Pinar del Río, Cuba, (PL) De escenas que perduran y proponen regresar, Viñales es mucho más que un poblado cubano entre cimas, acariciado por la naturaleza, donde paisaje y tradiciones tejen un romance casi perfecto.
Custodiada por vegetación exuberante, una carretera zigzagueante conduce hasta la localidad, inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial.
El trayecto sortea pronunciadas curvas y abismos disimulados por las lianas hasta que aparecen las imágenes del valle, seductor a primera vista.
Una vez allí, asoman los enigmáticos mogotes en cuya base perviven rocas del período jurásico.
Salpicado de parcelas aradas, una panorámica del paraje permite apreciar las curiosas elevaciones de cimas redondas, junto al bohío -hecho de madera y hojas de palma-, exponente de la arquitectura vernácula, y las centenarias casas para curar las hojas de tabaco de forma natural.
En medio del ambiente sosegado, típico de los campos cubanos, ancestrales costumbres añaden atractivos a la demarcación, la cual es visitada cada día por miles de viajeros, cubanos y foráneos.
Entre las prácticas conservadas por los habitantes sobresale el empleo del arado americano para surcar la tierra, las carretas tiradas por bueyes y el pilón, preferido por los guajiros para machacar los granos de café recién tostados.
El tejido con fibras vegetales, extraídas de la planta conocida como guaniquiqui, muy abundante en la región, acompaña también a los habitantes del lugar desde una época aún sin precisar.
Las artesanías utilitarias aparecieron allí ligadas fundamentalmente al cultivo tabacalero, explicó a Prensa Latina la investigadora Nieves Lugo, experta de la oficina de Patrimonio.
La elaboración de cestas para almacenar y transportar el fruto de cada cosecha, comenzó en pasadas centurias en ese territorio, distinguido con la categoría de Paisaje Cultural de la Humanidad, y perduró hasta la actualidad.
Con similares procedimientos, los lugareños crean sombreros -utilizados por los labriegos en las faenas campestres-, sonajeros, envases para botellas de licores, y muebles, aseveró.
Añejas tradiciones de alfarería para la confección de porrones, tinajas y filtros, además de tejidos, bordados y otras manualidades, develan rutinas devenidas reliquias locales por su perdurabilidad.
Manifestaciones músico-danzarias como los guateques o fiestas campesinas, animadas por las décimas, los acordes del tres y las controversias de poetas repentistas son preservadas por los lugareños como genuinas expresiones de identidad.
Mientras, en las artes plásticas predomina el paisajismo como tendencia, afirma Lugo.
Artífices nacidos en la zona -160 kilómetros al oeste de La Habana- y otros oriundos de regiones cercanas, hallaron inspiración en las deslumbrantes vistas del Valle de Viñales y su velo de niebla matutino.
Cautivador sin reparos, el escenario que logró recobrarse de los azotes de recientes huracanes, atrae también por la conservación de tradiciones agrarias y culturales entre suelos rojizos; el ir y venir de rústicos carruajes, los aires coloniales del poblado y la hospitalidad de su gente, que encanta sin máscaras. oda/ap
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