Por: Gerónimo Pérez Rescaniere
En los andes venezolanos hay varios sitios que son tenidos por la población como de geología prehistórica: La piedra del Jurungo, las Minas de Lobatera, los Pozos de Lobatera, el Páramo alto de Pregonero, la gruta El Páramo de la negra, pero hay uno que está descrito detalladamente en una biografía de Eustoquio Gómez y es fácilmente estudiable científicamente hoy. El potencial de revelación de esto es alucinante, de jerarquía mundial. Y el potencial de atracción turística también. Es la Cueva de las dantas. He aquí el texto inscrito en dicha biografía:
Castro no ingresa al territorio venezolano junto a su tropa de enruanados y ensombrerados, no, él avanza con muy pocos hombres por un camino secreto. ¿Cuál? Unos diez años antes, en una de las revoluciones donde militó con Carlos Rangel Garbiras, don Cipriano se había visto rodeado en el camino llamado «de Las Dantas», que va hacia Capacho, por las fuerzas del gobierno que mandaba el general Espíritu Santo Morales. Huyeron hacia un cerro llamado Capote pero de poco les iba a servir porque Morales ya los tenía rodeados, apretados contra dicho cerro. La tropa de Morales avanzó, dispuesta a aniquilar a estos enemigos a machete y fusilarlos pero sólo topó el cerro en un punto de rincón que no permite huida. La tropa de Castro se había esfumado.
En verdad avanzaba por una cueva cuya boca se abre en el sitio de la desaparición y debe pensarse que estaba tapada con matas. Guiaba al grupo un primo de la madre de Castro llamado Eustasio Ruiz. La cueva es extensísima, de 32 kilómetros de largo. A Ruiz le había hablado de ella un Aquilino Sarmiento que conoció personalmente al Libertador, que a su vez habría atravesado la cueva en compañía de Sarmiento y otros pocos.
La cueva tiene una de sus bocas en la Sierra Nevada de Santa Marta. Según versiones locales, está en el seno de una montaña formada por planchones de una piedra durísima, de cuatro metros de ancho y altura de tres, con un espesor de treinta centímetros. Permiten la entrada de luz y aire unas aberturas existentes cada tanto en el techo, gracias a la presencia de una plancha más pequeña. Es una pirámide, construcción de extraterrestres o algo así. El depósito de tierra transportada por el aire durante siglos o milenios y los árboles crecidos en ella confieren a la pirámide un aspecto casi normal de montaña.
Castro y los otros huidos salieron a la luz cerca del pueblo de Chinácota, en Colombia, a la hora en que Espíritu Santos Morales regaba en las calles de Capacho noticias de la destrucción definitiva de «los enemigos de la paz de la república». No servía demasiado ese truco porque los hombres de su tropa decían entre amigos y a la mujer en el secreto de la cama, que Cipriano Castro había hecho invisible a su tropa, que la disolvió en el aire y se disolvió él mismo. El fantasma del pequeño general podía aparecer asomado a una ventana, podía atacar cuando menos lo esperaban. Mientras Castro vivía en Caracas, metido en la vida política, la leyenda crecía en ese rincón de los Andes.
El 23 de mayo de 1899 Castro avanza hacia Venezuela por aquella misma cueva acompañado de diez hombres, de los cuales dos son veteranos de la primera recorrida. Los hombres pasan por varias grutas, hay varias salidas intermedias. Los conejos, cachicamos, zorrillos y ratas están posesionados de esta gigantesca madriguera.
Don Cipriano avanza sin comandar, Eustoquio Gómez, primo de Juan Vicente Gómez, catire, salvaje, casi no venezolano, es el teniente director de la operación. El objetivo es la sorpresa. El túnel tiene una altura de techo de dos metros y un ancho de metro y medio. El interior está forrado por helechos muy gordos que pueden impedir el paso y asfixiar. Se los troza con el machete. Varias bocas se abren a la derecha, separadas por kilómetros. Tienen nombres puestos por la gente: la Cueva de los Santos, el Refugio de las ánimas, la Boca del Indio. La patrulla las va dejando atrás. Cruzan al lado de una cueva cuyo tamaño y forma son los de una catedral. Lentos tapires caminan en la oscuridad, está prohibido encandilarlos con las linternas, menos aún debe matárselos, pues son portadores de Dios. Su presencia es señal de que está cerca el punto de Las Dantas, que toma ese nombre de que algunos de tales animales se salen a la montaña.
El grupo llega a la boca de Capote, justamente en Las Dantas. Aparecen a su vista los campos de Cania, llenos de luz. Unos campesinos los ven así, repentinamente parados alrededor de un árbol. No se les ha visto acercarse, todo los pinta como los fantasmas del ejército muerto por Espíritu Santo Morales hace ocho años. Castro está rodeado de una pequeña tropa que debe ser la misma que se llevó entonces, ha regresado del infierno en el mismo sitio por donde se fue. Los campesinos huyen. Castro y sus hombres sólo descienden de la montaña cuando hacia el pueblo se escuchan tiros. Son de la parte del ejército castrista que se vino por la superficie. Las espaldas de los soldados del gobierno de Andrade son visibles, el pelotón de Castro les dispara con ventaja. En la proclama que lee rato después en la plaza de Capacho, don Cipriano protesta contra el Decreto de Autonomía de los Estados emitido por Andrade”.
