Presentación del Libro «La sangre de nuestros martires…»

Queremos invitarlos e invitarlas al lanzamiento del libro del profesor Harold García-Pacanchique titulado «¡La sangre de nuestros mártires jamás será olvidada!» El cual trabaja la historia y memoria colectiva de la masacre contra la Juventud Comunista Colombiana en la ciudad de Medellín en 1987.
⏰ 7:00 PM 🇨🇴
🗓️ Jueves 15 de mayo
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Nos permitimos reproducir el Prólogo de dicha publicación.

Prólogo
Renán Vega Cantor
Harold García-Pacanchique es un joven y talentoso educador, un
militante político y un investigador crítico de diversos asuntos del
mundo contemporáneo y más específicamente de la sociedad
colombiana. Estas características de su trayectoria intelectual y
política se plasman en este libro consagrado a un hecho trágico en la
historia contemporánea de nuestro país: la masacre en Medellín de
cinco miembros de la JUCO, perpetrada por paramilitares en la sede
de la organización el 24 de noviembre de 1987.
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Este libro reconstruye, con lujo de detalles, la masacre señalada,
como un aporte al conocimiento de un suceso que forma parte de una
larga ‒y casi interminable‒ cadena de acciones propias del
terrorismo de Estado y de sus praxis paramilitares contra los sectores
populares y contra organizaciones de izquierda, en un brutal proceso
de exterminio físico y simbólico, que puede catalogarse como un
genocidio político en toda la regla. Sí, un genocidio porque diversos
sectores, ligados al Bloque de Poder Contrainsurgente (que puede
definirse en forma escueta como la alianza entre clases dominantes
y Estado), consciente, planificada y sistemáticamente se dieron a la
tarea de eliminar de todas las maneras posibles (atentados,
asesinatos, desapariciones, torturas, calumnias, cárceles, exilio
forzoso, destierro, despojo…) a aquellos que definían como
“enemigos de la sociedad colombiana”. Esta categoría de enemigos
políticos, susceptibles de ser eliminados, se sustenta desde hace
décadas en un anticomunismo visceral que se despliega para impedir
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la más mínima democratización y redistribución económica y social
y para que se mantengan las desigualdades que hacen de Colombia
uno de los países más injustos del mundo y que, desde luego, se
expresan en una sociedad polarizada entre una exigua minoría con
los mismos niveles de vida y de confort de las clases dominantes de
Europa o los Estados Unidos y las vastas mayorías sociales que están
sumidas en la pobreza y la miseria extremas.
Por eso, en diversos momentos de la historia colombiana de finales
del siglo XIX y de todo el siglo XX fueron exterminados aquellos
sectores populares y expresiones políticas de izquierda cuando
consolidaban procesos organizativos de tipo independiente que
tocaban las fibras del dominio oligárquico. Entre esos movimientos
políticos se puede señalar al gaitanismo desde mediados de la década
de 1940 y diversos movimientos sociales (obrero, campesino,
estudiantil, docente) que han sido destruidos o desorganizados a
sangre y fuego. En esa trágica historia contrainsurgente de Colombia
sobresale el exterminio de la Unión Patriótica desde mediados de la
década de 1980, en un tenebroso baño de sangre y horror que en su
camino ha dejado miles de muertos, desaparecidos y exiliados.
Esa página de horror del Terrorismo de Estado en Colombia se
materializó en numerosos atentados y masacres, siendo una de ellas
la acaecida en Medellín en noviembre de 1987.
Esto explica que el autor se preocupe por ubicar históricamente la
masacre, lo cual lo lleva a examinar el contexto de la década de 1980,
caracterizado, al mismo tiempo, por un ascenso en las luchas sociales
y por una brutal represión.
