Colombia/Rompecabezas armado

Alfredo Molano Bravo

Si el repugnante asesinato de Calidoso hubiera sido cometido en la calle 17 con carrera 15 de Bogotá o a la orilla del río Medellín, a nadie le habría importado.

Alfredo Molano Bravo
 Ni una nota de baranda habría merecido ese muerto. Calidoso era un hombre que vivía en la boca del túnel del río Arzobispo en el Parque Nacional y parchaba en el túnel de la Javeriana. Con los estudiantes recochaba y con los profesores era respetuoso: les abría la puerta del taxi a los que llegaban tarde. La gente lo quería. Hace una semana lo quemaron con gasolina mientras dormía con su perro y murió hecho una masa de alaridos. Los estudiantes y profesores de la Javeriana organizaron un homenaje-denuncia y la opinión pública se enteró. Sucedió, de alguna manera, lo mismo que con Natalia —la niña quemada con ácido hace algunos días—: el crimen se conoció porque la víctima no vivía en Soacha. El país supo de golpe y porrazo que lo mismo les habían hecho a 900 colombianos del montón y, entonces, el presidente, sus ministros, los legisladores se pellizcaron y andan tramitando una ley para impedir que “hechos tan reprobables vuelvan a suceder”.

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