Detalle exótico: Castro no ingresa al territorio venezolano junto a su tropa de enruanados y ensombrerados, no, él avanza con muy pocos hombres por un camino secreto. ¿Cuál? Unos diez años antes, en una de las revoluciones donde militó con Carlos Rangel Garbiras, don Cipriano se había visto rodeado en el camino llamado «de Las Dantas», que va hacia Capacho, por las fuerzas del gobierno que mandaba el general Espíritu Santo Morales. Huyeron hacia un cerro llamado Capote pero de poco les iba a servir porque Morales ya los tenía rodeados, apretados contra dicho cerro. La tropa de Morales avanzó, dispuesta a aniquilar a estos enemigos a machete y fusilarlos pero sólo topó el cerro en un punto de rincón que no permite huida. La tropa de Castro se había esfumado.
En verdad avanzaba por una cueva cuya boca se abre en el sitio de la desaparición y debe pensarse que estaba tapada con matas. Guiaba al grupo un primo de la madre de Castro llamado Eustacio Ruiz. La cueva es extensísima, de 32 kilómetros de largo. A Ruiz le había hablado de ella un Aquilino Sarmiento que conoció personalmente al Libertador, que a su vez habría atravesado la cueva en compañía de Sarmiento y otros pocos.
La cueva tiene una de sus bocas en la Sierra Nevada de Santa Marta. Según versiones locales, está en el seno de una montaña formada por planchones de una piedra durísima, de cuatro metros de ancho y altura de tres, con un espesor de treinta centímetros. Permiten la entrada de luz y aire unas aberturas existentes cada tanto en el techo, gracias a la presencia de una plancha más pequeña. Es una pirámide, construcción de extraterrestres o algo así. El depósito de tierra transportada por el aire durante siglos o milenios y los árboles crecidos en ella confieren a la pirámide un aspecto casi normal de montaña.
Castro y los otros huidos salieron a la luz cerca del pueblo de Chinácota, en Colombia, a la hora en que Espíritu Santos Morales regaba en las calles de Capacho noticias de la destrucción definitiva de «los enemigos de la paz de la república». No servía demasiado ese truco porque los hombres de su tropa decían entre amigos y a la mujer en el secreto de la cama, que Cipriano Castro había hecho invisible a su tropa, que la disolvió en el aire y se disolvió él mismo. El fantasma del pequeño general podía aparecer asomado a una ventana, podía atacar cuando menos lo esperaban. Mientras Castro vivía en Caracas, metido en la vida política, la leyenda crecía en ese rincón de los Andes.
El 23 de mayo de 1899 Castro avanza hacia Venezuela por aquella misma cueva acompañado de diez hombres, de los cuales dos son veteranos de la primera recorrida. Los hombres pasan por varias grutas, hay varias salidas intermedias. Los conejos, cachicamos, zorrillos y ratas están posesionados de esta gigantesca madriguera.
Don Cipriano avanza sin comandar, Eustoquio Gómez, primo de Juan Vicente Gómez, catire, salvaje, casi no venezolano, es el teniente director de la operación. El objetivo es la sorpresa. El túnel tiene una altura de techo de dos metros y un ancho de metro y medio. El interior está forrado por helechos muy gordos que pueden impedir el paso y asfixiar. Se los troza con el machete. Varias bocas se abren a la derecha, separadas por kilómetros. Tienen nombres puestos por la gente: la Cueva de los Santos, el Refugio de las ánimas, la Boca del Indio. La patrulla las va dejando atrás. Cruzan al lado de una cueva cuyo tamaño y forma son los de una catedral. Lentos tapires caminan en la oscuridad, está prohibido encandilarlos con las linternas, menos aún debe matárselos, pues son portadores de Dios. Su presencia es señal de que está cerca el punto de Las Dantas, que toma ese nombre de que algunos de tales animales se salen a la montaña.
El grupo llega a la boca de Capote, justamente en Las Dantas. Aparecen a su vista los campos de Cania, llenos de luz. Unos campesinos los ven así, repentinamente parados alrededor de un árbol. No se les ha visto acercarse, todo los pinta como los fantasmas del ejército muerto por Espíritu Santo Morales hace ocho años. Castro está rodeado de una pequeña tropa que debe ser la misma que se llevó entonces, ha regresado del infierno en el mismo sitio por donde se fue. Los campesinos huyen. Castro y sus hombres sólo descienden de la montaña cuando hacia el pueblo se escuchan tiros. Son de la parte del ejército castrista que se vino por la superficie. Las espaldas de los soldados del gobierno de Andrade son visibles, el pelotón de Castro les dispara con ventaja. En la proclama que lee rato después en la plaza de Capacho, don Cipriano protesta contra el Decreto de Autonomía de los Estados emitido por Andrade y elogia a los 25 miembros del Congreso que salvaron su voto al ser aprobado el Proyecto. Proclama que se dispone a restaurar en Venezuela los santos principios del Partido Liberal, que es, según él, «el del carpintero de Belén», extraña alusión al casto esposo de María a quien nunca demostró vocación de imitar.
