EL “NO ESTADO” MEXICANO

 Juan Gaudenzi

 “¡Fue el Estado!”

Juan Gaudenzi
Juan Gaudenzi

Desde el asesinato de seis jóvenes cometido por la policía y la desaparición forzada – lo que constituye un “crimen de lesa humanidad” –  de otros 43 estudiantes en la localidad de Iguala, del estado (provincia) mexicano de Guerrero, el 26 de setiembre de este año, tal acusación se ha extendido como un reguero de pólvora por el país y el mundo.

Quien  la arroja a la cara de los principales funcionarios públicos (el  uso de esta denominación en lugar de “autoridades” no es casual ni arbitrario) con una ira que no se registraba desde la matanza de estudiantes universitarios en Tlatelolco, en 1968, no es el sujeto abstracto de  Hegel, sustraído de su actividad práctico-sensible, sino el ser humano real, concreto, de Marx,  inmerso – aunque ni él mismo lo sepa – en la solapada (en México, como en tantas otras partes) pero permanente lucha de clases. De allí su trascendencia, puesto  que ¡aún falta mucho para el fin de la historia = la sociedad sin clases!

Mi tesis es que en tal acusación coexisten una verdad (“fue el Estado”) y una falsedad (en México existe el Estado) sin que la proposición carezca de sentido. Dicho de otra manera:  que a la situación político-jurídica actual en México (un Estado inexistente o “No Estado”) puede corresponderle la afirmación “Fue el Estado” sin que ninguna de las dos premisas sea falsa.

Con estricto apego a las ciencias políticas hubiese sido más correcto decir: “!Fue el no Estado!” pero nadie se lanza a las calles con un ejemplar de “El Príncipe” debajo del brazo. Además, “El sentimiento o estado de ánimo es más racional que toda razón” (M. Heidegger).

Para tratar de fundamentarla, en lugar de declararme derrotado de antemano y aceptar resignadamente (¡no son tiempos para resignaciones!) el principio de no contradicción, según el cual una proposición y su negación no pueden ser ambas verdaderas al mismo tiempo y en el mismo sentido, recurrrí a la filosofía clásica (Kant: “(“…la verdad o apariencia no están en el objeto, en tanto que intuido sino en el juicio sobre éste, en tanto que pensado”), continental y analítica; a la “Teoría crítica; el “ giro lingüístico” y hasta al pensamiento post-moderno de autores como Gadamer y Vattimo.

¡Vano intento! Ni aún en el nihilismo más recalcitrante encontré fundamentos para sustentar semejante tesis. El único que – a mi entender – establece una correlación entre verdad y no verdad es Martin Heidegger, con su combinación de fenomenología y hermenéutica.

La esencia de la verdad

En términos comunes y corrientes “Lo verdadero, ya se trate de una cosa verdadera o de un juicio verdadero, es lo que está en concordancia, lo que concuerda. Ser verdadero y ser verdad significan aquí: concordar entre sí y de una doble manera: primero, como acuerdo entre la cosa y lo que es presumible de ella, y, de inmediato, como concordancia entre la cosa y lo que es significado por el enunciado [in der Aussage Gemeinten mit der Sache]”, escribe Heidegger en “De la esencia de la verdad”.

“Bajo el imperio de la evidencia de este concepto de verdad, apenas meditado en sus esenciales fundamentos, se admite como igualmente evidente que la verdad tiene un contrario y que existe la no-verdad. La no-verdad de un juicio (no conformidad) esta no concordancia del enunciado con la cosa. La no-verdad de la cosa (inautenticidad) significa el desacuerdo de un ente con su esencia. La no-verdad puede interpretarse en cada ocasión como no-acuerdo. Este cae, pues, fuera de la esencia de la verdad. Por lo cual, la no-verdad, en tanto que se concibe así como contrario de la verdad, puede ser descuidada en el momento en que se trata de aprehender la pura esencia de esta última.”

Para no perderse en el laberinto francamente irracionalista del pensamiento heideggeriano es necesario, cada tanto, colocar algunas señales orientadoras. En este caso, no es que el filósofo alemán sea el que propone descuidar la no- verdad, sino que atribuye ese descuido al pensamiento común o cotidiano.

