Mauricio Pabón lozano
Cuando yo estaba aún viviendo con mi padre; y escuchaba muchas cosas que él hablaba con sus amigos, tal vez le escuché un día ese nombre: Gadafi. Ellos hablaban que este caballero, recibía sus visitantes en majestuosos palacios en el desierto; donde múltiples mujeres de todos los calibres y dimensiones, los atendían con el mejor caviar de este mundo. Luego; cuando se me vino la vida encima; cuando me di cuenta del país donde nací; cuando le había dado la vuelta al mundo dos veces, cuando había visto y vivido de todo: dormir en un aeropuerto sin un solo dólar, caminar una playa para creerme propietario del universo entero sin saber a ciencia cierta dónde desayunar mañana; y cuando me sentí solo teniendo compañía en la cama, volví a pensar en Gadafi.Libia, como la mayoría de los hombres sabe, es el país con el mejor nivel de vida de África. Además, este país goza de una formidable posición en el mapa; lo que llaman los expertos, una posición estratégica. La educación y la salud en este país son gratis. Bueno, debo hacer una confesión que todos conocen: Gadafi no es un santo. Tampoco él ha querido representar tal papel. Pero yo no soy abogado, y solo quiero colocar en este papel; mis modestas apreciaciones sobre lo que pasó, pasa y puede pasar en Libia.
Estados Unidos (y Gadafi lo sabe bien, como también lo sabe lo que llaman la “comunidad internacional”, y como también lo sabe los propios libios), están interesados en los recursos de hidrocarburos de Libia y el control de la nación toda, por su posición estratégica. No me engaño. Estados Unidos no es que le guste actuar como en el oeste, es decir; asumir la política de ser un bandido profesional, o que les guste salir a matar por el gusto puro de matar.
Quien no conoce el Derecho Internacional Público de 1945, no puede entender porqué Estados Unidos actúa como actúa. En ese año EE-UU, se reparte el mundo con cinco países más: y deciden fundar la ONU; para “preservar la paz internacional”.
Estaba claro que no había nada qué hacer, el mundo era de ellos.
Pretender conquistar un pedazo de tierra (toda frontera entre países, en la historia del mundo, ha sido decidida a bala) bajo términos diplomáticos, era masturbarse en las neuronas.
No obstante; surge un problema para lo que llamaron “los aliados” de entonces: China quiere un pedazo del pastel, Corea del Norte otro, Vietnam no acepta ese Derecho Internacional Público de 1945, y Cuba, una pequeña isla del caribe, estaba dispuesta ha hacerse matar por su dignidad.
El mundo observado así, era un hervidero de conspiraciones donde el país más pendejo de los que ganaron la guerra en 1945, arrojaba una piedra a un perro.
A todos nos tocó aceptar este estado de cosas.
América Latina caminaba en este periodo de la historia, como un huérfano de la mano de Estados Unidos. Cada país gozaba de un asesino por presidente, y asesinar estudiantes era un deporte. Ningún país del continente manejaba una política exterior autónoma.
En medio de este desorden generalizado surgieron casos como el de Chile y Cuba.
Asia se hundía en el opio; y Oceanía era una comarca dominada por Inglaterra. Los europeos trataban de reconstruir sus países, y Alemania era de nuevo el niño malo de la historia. El concierto de naciones solo trataba de recuperar la cordura, ya nadie quería pensar en otra guerra de corte mundial.
Pero los aliados como “dueños” del universo, regresaron a su viejo oficio de piratas con corbatas; y sabiendo que estaban viviendo por encima de sus posibilidades, deciden romper con sus propios protocolos de paz; y organizan un “trasparente” expediente de “ayuda humanitaria”, dejando caer muchos kilos de bombas “inteligentes” sobre suelo libio.
Los libios no estaban en condición de esperar otra cosa.
Un país como Libia, con menos de diez millones de habitantes; con doscientos mil millones de dólares pulpos en cuentas y depósitos en la banca internacional, con el subsuelo lleno de petróleo, con riquezas hídricas, con un presidente con el pantalón bien puesto; pero con el agravante problema de no agradar a la “comunidad internacional”; y con la actual crisis económica mundial, era una tentación que los aliados de ayer y hoy no pudieron resistir.
El resultado fue la decisión 1973 de la ONU; y el aniquilamiento de miles de niños y mujeres. Por ello digo, Gadafi no es un santo, pero lo que ocurría en Libia, como es natural, le compete a los libios.
Porque los libios quieren seguir siendo dueños de su destino, y no quieren que ningún país, le de instrucciones de cómo vivir. Y tampoco quieren orientaciones de cómo administrar sus recursos.
Los libios debieron armarse un poco más. Fue un error táctico estratégico de Gadafi negociar con occidente en el pasado, su programa atómico. Con tanto dinero en la mano y con tanto ladrón en el plano internacional, era un error no disponer de un material de defensa como el que tiene a disposición Corea del Norte o Pakistán. Por no tener ese material, ahora tienen que soportar que la “comunidad internacional” les falte el respeto, y ver como orinan su soberanía e independencia.
En política no tomar una decisión a tiempo, se paga caro, los “aliados” lo saben.