Jesús Santrich
Muchas veces, entonces, puso en peligro su suerte por su falta de juicio en ese campo, haciendo más difícil toda su lucha, y mayor hubiese sido la dificultad si no fuere porque efectivamente era por amor que se entregaba al deleite; y si no se hubiese presentado la circunstancia de que, durante cada noche, siempre hubo mamos haciendo culto y pagamento a Xate Duna para derrotar las fuerzas negativas más grandes de Ikanusi, el tenebroso, que precisamente había concentrado su mayor poder en el sitio primero por donde habían entrado los bonachi a las tierras Teyunna. Ahí, al pie de Guexá, entre ella y Nibuñi se había instalado desde los días en que por primera vez los bonachis barbados pisaron el suelo de Posiguexa, invadieron las tierras de Xaba Guatta, acabaron la estirpe de Xate Cheme y de Shimata y osaron hacer ascender su codicia hasta los confines de Nabulué, habiéndoselo impedido solamente la fuerza de los dioses cundo mucho había sido ya el avance y depredación de los hermanos menores.
Que poderosa fuerza negativa hubo, entonces, desde el exterminio de los Teyunna en tierras costeras, en esos sitios inmemoriales de pagamento: ya habiendo Matuna doblegado al bonachi por la mano de Xate Duna en muchas partes, supieron que los derrotados buscaron refugio en Santa Marta que era como le habían llamado a los antiguos dominios Teyunna. Pero con frecuencia bajaban los gunamu Kaggaba, Wiwa, Peibu y Kankwi, cada uno por su lado, secretamente, a hacer los pagamentos en las tierras invadidas, y por los ríos que nacen en Guexá circulando como sangre de la tierra a hacer su tributo sagrado a Nubuñi, habían bajado hasta el frente de Xaba Yantaná y Xate Cintaná, que habitaban por la gracia de Serankwa en forma de islotes de piedra frente a Santa Marta, para que allí anidaran los pájaros del mar.
Pero aún así, en el nombre de Mier persistía la mano de Ikanusi contra Xate Duna. Ahora era Joaquín de Mier, descendiente de Manuel Faustino, que al mismo tiempo era hijo de la hermana del terrible José Fernando de Mier y Guerra, asesino de los Teyunna, a quien confiaron la persecución de los amigos de Xate Duna.
El poder de los bonachi se había restaurado en cabeza de Francisco de Montalvo, quien puso en manos de Joaquín de Mier la persecución contra todo aquel que creían amigo de Xate Duna y especialmente a todo kágaba que vieran en la zona, porque creían que de ellos venían los maleficios que les impedía la tranquilidad en lo que él llamaba sus tierras, las cuales se extendían desde Santa Marta hasta los confines de Origüexa por el flanco donde se oculta Bunkwakukwi, y que no eran otra cosa que tierras circundadas por la Línea Negra..
Esa gente mantenía sometidos y esclavizados a los pueblos de la Costa, a los gunamu que aún quedaban en los territorios usurpados y a la gente extraña de color diferente que habían traído desde más allá del horizonte de Ñibuñi para que trabajaran bajo golpes y sin descanso con un trato tan maligno que producía dolor del alma el sólo verles en el padecimiento.
Pero poco duró el resguardo de los enemigos de Xate Duna en los territorios robados por Joaquín de Mier, porque finalmente y cuando los mamos mayores de los cuatro pueblos de la Sierra se juntaron a hacer la kamsamaría, el poder de Matuna fue tal que sin aún estar Xate Duna en presencia sino por sus gunamu, nuevamente fueron sometidos los enemigos; pero pudo el bonachi Joaquín, por su habilidad con la mentira y el fingimiento mantenerse, aún derrotado Montalvo, en posesión de lo que a los Teyunna pertenece y pertenecerá por siempre.
Aquel bonachi, Joaquín de Mier, vivió en apariencia para no motivar la ira de Xate Duna, de quien conocía suficientemente su rigor contra todo aquel que maltrataba a los negros, a los indígenas, y a los pobres; de tal manera que se mantuvo fingiéndole amistad, “ayudándole” con muchas de las cosas que sus gunamu necesitaban para mantener la guerra a los bonachi que persistían en sostener su poder infame, de servidumbre y esclavitud. Pero aún fingiendo amistad nunca dejó de conspirar contra el nuevo orden que pretendía establecer Xate Duna, y en secreto apoyaba a quienes en diversos lugares de la extenso territorio de su control se levantaron una y otra vez a favor del lejano rey de los bonachis, contando con el apoyo de sus extraños sacerdotes que alababan y hacían pagamento a un Dios al que parecían querer y complacer con el maltrato a los indígenas y a los negros.
Joaquin de Mier se las había arreglado para prosperar en sus negocios, y aunque Xate Duna conocía de sus inclinaciones mezquinas, había tenido que soportarle y admitirlo como el mal menos peor en el empeño que tenía por desenvolver el transporte fluvial prescindiendo de los alemanes Elbers, de quienes sabía que de tener el manejo de aquel asunto, lo más seguro es que rápido harían el traspaso inadmisible a otro enemigo peor que ya había hecho sentir su maldad como nuevo Ikanusi: Los Estados Unidos. RM