Por el contrario, Heidegger llega a afirmar que “la verdad es en su esencia no verdad” (pag. 88 de “Arte y poesía”, Fondo de Cultura Económica; México). ¿Qué quiere decir con esto? El mismo aclara que no se trata de que en el fondo la verdad sea falsedad; “… ni mucho menos  que la verdad nunca sea ella misma, sino que es también siempre su contrario, para representarlo dialécticamente”.

Porque para él – según una interpretación hipotética como lo han sido y lo serán todos los intentos de todos sus lectores, analistas y comentaristas debido a lo “oracular” de su discurso – la esencia de la verdad solo puede aprehenderse como la lucha entre el ocultamiento (no verdad)  y el desocultamiento (verdad)  del ente o, más precisamente, de la esencia del ente.

 “Sucede entonces que, en el dejar ser develante y que a la vez disimula el ente en totalidad, la disimulación aparece como lo que es obnubilado en primer lugar. El Da-sein (“El ser ahí”), en tanto que existe, engendra el primer y el más extenso no develamiento,  la no-verdad propiamente dicha. La no-esencia original de la verdad es el misterio”, sostiene en “De la  esencia de la verdad”.

El Estado mexicano, un misterio

Y en este punto, a la luz de tales consideraciones, es donde podemos retomar la cuestión planteada al comienzo de este texto. Con respecto al  “Estado” mexicano SI puede ser válido el enunciado de una verdad y una no verdad simultáneas y referidas a un mismo hecho, puesto que tal ente en su estado actual es un misterio que no ha sido develado; se desconoce su esencia e, inclusive, existen suficientes elementos como para negar su existencia como tal (como Estado no como ente).

Admitamos, que desde una perspectiva marxista clásica (y elemental) todo esto puede carecer de importancia – y hasta puede ser considerado como pura charlatanería burguesa , contraria al pensamiento de Marx, puesto que Heidegger era declaradamente anti-comunista -. El Estado, en México y en cualquier otra parte desde la división de la sociedad en clases según su papel en el modo de producción capitalista (explotadores y explotados)  y la consolidación de la burguesía como clase dominante, es la organización política suprema de los opresores contra los oprimidos. Por lo tanto, mientras exista el capitalismo – cualquiera sea su nivel de desarrollo y dependencia – y la división y lucha entre las clases sociales,  carece de sentido hablar de la inexistencia del Estado. El Estado únicamente perderá su “raison d’être” (del francés: razón de ser o de existir) en el comunismo = una sociedad sin clases. Y punto.

Pero resulta que, anticipándose a esta crítica que,  frente al auge de la “Teoría crítica” – expropiada durante la segunda mitad del siglo pasado no sólo en los Estados Unidos de Norteamérica por el no marxismo y el anti marxismo  – y el colapso del “socialismo real”, se convertiría en una de las últimas trincheras de la vieja ortodoxia  marxista, el propio Hedegger escribió:

“Entretanto también se le ha exigido a la filosofía que no se contente con interpretar el mundo y perderse en especulaciones abstractas, sino que trate de transformar el mundo de modo práctico. Lo que pasa es que una transformación del mundo así pensada exige previamente que se transforme el pensar, del mismo modo que tras la citada exigencia ya se esconde una transformación del pensar (véase Karl Marx, Deutsche Ideologie: Thesen über Feuerbach ad Feuerbach  (“Tesis sobre Feuerbach”) «Los filósofos solo han interpretado el mundo de maneras diversas; de lo que se trata es de transformarlo.».) Pero ¿cómo puede transformarse el pensar si no se encamina hacia aquello que merece ser pensado? Ahora bien, que el ser se haga pasar por lo digno de ser pensado no es ni un presupuesto arbitrario ni una invención gratuita. Es una afirmación expresada por una tradición que todavía nos sigue determinando hoy de modo mucho más decisivo de lo que se quiere aceptar”.

