituía un gesto de amistad y solidaridad con la Revolución y también un reto al imperialismo.

En aquellos momentos miles de ecuatorianos -tras conocer las noticias del ataque mercenario- habían manifestado en diversas ciudades de su país su disposición a incorporarse a la defensa del proceso revolucionario gestado en la mayor de las Antillas.

En el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), centro promotor cubano de la solidaridad con todos los países del mundo, el sábado 6 de mayo de 1961, bien entrada la noche, ocurrió el histórico encuentro entre el líder cubano y el artista ecuatoriano.

Según narra en sus memorias Giraldo Mazola, presidente del ICAP en aquél entonces, después de los saludos entre ambos, Fidel Castro le hizo a Guayasamín, con curiosidad y respeto, un torrente de preguntas sobre la calidad del lienzo, los tipos de pinceles, las características de la pintura empleada, el tiempo requerido para acabar la obra, o si previamente hacía bocetos, cuestiones a las que Guayasamín respondía amablemente, así como a otras que formuló también en idéntico ritmo sobre Ecuador.

Guayasamín, emocionado, explicó su deseo de manifestar sus simpatías por Cuba con ese retrato.

Fidel indagó qué debía hacer, encendió un habano, y fue al sitio indicado por el pintor, quien empezó su trabajo mientras escuchaba a Fidel hablar sobre la lucha revolucionaria contra la tiranía de Fulgencio Batista. En ocasiones Guayasamín se concentraba en la conversación y bajaba el pincel, y Fidel le bromeaba que así no terminaría ni en varios días.

En otros momentos el artista le pedía que mantuviera la posición del rostro, e iba a su lado a precisar el ángulo que necesitaba.

Transcurrieron varias horas -continúa el relato de Mazola- que parecieron menos a nuestros dos protagonistas por su interesante diálogo, hasta concluir el retrato, pero al final el esfuerzo por pintar de prisa a una figura cuya vitalidad parecía imposible retener inmóvil tanto tiempo mereció los elogios del propio Fidel Castro y la admiración de los presentes.

Aquél dibujo de rasgos fuertes y precisos, hecho de noche bajo un torbellino de preguntas y explicaciones por ambas partes, contribuyó al mejor conocimiento de ambos pueblos e inició una amistad profunda y solidaria que puede erigirse como testimonio de los vínculos y sueños latinoamericanos, aseveró el embajador ecuatoriano en La Habana, Edgar Ponce Iturriaga, al inaugurar una exposición fotográfica por los 50 años de aquel extraordinario suceso.

Después de aquél primer retrato, apuntó Edgar Ponce en la Casa Museo Guayasamín de La Habana, mucho se han acercado e identificado Ecuador y Cuba.

«Guayasamín está en el corazón y la mente de los cubanos. Él vino a Cuba a pintar a Fidel en un momento de gloria del pueblo cubano tras la victoria de Playa Girón», remarcó el representante suramericano en entrevista para Prensa Latina.

La Casa de Guayasamín, aseveró el diplomático, es testimonio de la solidaridad activa y el nexo vivo entre los dos pueblos, iniciada el siglo antepasado con la amistad entre el prócer cubano José Martí y el patriota ecuatoriano Eloy Alfaro.

Pablo Guayasamín, presidente de la fundación que atesora la obra y herencia de su padre, en carta desde Quito para el líder cubano expresó: Gracias queridos amigos de Cuba por mantener siempre encendida la luz que pidió mi padre antes de morir el 10 de marzo de 1999.♦

(*) El autor es periodista de la Redacción Nacional de Prensa Latina.