CLODOVALDO HERNÁNDEZ

—Jamás milité en partidos, ni siquiera en LCR. Me acerqué porque no pedían carnet ni que hubieses sido secretario juvenil o infantil. Poca gente sabe que cuando entré a LCR ya era director de Fedecámaras. LCR se la jugó en tratar de cambiar el rostro de un partido de trabajadores, incorporando empresarios progresistas. Como diputado, cuando tuve que escoger entre mi hipotálamo empresarial y posiciones partidistas, salvé el voto. Y LCR me daba esa libertad de conciencia que otros partidos no hubiesen permitido. En tono de chiste, yo era el sifrino de LCR y el comunista infiltrado en Fedecámaras. Era una crisis de identidad, pero yo la resolví con ni lo uno ni lo otro: mientras fui político profesional no fui empresario, dejé mis negocios, y ahora soy sólo empresario, no soy político profesional. Hoy sigo estando donde siempre estuve: mi casa es ésta, acá siempre he estado, al sector empresarial pertenezco ideológicamente.
—Cualquier observador malicioso diría que LCR sí resolvió su crisis de identidad: se volvió neoliberal…
—No, a mi juicio, ese partido no ha traicionado nunca sus principios y está tratando de volver cada vez más a sus orígenes.
-—¿Hay en Venezuela una burguesía nacionalista, que tenga sentido de patria, de nación?
—Más de lo que hemos sido capaces de comunicar. El primer experimento socialista del país lo hizo Eugenio Mendoza con las empresas del Dividendo Voluntario para la Comunidad, a mediados de los 50 y 60. Claro, hubo una etapa, quizá entre los 70 y los 90, cuando abandonamos ese enfoque y nos dedicamos a obtener beneficios. Es un mea culpa que tenemos que hacernos. Fedecámaras se empeñó en entrar a la política y se distorsionaron principios básicos. Hoy en día, los dirigentes estamos conscientes de que no somos un organismo para luchar por el poder, sino para influir en él. Y el empresario ya no piensa sólo en ganancias. Aunque hayamos aprendido por trauma y no por satisfacción personal, entendimos que una empresa con responsabilidad social es mucho más exitosa. Un altísimo porcentaje de las empresas afiliadas a Fedecámaras son nacionalistas y progresistas.
—¿El golpismo ha cesado por completo dentro del movimiento empresarial venezolano?
—Por el movimiento empresarial en general no puedo hablar porque es muy amplio y complejo. En este cuarto nivel de representación que es Fedecámaras estoy persuadido de que cesó todo afán de tomar el poder. Habrá empresarios que creen en atajos, pero Fedecámaras como institución pasó la página y desea hacerle ver al país que la pasamos: no aspiramos al poder político y reconocemos, sin complejos, que cometimos errores.
—¿Cómo fue esa reflexión interna después del golpe de Pedro Carmona y del paro de Carlos Fernández? Debe haber sido muy intramuros porque nadie se enteró.
—Como proceso de reflexión corporativo no ha existido. Ha sido más bien la migración de los nuevos liderazgos. No ha habido un reconocimiento público para lavarnos el rostro. Todavía puede haber gente que crea que aquéllas fueron decisiones acertadas. En las instituciones siempre hay generaciones con las que es complicado gastar tiempo discutiendo. Mejor es trabajar con las nuevas.
—Un común denominador de los líderes empresariales, viejos y nuevos, es negarse a dar aportes. Usted mismo acaba de decir que rechazan pagar 0,5% de sus ganancias que contempla la Ley del Deporte. ¿Hay alguna contribución que los empresarios hagan de buena gana?
—Ja,ja… Aprovecho para decir que me sentí mal interpretado. Yo tendría que tenerle miedo a un diario oficialista como éste, pero a veces hay que temerle más a los medios que supuestamente te acompañan. Parece que alguien está empeñado en que todo concluya en una pelea. Si se escucha mi declaración completa se verá que defendí esa ley. Lo que dije es que los impuestos no susceptibles de incentivo son perjudiciales. Es mejor que la ley autorice a deducir del Impuesto Sobre la Renta todo lo que la empresa invierta en deporte y no dar 0,5% a un fondo que no se sabe cómo será utilizado.
—Usted declaró: “La inflación sólo se combate con mayor oferta”. ¿Es eso verdad en un mercado oligopólico y cartelizado como el nuestro?
—Es una receta de librito: es mejor que tres personas quieran comprar cinco huevos y no que cinco personas quieran comprar tres huevos. La complicación es cuando hay un solo vendedor. Eso es verdad, pero también lo es que el mayor oligopolio del país es el Estado. El Gobierno quiere corregir las distorsiones de los oligopolios privados, creando oligopolios públicos. Decir cuál es peor es bien difícil. Creo en un Estado fuerte, que vigile y tenga la sabiduría de meterse sólo en áreas donde sea necesario.
—Augusto Montiel, presidente del Indepabis, dice que la competencia funcionaría si tuviésemos empresarios honestos y eficientes. ¿Pura satanización?
—El país no piensa, como Montiel, que toda empresa privada es mala. Los puestos se tragan a los funcionarios. Parece que la principal virtud de un presidente del Indepabis es odiar a los empresarios. Augusto Montiel, a quien conozco hace años, sabe que no todos los empresarios son deshonestos. Claro que los hay, seguro que en el caso de las constructoras hubo marramucias, pero no somos un país de empresarios pillos, sino de gente honesta, de empresarios honestos, donde vale la pena vivir.
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Esquemas fundidos
Caraqueño (de Candelaria), 55 años de edad, ingeniero industrial egresado de la Universidad Católica Andrés Bello en 1978, Jorge Roig es empresario metalúrgico y presidente de la asociación que agrupa a las compañías de ese ramo.
Su análisis de la crisis económica mundial puede fundirle los esquemas a más de uno: los problemas del capitalismo son consecuencia de un arrebato de socialismo. “El principal error fue haberle prestado dinero a gente que no tenía activos ni trabajo ni dinero, o sea, que no podía pagar. ¿Eso es capitalismo o es socialismo? –pregunta desafiante-. Esa fue la causa de las grandes burbujas que hoy están haciendo pasar aceite al capitalismo”.
Como salida propone buscar aleaciones: “El hecho de que el capitalismo esté en crisis no significa que el socialismo esté en éxito. El socialismo, de hecho, fracasó mucho antes que el capitalismo. Entonces, cabe preguntarse: “¿qué nos queda?” y parece que no quedara nada. La verdad es que entre el socialismo-CLODOVALDO HERNÁNDEZ
ESPECIAL PARA CIUDAD CCS
FOTO FAUSTO TORREALBAcomunismo y el capitalismo exacerbado, hay una gama de grises importantísima”, explica.
Metalúrgico al fin, Roig sabe que todo proceso de fundición deja subproductos, escorias (en el sentido técnico de la palabra). Así lo deja entrever, al hablar de lo que los capitalistas y el Gobierno deberían desechar para seguir adelante: “Es difícil para los empresarios reconocer errores, tenemos fama de arrogantes. Como dice (el presidente de Fedecámaras, Jorge) Botti: ‘debemos desechar tanto la arrogancia de la derecha como el resentimiento de la izquierda’”./CiudadCCs
RM