De ser así, ya no en la ontología sino en la hermenéutica , como “teoría de la verdad y el método que expresa la universalización del fenómeno interpretativo desde la concreta y personal historicidad”, según Hans-Georg Gadamer, podemos sustentar nuestra preocupación que quedaría reformulada de la siguiente manera:

1) Por acción u omisión,  un ente formalmente denominado Estado – por tradición, costumbre, por el predominio de un criterio historicista, o simplemente porque se carece de una conceptualización más apropiada – fue el principal culpable del asesinato  de los 6 estudiantes y la desaparición de otros  43.

2).  Las condiciones mínimas para que cualquier Estado moderno pueda ser considerado y reconocido como tal: el monopolio dentro de su territorio de la violencia física LEGITIMA como medio de dominación – identificadas por Max Weber en 1919 – no existen en México donde, según coinciden diversos analistas y medios, existen entre 30 y 50 grupos armados al margen de las fuerzas armadas y de seguridad contempladas en el ordenamiento jurídico vigente. Además, está comprobado que agentes de Inteligencia, políticos, policiales y militares del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica operan en el  territorio nacional. Por otra parte, importante porciones de dicho territorio y sus riquezas naturales están siendo enajenados a intereses foráneos en un proceso de cesión de soberanía que ha dado un salto cuantitativo y cualitativo sin precedentes con la llamada “Reforma Energética”.

A propósito de la mencionada “legitimidad” corresponde la distinción ya no analítica sino axiológica entre el poder legítimo y el poder ilegítimo, con base en el argumento ritual: ¿Si nos limitamos a fundar el poder únicamente en la fuerza, cómo se logra distinguir el poder político del de una banda de ladrones? (N. Bobbio en “Estado, gobierno y sociedad”)  (o narcotraficantes, agregaríamos nosotros para actualizar la pregunta) . En el México actual resulta difícil distinguir  ambos poderes. El poder extorsionar, asesinar, secuestrar, torturar, desparecer, con total impunidad a cualquier persona le pertenece a ambos por igual,  al punto de que resulta prácticamente imposible establecer si un grupo de  enmascarados, fuertemente armados, es una banda de sicarios de la llamada “delincuencia organizada” o una patrulla de “las fuerzas del orden”. En todo caso, la  apariencia no tiene demasiada importancia. Ya se encargarán el accionar, los métodos y los fines de demostrar que entre uno y otro no existe mayor diferencia.

La “legitimidad”

Y, precisamente, lo que ha quedado en cuestión en estas últimas semanas a raíz del caso de Iguala y múltiples actos de persecución política y  represión anteriores y posteriores, es la “legitimidad” de un gobierno impuesto por los medios masivos de comunicación, en especial  la TV (Televisa) y no surgido de elecciones libres, transparentes, convalidadas por la mayoría ciudadana. En los comicios del 2012 el actual presidente, Enrique Peña Nieto,  obtuvo apenas el 24 por ciento (19.2 millones) de votos de un total de 80 millones de ciudadanos legalmente inscriptos para ejercer tal derecho. La abstención fue de casi 30 millones y los partidos de oposición en conjunto alcanzaron otros 30 millones de votos. Pero, el principal cuestionamiento a la legalidad y legitimidad de este proceso electoral fue que del total de votos en favor del actual gobierno, un importante porcentaje (algunos representantes de la oposición lo estimaron el alrededor de un 25 %) fue obtenido mediante métodos  ilegales o extra legales como la compra en dinero o mercancías, la entrega de vales canjeables en supermercados y diferentes formas de presión, coacción y manipulación.

“Ganamos y eso es lo que importa”, fue la respuesta del oficialismo.

Hobbes, teórico de la obediencia absoluta, afirmaba que el usurpador, el decir el príncipe ilegítimo, debía ser tratado como un enemigo. “Adversario” es el término que prefiere utilizar en México una oposición hegemonizada por una centro-izquierda “light”, pacifista, “políticamente correcta” y respetuosa de la legalidad burguesa, mientras el marxismo revolucionario sólo se expresa en algunas organizaciones insignificantes y en el pensamiento de algunos intelectuales sin ningún vínculo con el “país real” que, por no comprenderlos,  los rechaza y aísla.

