PEDRO SANTANDER MOLINA
PERIODISTA Y ACADÉMICO CHILENO

No es novedoso que los estudiantes se movilicen. En los últimos 20 años de democracia, uno de los pocos sectores que la Concertación de Partidos (coalición que gobernó con los presidentes Aylwin, Frei, Lagos y Bachellet) no logró desmovilizar fueron ellos. Lo que sí es nuevo es que sus demandas apuntan, esta vez, claramente al centro del sistema neoliberal, sistema que gracias a la Constitución de 1980 que nos rige, consagró al mercado como la única instancia intermediaria entre Estado y sociedad civil y como único ente que asigna realmente los recursos.
¿Qué piden? Fin al lucro en la educación. Éste es su demanda central y de ella nadie los ha movido. Pero para que se deje de lucrar con la educación hay que introducir cambios radicales al sistema chileno y tocar intereses de grandes grupos económicos y de grupos de interés, como la Iglesia, la Concertación y la derecha, dueños de múltiples universidades y colegios.
Chile tiene poco más de 60 universidades, ninguna de ellas –ni siquiera una– es gratis, ni aún las estatales. Chile tiene el sistema universitario más caro del mundo, en promedio, el 83% del costo por estudiar es asumido por las familias de los estudiantes, a través de aranceles mensuales, y sólo el 17% es aportado por el Estado.
ECONOMÍA PARA LOS RICOS
Si consideramos las características regresivas del esquema tributario chileno vemos una estructura que castiga permanentemente al ciudadano y beneficia al empresariado: tenemos un IVA de 19%, impuestos específicos a la gasolina (el litro de bencina 95 octanos cuesta un dólar y medio), también al licor, y, paralelamente, permanente y significativa evasión tributaria de los grandes grupos económicos, un ridículo impuesto a las grandes mineras de un 4% (junto con Perú es el de los más bajos del mundo), las que con el alto precio del cobre y del oro recuperan su inversión en pocos años, con un impuesto promedio al producto de 17% (en Alemania es de 35%). Es decir, finalmente, el ciudadano lo paga todo, el gran empresariado nada y el Estado mira para un lado.
Los gobiernos de la Concertación perfeccionaron un modelo económico heredado de la dictadura de Pinochet, que concibe el endeudamiento como la principal vía de acceso a la educación superior de los jóvenes chilenos. Mis alumnos de periodismo, por ejemplo, cuya carrera tiene un valor de 530 dólares mensuales, adquieren créditos para pagar eso (con tasas de intereses de 6% o 7%) y egresan de la universidad, en promedio, con una deuda de aproximadamente 40 mil dólares sobre sus hombros. Sí, querido lector venezolano, no me equivoqué, ésa es la cifra correcta, ésa es la deuda promedio con la que los jóvenes chilenos salen con un título, muchas veces de dudosa calidad, a enfrentar el incierto y precarizado mundo laboral chileno.
Pero tal vez no sea eso lo más indecente. Lo más escandaloso es que por ley constitucional las universidades chilenas son “entidades sin fines de lucro”, por lo tanto, no pagan impuestos, tienen una serie de beneficios de gestión, pueden recibir donaciones, etc. Y lo que los jóvenes hoy exigen es que la ley se cumpla, que las universidades dejen de lucrar con ellos, que, además, no sean ellos los únicos que paguen la educación.
REBELIÓN ESTUDIANTIL
Se les ha dicho a los estudiantes que no hay dinero, como lo acaba de hacer el presidente Piñera en una muestra más de su torpeza política: “la educación es un bien de consumo” y “nada en la vida es gratis y alguien tiene que pagar”. Entonces, los jóvenes nos recuerdan que vivimos en medio de otra gran mentira: la Constitución señala que la riqueza mineral (el cobre) es inalienablemente nuestra, pero el 72% de los grandes yacimientos están en manos extranjeras, PEDRO SANTANDER MOLINA
PERIODISTA Y ACADÉMICO CHILENO
FOTO AFPempresas que además pagan un impuesto a la utilidad (no a la venta) pequeñísimo y, a veces, ni siquiera pagan, gracias a acrobacias contables que les permiten mostrar pérdidas en circunstancias que tenemos el precio del cobre más alto de la historia (más de cuatro dólares la libra).
Estas demandas no las han transado y así, los estudiantes chilenos han recibido el apoyo (76% según las encuestas) masivo y prolongado de un pueblo cansado de abusos y de una clase política que no los representa (el Gobierno tiene un 26% de apoyo y la Concertación un 19%), de una transición política hecha por y para la élites, que hoy no saben cómo salir de este entuerto.
Todos protestan
En junio los estudiantes universitarios chilenos iniciaron un paro nacional que se prolongó hasta el día de hoy (con el riesgo cierto de pérdida del semestre académico).En julio se sumaron los estudiantes secundarios, y en agosto se sumó decididamente la ciudadanía chilena de manera mayoritaria, apoyando a los jóvenes con cacerolazos y manifestaciones diarias, muchas espontáneas, mostrando un cuerpo social sano y activo como no se veía desde 1988.
Asistimos a la fase final de un pacto social que, después de la dictadura de Pinochet, se urdió entre la derecha y la Concertación. Se agota un modelo bipartidista similar a la IV República de Venezuela. Si entonces fue el trágico Caracazo el que mostró que la rebelde realidad (como diría Gramsci) tarde o temprano se manifiesta a pesar de maniobras mediáticas, políticas o financieras de la elite. Los porfiados hechos pueden más que el dinero. Las grandes Alamedas, de las que Allende habló, las abre el pueblo más temprano que tarde./Ciudad Ccs
RM