
Si el repugnante asesinato de Calidoso hubiera sido cometido en la calle 17 con carrera 15 de Bogotá o a la orilla del río Medellín, a nadie le habría importado.
Alfredo Molano Bravo
A Calidoso lo mataron como matan a muchos ñeros en todas las ciudades del país, que ingresan como un número a Medicina Legal y son enterrados como N.N. Normal. En general son asesinatos hechos por hombres contratados que pueden ser civiles o uniformados. No es excepcional el caso de comerciantes de una cuadra o de un barrio —que atribuyen a la presencia de lo que ellos llaman miserias humanas o desechables la decadencia de sus negocios—, que contratan a un gatillero o a un policía para que haga “la vuelta” y a la vuelta de la esquina, muy temprano, la Policía recoja el cadáver. Es una práctica generalizada.
También a los ñeros los asesinan grupos dedicados a limpiar la sociedad de indeseables para ellos. Son profesionales de la práctica y no lo hacen por dinero sino por convicciones racistas; adoran a Hitler, cantan Cara al sol —himno de guerra del falangismo español—, hacen ejercicios militares en el Parque Nacional, se rapan la cabeza, algunos usan un bigotico sólo bajo las fosas nasales —no al estilo del intrépido general Palomino—, desfilan vestidos de negro y con botas de “puntera reforzada en acero” y gritan contra los homosexuales, contra el aborto, contra las guerrillas, contra las corridas de toros. Levantan banderas rojas y negras y pancartas con la esfinge de Hitler; llevan brazaletes con cruces y rayos. Hace un mes apareció muerto uno de sus caudillos. Las2orillas sostuvo que el personaje tenía relación con los Rastrojos y extorsionaba a los comerciantes. Todo coincide. ¿Qué mandados les haría a los comerciantes y qué negocios tendría con los paramilitares?
El extremo de la extrema derecha no es algo nuevo. Laureano Gómez lo alimentaba ideológicamente y sus alfiles lo armaron. Laureano escribía editoriales y Ángel María Lozano, El Cóndor, los ejecutaba. Desde fines de los 90 ha venido creciendo y reorganizándose de nuevo en el caldo de odios que el uribismo cocina con meticulosa perversidad. Hasta hace unos días no había evidencias de esos lazos, pero hoy, la imagen de un hacker medio rapado al que le “gusta el olor a muerte”, considera a “Mandela un comunista”, “quiere matar a todos” y “sólo guiña el ojo izquierdo para apuntar mejor”, hace pensar que el rompecabezas se está armando y ya puede estar armado. De ganar Zuluaga, podría ser nombrado ministro de Comunicaciones. Petro dice que el tipo no es un hacker sino un nazi. La ideología de la extrema derecha está mutando en una cultura de la violencia con territorios, cabecillas y estatutos, y una sola bandera: la guerra a muerte.