Pero últimamente, con el advenimiento del positivismo jurídico el criterio de legitimidad ha dado un vuelco espeluznante . Mientras de acuerdo con todas las teorías anteriores    el poder debe estar apoyado por una justificación ética para mantenerse y, en consecuencia, la legitimidad es necesaria para la efectividad, ahora resulta que se abre paso la tésis de que sólo el poder efectivo es legítimo. Es decir que con base en este aberrante principio un ordenamiento político – cualquiera sea su origen y su carácter– continúa siendo legítimo hasta que la ineficacia llega a tal punto que hace probable o previsible la eficacia de uno alternativo!

¡Con este criterio si las genocidas dictaduras militares de Sudamérica o de Centroamérica hubiesen sido eficaces (en materia económica y/o administrativa , se sobreentiende) habrían sido legítimas!

Por más aberrante que resulte el no-Estado mexicano tampoco puede  recurrir  a él en busca de existencia y legitimidad puesto que una de sus características es la ineficacia (en sus primeros dos años de gobierno  – de un total de 6 – el Presidente de la República cumplió apenas 13 de los 266 compromisos firmados ante Notario Público durante su campaña electoral) .

 Y filosóficamente no podría ser de otra manera porque de lo no existente no se puede pretender eficacia. La nada lo único que puede producir es nada. “¿Pero y toda la avalancha de reformas neo-liberales de los primeros días que con tanto entusiasmo aplaudimos en los primeros meses de la actual administración?” pueden preguntarse los mercados y los inversores extranjeros.  Después de Iguala, veremos en qué quedan,  podemos responderles, puesto que a partir de ahora el principal problema será el de la gobernabilidad.

¿En qué momento el Imperio – siendo realistas y recordando lo ocurrido durante la Revolución Mexicana, el único que,  pese a todo el descontento y la movilización popular (protagonizada por la clase media, con todas las contradicciones y limitaciones propias de “un residuo de épocas anteriores, que subsiste temporalmente en el sistema capitalista”, en términos marxistas)  tiene el poder para decidir el futuro de este “no-Estado” –considerará la necesidad de un poder alternativo efectivo? no puede saberse. Sin embargo, el reciente apoyo de Washington a lo actuado por el “no Estado” mexicano en el caso Iguala, indica que no ocurrirá en el corto plazo.

La implosión

Pese a que en estas pocas páginas no pretendemos tratar de explicar el devenir de esto que ahora consideramos indistintamente como un” ente-misterio” o un “no Estado”,  cabe destacar que hace poco más de dos décadas era considerado, nacional e internacionalmente , junto con el Vaticano y el régimen de la URSS, como uno de los tres Estados o Poderes (aunque no sean la misma cosa) más monolíticos y estables del mundo.

Tomemos casi al azar un párrafo de la “Democracia en México”, ensayo clásico e imprescindible, escrito por Pablo González Casanova en 1965, en plena “época de oro” de ese sistema político-económico y social monolítico y estable, solo comparable con la URSS y el Vaticano en ese sentido y en ese momento, y comparémoslo  con lo que el mismo González Casanova podría escribir sobre el México actual:

“…Pero es evidente que el Estado mexicano y el tipo de instituciones que ha ido formando cuidadosamente han sido un buen instrumento -dentro de un sistema capitalista- para frenar la dinámica externa de la desigualdad, para enfrentarse a las grandes compañías monopólicas y negociar con ellas y con Ias  grandes potencias, en planos cada vez menos desiguales, y han sido un excelente instrumento para el arranque del desarrollo nacional”.

