Por Esteban Valenti (*)
La lucha no tiene porque ser tragedia
La política roza o choca con las principales cosas de la vida individual y colectiva, en forma evidente o subyacente. Pero está allí. Con nuestro consentimiento o no. Ella, está siempre allí, por acción o por omisión.
Hay momentos de la historia en que ocupa un espacio total en la vida de una sociedad o de toda una época. La vida en sociedad es imposible sin la política. Lo que no quiere decir que en determinados instantes la política sea apropiada por sectores antidemocráticos, encerrada, ocultada de los ojos y acallada a los oídos de las multitudes. En otras latitudes y épocas fue y es un ingrediente del palacio, de sus salones y recovecos, mientras los comunes mortales fueron o son víctimas de la política. Pero está, no tengan duda que está.
Hubo y hay políticas y políticos que despiertan pasiones arrolladoras, alcanzan niveles de ferocidad y de fuerza que pueden terminar en guerras fratricidas, civiles o hasta mundiales. El fanatismo puede expresarse en muchas cosas, pero la política es su presa predilecta. Su víctima más requerida, porque la política trata del poder.
El hombre se debate desde siempre entre dos extremos de su existencia, su ser animal y su racionalidad, pero estos extremos son incomprensibles sin considerar la pasión, las fuerzas profundas que se mueven dentro de ese espacio. Las ambiciones, el sentido altruista o de justicia, el interés más despiadado, el ansia de poder sobre las cosas y sobre otros seres humanos o la solidaridad y el servicio a los demás.
Las ideologías son una creación esencialmente racional, que en muchos casos tratan de encauzar no sólo ideas y visiones sobre el poder, sobre las relaciones sociales, sobre la economía o la cultura, sino también sobre los otros aspectos contenidos en la política. Incluyendo la moral y la ética y tratan de desatar pasión. Al menos algunas ideologías.
El análisis de las pasiones humanas ha sido un aspecto fundamental de la filosofía y forma parte del núcleo del pensamiento ilustrado. Si todo quedara librado a las pasiones es posible que la vida en sociedad sería imposible. Esa extrema tensión entre las pasiones y las formas que nos hemos dado los seres humanos para regular nuestras relaciones son el relato del avance de nuestra civilización.
Un avance que no ha sido lineal, constante, que ha tenido momentos de fractura y de retroceso aunque nuestro sentido de progreso haya cambiado a partir del iluminismo y se debata hoy en medio de mil tensiones y contradicciones.
La pasión tiene en su base la voluntad, el compromiso extremo y profundo. ¿Puede haber política, gestión, gobierno, administración de la cosa pública, construcción de causas colectivas sin pasión o con muy poca pasión? Puede. Es más, del equilibrio entre las diferentes partes de la política surge un impulso fundamental a la pasión y a los resultados, pero también nos debatimos ante el potente llamado de la burocracia, del flotar haciendo la menor cantidad de olas posibles.
La falta de pasión, la administración de la política desde el poder o afuera de él, como la gestión de un proyecto racional sin alma ni fuego, es un camino seguro a la burocratización de la política y de sus practicantes.
Frente a una decisión, a la cotidiana necesidad de opinar, escribir, hacer, convocar, discutir, planificar, imaginar, arriesgar y sobre todo relacionarse con hombres y mujeres la pasión es parte esencial de los resultados.
Sin pasión la política es el simple e importante ejercicio de la lucha por el poder o de su gestión. La pasión puede referir a muchas cosas, pero generalmente se asienta en las ideas, en las ideologías, en las tensiones entre los relatos históricos, los grandes objetivos, los viajes propuestos a lejanos puertos y la realidad cotidiana. Cuando esa tensión desaparece, nos invade el moho de un tipo de política.
La política puede relacionarse con el arte, con la cultura, con la creación intelectual más refinada y sutil y lo puede hacer de mil maneras diversas. En la izquierda conocemos muy bien ese proceso en su asenso y en su caída. ¿Son malas estas relaciones?
Creo que lo malo es cuando son a pedido, parte de un rito del poder que se ensalza y se arrulla, cuando surgen de la espontánea tensión entre las grandes causas de libertad, de igualdad y fraternidad entre los seres humanos, son parte de la vida y de la mejor política.
La violencia, el peligro, el caminar al borde del pretil de la historia genera esos climas de extrema tensión que impulsan a la pasión. Son causa y efecto. ¿Puede existir pasión sin esa épica, sin esa tensión entre enemigos irreconciliables?
A las armas ciudadanos de la Marsellesa, no es un grito retórico, es la convocatoria al supremo sacrificio, el de la vida para defender la revolución, para enfrentar la monarquía, el despotismo, el pasado.
Hoy aparentemente podríamos decir sin ruborizarnos que ya no es necesaria la convocatoria, al no existir la causa o al menos la épica. Es falso. El mundo está lleno de ejemplos de pueblos que se inmolan y se siguen luchando en las plazas y en las barricadas por sus ideales. Algunos confusos. Para nosotros, porque para ellos están tan claros que los impulsan al supremo sacrificio.
Incluso a nivel global ¿podemos sentirnos medianamente satisfechos con el funcionamiento del mundo? ¿ Si lo midiéramos por la distancia entre los más poderosos y la enorme masa de los que sufren, creo que la duda y la bronca sobre la marcha de nuestra civilización y el sistema dominante en el planeta, crecerían en forma constante. El colmo es que mientras se desata la peor tormenta económica en el planeta desde hace casi un siglo y para la mayoría es miseria, pobreza y desastre, el núcleo elegido de los más ricos y poderosos engorda y se aleja todavía más del resto. No es una casualidad, es un sistema.
¿No merece compromiso, pasión, esfuerzo, entusiasmo, cuestionar, discutir, confrontar y cambiar este mundo? Aunque hallamos fracasado en algunas experiencias, las tragedias que convocaron a nuestros abuelos, a nuestros padres y a nosotros mismos a construir ideas, proyectos, hazañas no valieron y no siguen valiendo la pena? Racionalmente y apasionadamente.
La resignación, el acostumbramiento, la perdida de impulsos, la mirada contemplativa y ajena sobre las humanas cuestiones que estén fuera de los muros de nuestras vidas personales y familiares, son una ideología de la decadencia.
La pasión no se fabrica, no se encarga en un laboratorio, no se planifica quinquenal o mensualmente, es un viento que nace en el alma individual y colectiva e impulsa nuestras velas. Para ello hay que saber a que puerto queremos llegar, pero ese destino depende también del viento que sople. No son divisibles, son un solo proceso.
Hay otro aspecto que conviene resaltar, la alegría. La lucha no tiene porque ser tragedia, dolor, sufrimiento, puede y debe ser alegría, un viento fresco y fuerte que se parece en un instante a la felicidad. No es cierto que la derecha se queda con el divertimento y la izquierda con los dolores. Es un invento ilustrado de la derecha.
La pasión y la alegría, el condimento para el largo camino son muy importantes, nadie torció apenas la historia sólo con su racionalidad, además tuvo que poner músculo, pasión y una pizca grande de alegría. Y es mucho más sabrosa que la fruta…
(*) Periodista, escritor, coordinador de Bitácora, director de http://www.uypress.net Uruguay
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