ARTURO BRUZZONI *| ¿Cuál es la diferencia que emerge de entre las variables económicas, que luego son las progenitoras del estado de bienestar?
Al parecer, una pregunta tan amplia difícilmente pueda ser respondida con precisión y en un breve acto discursivo, sin embargo, el bienestar social no puede permitir filtraciones que deriven en la estructuración de una injusticia social.
¿Cómo se entiende esto? Veamos. El pleno empleo puede considerarse como elemento trascendental en las vísperas del desarrollo social, aunque permitir que una afirmación tal, resulte universal y el eslabón que complementa el verdadero desarrollo, quede lo suficientemente tácita y que el desarrollo se convierta en una utopía, al son que la tristeza del pueblo exclame su apatía con las medias económicas adoptadas.
Digamos, que si existe pleno empleo, con una remuneración y/o condiciones de trabajo que resulten enteramente insuficientes, devendrá inexorablemente contraproducente. Por otra parte, los procesos de cambios estructurales sólo pueden lograrse en un determinado transcurso necesario de tiempo. Los cambios que presumen ser ampliamente revolucionarios –el 82% móvil-, y que se desenvuelven como una salida rápida, se tornan coyunturales, y en un mediano y largo plazo, se tornan insostenibles –por no poder ser financiado-, por lo que el sistema de bienestar, se desploma sobre el abismo, para recaer en un nuevo estado de emergencia económica.
El sistema de autarquía, en el cual todas las variables macroeconómicas, que van desde el nivel de empleo, la liquidez monetaria, las cuentas nacionales y su respetiva salud, se complementan la una con la otra para conformar un sistema de progreso en el cual no se puede dejar ningún cabo por atar, ya que en el largo plazo, termine generando dificultades de solvencia que le signifiquen el atraso al conjunto de la sociedad.
En países donde se unifica una moneda criterial, y escritural como lo es la divisa norteamericana, se equilibran los efectos macroeconómicos en todos los países que participan de este comercio internacional, ya que el dinero sólo representa trabajo pasado, y potencial trabajo futuro, que es intercambiado implícitamente en dólares que luego son convertidos a través del tipo de cambio que determine cada economía, y que a su vez, se traduzca en una situación de coste real de vida.
La exportación de productos, a cambio de más y mejor, o menos y peores productos, se lo determina como un “término de intercambio”, lo cual implica que quien mejor resulte beneficiado, será quien importe más productos, a cambio de menos y que a su vez, el saldo comercial sea positivo. Si bien esta situación se entienda como un imposible, no lo es, y el factor que determina tal beneficio, es el valor agregado, y por tal, el salario, y a su vez, el grado de proteccionismo que ejecute la Nación.
El salario nominalmente expresado en dólares, y que no refleje una situación sostenible –la Argentina en los años 90- impulsara al ajuste de alguna otra variable económica. Hoy por hoy, en comienzos del primer decenio del segundo milenio, países europeos contienen un poder de compra por sobre países de la periferia, que resultan triplicar tal relación, en una presunta situación de “Estado de bienestar”.
Sin embargo, la variable que ha sostenido desde tiempos posteriores a la segunda guerra mundial, ha sido la “cuenta capital”, a través de ser acreedores de deudas contraídas por países periféricos, llegando a un punto en que tal variable de ajuste ha contagiado su enfermedad hacia la deuda propia expresada en dólares estadounidense.
Esto quiere decir, que el poseer una deuda con la reserva federal estadounidense, la misma entidad dispone a su voluntad, la carta del reclamo en el tiempo en que lo desee. El presunto “estado de bienestar” se vuelve incierto hasta que en una fenomenal corrida de eje político, es la propia reserva federal la que en sintonía con el Poder Ejecutivo norteamericano, deciden reclamar tal ajuste, y desplazar la corriente de progresismo, por un austero plan de ajuste social, en el cual los presidentes de sesgo liberal toman el mando, y deciden impulsar el desempleo y la inexorable baja de salarios para lograr tal ajuste.
Encontrándose con una restricción externa, donde pretender un superávit que logre contener los apuros por los vencimientos de deudas, se topan con la periferia que vuelca hacia el proteccionismo y la negociación feroz por el sostenimiento del empleo local.
Retomando la lógica del presente artículo, el descuidar una sola variable macroeconómica y dejar sin atar un cabo, en un mediano o largo plazo termina por enfermar al resto de las variables, como es el caso de hoy, donde países como España tocan fondo, o un techo de desempleo inédito desde la crisis de los años 30. Intentar provocar una suerte de reproche hacia una economía que ha resurgido de entre las cenizas de la vorágine neoliberal, como lo ha padecido la Argentina desde tiempos de gobiernos de facto, y civiles como coautores intelectuales y materiales, resulta hasta cómico, redundando una situación actual donde todas las variables macroeconómicas trabajan en sintonía, avanzando hacia un verdadero estado de bienestar, con un verdadero Estado que lo promulga día tras día con leyes revolucionarias, donde la justicia social tomada como bandera de liberación, acompaña a una juventud que adopta la política y las calles, como circuito cerrado de progreso.
¿Y por que llamo “circuito cerrado”? Pues, porque no se admite retroceder, ni un sólo paso atrás. Se hará justicia. Se ha hecho justicia social.
*Licenciado en Comercio Internacional.♦