¡Todo un ensayo podría escribirse sobre ese libro – y esos tiempos – desde la perspectiva actual! Porque, objetivamente del  México de 1965 sólo perdura inalterable el territorio y su división político-geográfica en estados, algunas instituciones como la Universidad Autónoma de México (UNAM) y no mucho más. En cuanto al Estado y la plataforma desde la cual el autor proyecta sus ilusiones o fantasías desarrollistas (Reforma Agraria, propiedad ejidal o ejidataria, industrialización, soberanía, etc.) no queda nada, todo se ha esfumado. Hasta la Constitución de 1917, a fuerza de reformas tras reformas, se ha convertido en un texto fantasmagórico. De todas maneras, como este pasaje del  “antiguo” Estado, sus instituciones  y sus relaciones con la sociedad y el mundo al actual “no-Estado” no se produjo por arte de magia, en el propio libro -aunque en el momento de escribirlo el neo-liberalismo y la globalización no hubiesen irrumpido como los “jinetes del Apocalipsis” – , existen algunas claves para comprender cómo y porqué sucedió lo que sucedió.

El tránsito en tan breve lapso de lo que fue a lo que es – o no es – constituye un fenómeno único de nuestro tiempo. Porque en el mismo período colapsó la URSS, pero como unión o conglomerado de 15 repúblicas subordinadas a Moscú; en Europa los 28 Estados que actualmente integran la UE han ido cediendo por consenso una porción cada vez mayor de sus poderes soberanos en aras de un bloque supuestamente  mayor que la suma de sus partes (por el principio de sinergia) ; en el Norte de África y el Medio Oriente desaparecieron varios regímenes y Estados – fueron sustituidos por otros -, pero como consecuencia de golpes de Estado, invasiones militares o sublevaciones populares, y en América Latina el caso más paradigmático fue la crisis financiera y política de diciembre del 2001 en la República Argentina, con un saldo de unos 30 muertos (en poco más de una semana se sucedieron tres Presidentes provisionales),  sin que llegara a ponerse en cuestión la continuidad del Estado burgués, pese a las expresiones de deseos de algunos sectores minoritarios.

En el caso de México no es que en nuestros días se trate de un Estado “fallido”, “frágil”, “casi Estado”, “desestructurado”, “cómplice”, “débil”,  o acompañado de algún otro calificativo de los acuñados en Estados Unidos y buena parte de Europa en los 90´s del siglo pasado como complemento indispensable y consecuencia a la vez de la globalización neo-liberal imperialista. Porque si así fuera, a casi todos los países del mundo en los que el Estado-Nación ha colapsado o avanza a marcha forzada en esa dirección podría corresponderle alguna de esas categorías y no por ello, felizmente, en la mayoría de ellos 43 jóvenes desaparecen al unísono de la faz de la tierra sin que el gobierno asuma y pague su responsabilidad.

¿Qué es entonces?

Lo que no es

Actualmente, aunque muchos periodistas, escritores e intelectuales en general  – además de una multitud de integrantes de la sociedad civil del país y el extranjero – no duden en incluir al Estado mexicano en alguna de las categorías mencionadas, o en otras como “narco-Estado”, “Estado criminal” o “Estado terrorista”, nadie parece estar en condiciones de responder la pregunta con cierta objetividad (al margen de las ideologías) y apego a las ciencias sociales.

Se trata de una necesaria y urgente tarea, intelectual y política a la vez, que alguien (individuo u colectivo) deberá emprender porque la caracterización de “dictadura perfecta” es totalmente insuficiente y anacrónica y porque obras como “La democracia en México” resultan obsoletas.

Mientras tanto, resulta más sencillo puntualizar lo que no es, siguiendo un criterio cronológico de las diferentes modalidades del Estado:

-Aunque tiene algunas semejanzas – una multitud de campesinos arruinados aumentaron exponencialmente la población de la metrópolis y en lugar de esclavos en México muchos trabajadores del campo viven en condiciones de semi-esclavitud – el poder de los Cónsules (Ejecutivo) estaba moderado por un Senado, algo que no ocurre en México donde el Legislativo está subordinado al Presidente. Por lo tanto, no puede equipararse a la antigua República romana. Además, carece por completo del poder bélico y la voluntad expansionista y conquistadora de aquella. Por el contrario, por su vecindad y dependencia cada vez mayor con respecto a los Estados Unidos de Norteamérica – la principal potencia militar mundial -, aunque posee unas simbólicas Fuerzas Armadas (destinadas desde hace varios años a combatir el narcotráfico, mejor dicho contra la población de las regiones donde se supone que opera el narcotráfico, con toda una secuela de corrupción y violaciones a los Derechos Humanos),  ha delegado en el  Imperio la responsabilidad de su defensa externa y gran parte de su seguridad interior.

