Diego Marín Contreras
A Catalina Sofía, mi hija
Sí, mucho ojo, porque los estudiantes en paro le están apostando, con su noble corazón, como ningún otro sector de la sociedad colombiana, en general cómoda, resignada y cobarde, pura moral del rebaño de Occidente, del rebaño arrabalero de Occidente, seamos justos, rebaño enfermito de cristianismo y culpa, de hipocresía y maquiavelismo, curiosa moral de ovejas malolientes, encarnada en muiscas y caribes avergonzados de sus sabios ancestros, qué vaina.
Una sociedad sumida por completo en las pendejaditas frívolas de los noticieros y las telenovelas nacionales, tan mendaces los unos como las otras, esclavos del gran capital que diseñan una programación para que los esclavos no piensen. Sí, una sociedad que no piensa, no porque carezca de seres inteligentes, sino porque carece del valor necesario para pensar. Una sociedad sin corazón.
Una sociedad que no lee sino Soho –oye, a mí nunca me ha parecido que esa sea una revista para leer–, que no piensa sino lo que le dicta Semana para tener de qué hablar en las reuniones, que le llama actualidad a lo que dice la chica plástica de turno en la pantalla chica, que le llama inteligencia a la capacidad para fregar a los demás, una sociedad hipócrita, farisea, máscara contra máscara en la mascarada: te conozco, mascarita. Una sociedad que permanece indiferente, apática, inhumana, frente a un proyecto tan peligroso para el futuro de la democracia como ese que cursa en el Congreso, y contra el cual los estudiantes se están manifestando, pues pretende que la universidad pública, convertida en mixta, se rija por el derecho privado.
Esa es una flagrante violación de los derechos humanos, pero si la TV te dice que el sector privado es más eficiente que el público –puro bluf, he trabajado en ambos: son igual de ineptos–, entonces, cual lorito mojado, tú repites la ilustre bobada, y condenas con tu actitud a miles de jóvenes que, de aprobarse el proyecto, perderán el libre acceso a la educación y la cultura, y eso, mi hermano, sí que es una mina quiebra patas para la democracia. Las Farc no le han hecho tanto daño a la sociedad colombiana como el que le puede hacer ese proyecto si es aprobado mientras coronan a la reina en Cartagena. Y los jóvenes así lo han sentido, con amor, con arte, con poesía. Bravo por ellos.
Sí, en medio de una sociedad sin la menor consciencia de la historia, sin la menor sensibilidad, o solidaridad, con el prójimo que sufre, como no sean esas eventuales manifestaciones de caridad mal entendida, que humillan al otro con el pretexto de ayudarlo, una sociedad que no piensa más allá del estómago, que es egocéntrico y tiránico.
Los estudiantes, como nadie más, reitero, le están apostando al futuro de la patria, están mirando más allá de sus narices, han salido a las calles pacíficamente, armados de arte y bellas banderas, como esa que promete un país con educación para todos, según reza nuestra Carta Magna, y así mismo las constituciones de todos los países demócratas del mundo.
Eso se llama civilización, no pendejadita ni cobardía, y son los jóvenes, valientes, románticos, idealistas, quienes trazan con su gesto el rumbo de la historia patria, no los insoportables tecnócratas del Icfes, que en su vida han sudado en un aula de clases, ni los castrados burócratas del Ministerio de Educación, que solo entienden de papeles y trámites.
Los jóvenes nos están dando el ejemplo; su paro tiene carácter histórico, su actitud es un paradigma, es una bella bandera que ondeará para siempre en el viento del tiempo. El cielo la verá, estoy seguro./El Heraldo.com
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