Carlos Lucero*
La conmoción fue universal. Nadie en este país, pudo quitarse el impacto de un viejo y fatigado ferrocarril repleto de gente, contra la rigidez de un paragolpes anclado al concreto, cuando se aproximaba el final. En un instante previsible, estallaron las contexturas y las existencias de más de cincuenta trabajadores que avanzaban a envolver un nuevo día de esperanzas, mediante empleos sub pagados, en una estación de trenes muy antigua, atravesada en el centro de la ciudad. Las escenas difundidas, no alcanzaron a describir tanto trastorno.Luego del estallido de hierros, un silencio de estupefacción que se interrumpió con lamentos, gemidos y pedidos de ayuda. Todos corrían entre el espanto de sentirse a salvo y ver a otros con su cuerpo destrozado, en esa estación de sus todos los días. Aparecieron, casi de inmediato, voluntarios cargados de valentía, dispuestos a dar lo mejor por el otro que sufre. Ambulancias y policías trataron de mitigar el dolor, junto a los bomberos. Los hospitales cercanos pronto se abarrotaron de heridos.
Más tarde llegó la vergüenza, encarnada en funcionarios que nos sabían qué decir ante el reclamo de los periodistas e improvisaron discursos absurdos. Por lo menos uno dio la cara. Los demás optaron por esconderse bajo sus escritorios. El secretario correspondiente, un individuo mano derecha de la derecha en el año 2009, culpó a los pasajeros por viajar en los primeros vagones, por tomar el tren justo en un día hábil y otras simplezas por el estilo. Con su acostumbrada arrogancia, los empresarios conminaron a la reanudación del servicio y señalaron al joven chofer motorman, como presunto culpable. Sorpresa, a pesar de sus heridas graves, se descubrió que el hombre tuvo la mala idea de no morir como otros. Ahora habría que buscar otros “cabezas de turco”.
Quizá la nota más funesta la haya puesto el gobierno, que se corrió a un costado y se auto proclamó como querellante. (¡) Fácil manera de sacudirse de cualquier posible incumplimiento de sus funciones. Cosas de abogados, argucias legales le dicen. (Yo no fui) Desde la presidencia partió un comunicado, escueto, insulso, de condolencias hacia las víctimas. Hasta hoy, solo prevalece la confusión, la especulación, más accidentes y muchas acusaciones y mutuas echadas de culpa entre empresarios y oficialidad.
Pero la esencia del episodio, pretendo destacarlo para mis panas bolivarianos, es la ausencia completa de consideración hacia el prójimo débil, hacia el pobre sometido a condiciones extremas. Hacia la mujer que quedó inesperadamente viuda, sin padre para el niño que abulta su vientre, para gente que no entiende por qué pasan estas cosas y se resignan a un supuesto destino mayor.
Porque hasta las organizaciones gremiales se conformaron con elevar un pedido de mayor inversión para el sector del transporte, para que los empresarios puedan mejorar el servicio.
Hoy 27 de febrero recuerdo a mis amigos que cayeron en Casalta y Gramoven, bajo el alud de las metrallas del ejército de Carlos A. Pérez. Hoy 27 de febrero, se conmemoran 200 años de la creación de la bandera argentina por Manuel Belgrano, soñador de emancipaciones.
Hoy debe estar nuestro Hugo Chávez preparándose para su próxima operación en la Habana. Me pregunto, cuando será el día en que podamos dejarlo ir tranquilo a su conuco, a descansar en su chinchorro y decirle que no importa cuánto demore, nosotros nos haremos cargo. Pero, como dice un amigo mío, porteño de Buenos Aires.
¡Dale Negro Chávez, mejorate pronto, que te necesitamos!
*Desde Mendoza, Argentina
RM