–  No es un régimen  feudal o semi-feudal (sus fuerzas productivas y las relaciones de producción son capitalistas), pese a que en la Edad Media tampoco existía el Estado; las relaciones políticas eran de carácter contractual como lo son ahora de carácter económico;  los gobernadores de los estados (provincias)- se comportan como los entonces “grandes señores” de la tierra y las relaciones de producción en el campo tienen reminiscencias del vasallaje. Además, los ricos y poderosos – los “señores feudales” de nuestro tiempo – permanecen la mayor parte de su tiempo en mansiones-fortalezas amuralladas y resguardadas por los “caballeros” fuertemente armados de la actualidad, mientras extramuros se extiende la miseria y la delincuencia, la inseguridad, el peligro.

–  No es una monarquía, puesto que no existe un monarca. Fernando Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena , el segundo y último Emperador de México, fue fusilado el      19 de junio de 1867.

– No es un Estado estamental. Aquí caben algunas observaciones tomadas del  libro “Estado, gobierno y sociedad”, de Norberto Bobbio.  El autor considera al Estado  estamental como una forma intermedia entre el Estado feudal y el Estado absoluto. “Se distingue del primero por una gradual institucionalización de los contrapoderes y también por la transformación de las relaciones entre personas en relaciones institucionales; de un lado la asamblea del estamento, del otro el rey con su aparato de funcionarios que allí donde terminan por tener éxito dan lugar al Estado burocrático característico de la monarquía absoluta; la diferenciación del segundo radica en la presencia de una contraposición de poderes en conflicto continuo entre sí, que el advenimiento de la monarquía absoluta tiende a suprimir.” Los tres estamentos fundamentales: clero, guerreros y el pueblo trabajador (especialmente campesinos). Por cuanto el actual Estado mexicano no es feudal ni absoluto carece de sentido identificar en este país una etapa de transición de uno a otro. Además, la gradual institucionalización a la que se refiere Bobbio dio lugar al sistema de las dos Cámaras en Inglaterra (Lores y Comunes) y la representación de tres cuerpos o “estados” diferentes en Francia: el clero, la nobleza y la burguesía.  Sin clero participando pública y abiertamente en la política, y sin nobleza, nada de esto tiene que ver con México. En lugar de estamentos,  clases sociales. El poder en manos de la gran burguesía asociada al capital trasnacional (legal o delictivo); el “cuarto estado” (proletariado) políticamente inexistente. El contra-poder a cargo, casi exclusivamente, de la pequeña burguesía o capas medias.

– Aunque formalmente no es un Estado absoluto, en la práctica se le parece bastante. Según Bobbio, en términos kantianos, el poder absoluto consiste en que «el soberano del Estado tiene con respecto a sus súbditos solamente derechos y ningún deber (coactivo); el soberano no puede ser sometido a juicio por la violación de una ley que él mismo haya elaborado, ya que está desligado del respeto a la ley popular (populum legis)». Esta definición sería común a todos los iusnaturalistas, como Rousseau o Hobbes. A pesar de que la autoridad del rey está sujeta a la razón, y justificada en último extremo por el bien común, explícitamente se niega la existencia de ningún límite externo ni ningún tipo de cuestión a sus decisiones; de modo similar a como la patria potestad se ejerce por el pater familias (el rey como «padre» de sus «súbditos» -paternalismo-). Tales justificaciones imponen de hecho el carácter ilimitado del ejercicio del poder por el rey: cualquier abuso puede entenderse como una necesidad impuesta por razón de Estado. El absolutismo se caracteriza por la concentración de poderes; no hay ninguna división de poderes como la que definirá la monarquía limitada propia de las revoluciones liberales. El poder legislativo, el poder judicial y el poder ejecutivo son ejercidos por la misma autoridad: el rey como supremo magistrado en todos los ámbitos. Rex, lex (o, en francés le Roi, c’est la loi, a veces expresado como «la palabra del rey es la ley»); sus decisiones son sentencias inapelables, y al rey la hacienda y la vida se ha de dar. En el caso de México –teóricamente, se insiste – existe división de Poderes y  el gobierno (representación temporal y limitada del Estado) se debe al pueblo y debe rendirle cuenta de sus actos.

-No es un Estado Representativo (liberal o democrático-burgués) . Para serlo, en lo político debería basare, en primer lugar,  en una democracia representativa a través del sufragio universal. En México, una tras otra se vienen produciendo elecciones fraudulentas, con mayorías obtenidas mediante la compra de votos, manipulación mediática del electorado, diversos tipos de coacción, complicidad de las autoridades electorales, alteración de los resultados por diferentes medios. En lo social, en lugar de la plena vigencia y respeto irrestricto al ejercicio de las libertades individuales consagradas en los Derechos Humanos Universales, conforme a las leyes que reglamentan su ejercicio,  lo cotidiano-constante son las violaciones a tales libertades y derechos, desde la detención y prisión sin el debido proceso hasta el asesinato y la desaparición forzada, pasando por las torturas sistemáticas, la venalidad, ineficiencia y corrupción del aparato de Seguridad y Justicia, la impunidad, etc. En lo Económico,  aunque el discurso oficial es apologético de la Economía de Libre Mercado, la libre competencia, la transparencia, etc., el sistema funciona con base en los monopolios, los privilegios y prebendas,  la sobreexplotación de la mano de obra y la violación de las obligaciones patronales, la quiebra de las pequeñas y medianas empresas, la corrupción, el narcotráfico, el lavado de dinero, el enriquecimiento ilícito y todo tipo de vínculos y asociaciones ilícitas con el

 -Mucho menos, se trata de una democracia social o un Estado destinado a procurar el bienestar de la población, como su fin supremo. En México, a la luz de recientes – y probadas – denuncias mediáticas, parecería que el fin supremo del Estado es procurar el bienestar de la casta gobernante, sus familiares, aliados políticos, socios en todo tipo de negocios y negociados espurios, propagandistas y amigos.

Esta enumeración no agota las posibles modalidades o formas de Estado y Poder (“Estado total”; “Estado bonapartista”; “Dictadura”; etc.) pero al analizarlas en lugar de acercarnos al ser del “no Estado” actual nos vamos alejando.

Perspectivas

1)  La continuidad del “no ser”.  Siempre y cuando las protestas y movilizaciones de la sociedad civil vayan perdiendo continuidad e intensidad (como ocurrió en 1968) y el “no Estado” pueda detener su caída y estabilizarse. Es decir, mantenerse como un “ente-misterio” hasta, al menos, el final del  actual mandato presidencial . Una perspectiva altamente improbable en la medida en que en estos meses la sociedad civil ha despertado y tomado conciencia de su potencial como contra-poder. Efectivamente, como lo han señalado varios analistas, aunque el actual estado de movilización se desgaste o decaiga, la sociedad mexicana ya no será la misma que antes de Iguala y si las demandas de “aparición con vida” de los desaparecidos  o el esclarecimiento completo de lo ocurrido y el castigo de los culpables a todos los niveles pierden vigencia o van quedando en el olvido, la agenda de reivindicaciones insatisfechas es tan grande y profunda que, lo más probable, es que la confrontación con el “no Estado” continúe y se agudice. Inclusive,  no puede descartarse que el contra-poder o anti-poder se manifieste, como en los 70´s, de manera violenta (armada) en la sierra de Guerrero y regiones aledañas.

2) La develación de la cara más oscura del “no ser” mediante una feroz represión con propósitos “aleccionadores” , intimidatorios y disuasivos de más o nuevas protestas (como en 1968). Este sería el escenario más extremo de los escenarios  porque, como ya se ha dicho, la sociedad mexicana, ya parece no estar dispuesta a tolerar más abusos y violaciones a los Derechos Humanos y garantías individuales. Por lo cual, en lugar de obtener los resultados esperados – intimidación, terror generalizado, inmovilidad,” la paz de los cementerios” -, el “no Estado” podría tener que vérselas con todo lo contrario, a una escala de proporciones inimaginables. Aunque esta consecuencias resulta bastante previsible, no por ello es descartable dado el nivel de torpeza, incapacidad e ignorancia intelectual y política de funcionarios y asesores.

3) La más fantasiosa e improbable de las perspectivas proviene del “funcionalismo” y de  la “teoría de sistemas” estadounidense (centros de altos estudios, intelectuales, comunidad de Inteligencia, grandes corporaciones públicas y privadas, gobierno, etc.) y consiste en creer posible que se establezca cierto equilibrio o correspondencia entre las demandas ciudadanas (“ input”)  y la satisfacción de las mismas (“output”) por parte del “no Estado”. Es decir, los mismos que aún piensan que el sistema económico-social se autorregula (pese a que la catastrófica crisis global iniciada hacia el 2008 aún no ha sido superada), creen posible una autorregulación del sistema político mexicano. Allá ellos.

                Nótese que por el momento y dada la actual correlación de fuerzas, no consideramos  la posibilidad a corto plazo de la caída del “no Estado”. No es que no confiemos en el poder popular pero no se puede perder de vista que a) En términos cuantitativos el número de manifestantes (aunque por momentos sean una multitud) comparado con el número de habitantes en el Distrito Federal, por ejemplo, es muy pequeño. b) Cualitativamente, la pequeña burguesía estudiantil por si sola o acompañada por algunos representantes (los más consientes) de otros sectores sociales, no dispone de la capacidad combativa o disposición para la lucha (violenta, llegado el caso) para enfrentar con alguna posibilidad de éxito a las fuerzas represivas (como sí ocurrió en “el Cordobazo”, en 1969, en la República Argentina, por ejemplo)  y derrocar al “no Estado”. c) La falta de participación de la masa verdaderamente explotada por el capitalismo (obreros y campesinos) representa el principal déficit de estas movilizaciones. d)  Mientras la gran burguesía, el Ejército nacional y el Imperio (con todo su poderío económico, bélico, de Inteligencia, etc.) sostengan  a este “no Estado” no es imposible pero si improbable que el pueblo mexicano (aun suponiendo una sólida alianza de todas las clases y sectores desposeídos, explotados, empobrecidos, excluidos y marginados,  como únicamente se dio en la Revolución iniciada en 1910) pueda cambiar radicalmente el “status quo”.

                El “no Estado” se apoya en esos tres factores de poder mencionados. Basta que alguno de ellos rectifique su postura para que toda la estantería se venga abajo. Creemos que es indispensable dirigir todas las energías y todos los esfuerzos en esa dirección.

Un comentario sobre “EL “NO ESTADO” MEXICANO

  1. No hay en este texto – bueno, regular, francamente malo, inocuo o revelador – sino en su destino, algo mucho más importante. Un algo que pone de manifiesto que como latinoamericanos ¡el futuro es nuestro!. Mientras en Europa – Holanda específicamente – se negaron a publicarlo «por estar más allá del alcance del público común y corriente», en América Latina – Venezuela más concretamente, «Colarebo Patriagrande» en particular, no dudaron un segundo. ¿Qué significa para mi esto? Un pequeñísimo; casi imperceptible, pero concluyente síntoma de la enfermedad terminal del Viejo Mundo y, a la vez una señal altamente esperanzadora de nuestro porvenir como sub.continente, Porque mientras en sus últimos días la moribunda «madre» de nuestra cultura occidental se cierra sobre si misma, se aferra (como el anciano deshauciado a sus recuerdos) a la racionalidad y la «comprensión», en nuestra «locura» tercermundista estamos abiertos a la irracionalidad fecunda; al desprejuicio, a escribir, publicar , leer y criticar lo más coherente o lo más absurdo para formarnos nuestro propio parecer, sin esperar a que «otros», amparándose en vaya uno a saber que criterio, derecho o autoridad de «verdad», nos digan que está o no está a nuestro alcance.

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