En el gobierno de Belisario Betancur (1982-1986) se gestó un
frustrado proceso de paz, que condujo a la organización de la Unión
Patriótica a nivel nacional. La respuesta del Bloque de Poder
Contrainsurgente fue sangrienta, dando paso a la acción sicarial de
sectores del Estado y paraestatales contra los militantes de la UP,
desde los miembros de base hasta alcaldes, concejales y
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parlamentarios. El autor describe en líneas generales el proceso de
organización de la UP y el genocidio político subsecuente por parte
del Bloque de Poder Contrainsurgente, como el telón de fondo
indispensable para comprender que la masacre en la sede de la JUCO
no fue un hecho aislado, sino que estaba inscrito en un plan
articulado de exterminio de los más diversos sectores de izquierda
en todo el país.
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Tras describir y analizar ese contexto general de la década de 1980,
el autor estudia la génesis histórica de la JUCO, hasta desembocar
en el caso de la organización juvenil en Medellín. Luego detalla la
masacre, develando la responsabilidad directa del Estado y de los
paramilitares. Un elemento importante de este libro es que trasluce
los nombres, rostros y trayectoria vital de los cinco asesinados en un
tenebroso día de noviembre en la capital de la montaña. Muestra, con
enjundia no lastimera, que estas personas encarnaban un proyecto
político, por el que lucharon y murieron, y de ninguna manera fueron
víctimas, como se suele decir, con lo que se les resta agencia política
a los sujetos de carne y hueso que piensan, sienten y luchan y se
borran los proyectos alternativos en que se inscribió su acción vital.
Una cosa es decir que fueron mártires, con lo que se exalta el espíritu
militante de lucha, y otra cosa distinta es que fueron víctimas, noción
que afortunadamente casi no se usa en este libro. Al respecto, en un
emotivo capítulo se reconstruye la imagen de esos militantes y
activistas de la JUCO y del PCC, presentando sus rostros a partir de
los registros visuales que quedaron de los mismos, y recalcando sus
compromisos políticos como militantes conscientes y
comprometidos.
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Este libro es un resultado de interrelacionar en forma directa la
historia y la memoria, que constituyen dos maneras, necesariamente
complementarias, de reconstruir, entender e interpretar el pasado
reciente. La historia como forma de conocimiento intenta reconstruir
de manera lo más objetiva posible un proceso concreto, a partir de
las múltiples fuentes que se generan en el devenir humano, teniendo
como eje de comprensión un cierto distanciamiento del tema
estudiado; distanciamiento que se entiende como el intento de hacer
una reconstrucción lo más fidedigna posible para acercarse a la
verdad de lo sucedido, en la medida de lo posible y del carácter
relativo de la verdad. La memoria, por su parte, es una aproximación
más subjetiva que nos acerca a la comprensión de los sentires y
percepciones de los sujetos involucrados, que se transmite a través
de la voz de ellos mismos como testigos, lo cual genera una
información íntima que difícilmente se encuentra en las otras fuentes
históricas. En este sentido, la memoria es una fuente de la historia y
como tal debe ser incorporada al conocimiento histórico.
Esto lo entendió el autor de este libro porque para reconstruir la
masacre de 1987 en Medellín acude a diversidad de fuentes
(periódicos, en especial el Semanario Voz, fotografías, tesis
académicas, documentos oficiales…) y, como un aporte sustancial,
a las fuentes orales.
Es bueno recalcar que las fuentes orales son fuentes vivas y se
construyen en el proceso de investigación, siendo un resultado
directo de dicho proceso. Esta construcción de fuentes la hace muy
bien Harold García, quien entrevistó a personas que sobrevivieron a
la masacre o estuvieron directamente ligadas a ese acontecimiento.
Con esto enriquece la perspectiva, al dejar escuchar la voz de testigos
de primer orden. Esto permite que el lector se acerque mucho más a
la atmósfera que rodeó la masacre, así como a sus demoledores
efectos políticos, simbólicos y emocionales sobre los sobrevivientes
y las comunidades que influenciaba la JUCO.
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Con respecto al papel que desempeña la memoria colectiva, uno de
los conceptos centrales de esta investigación, el autor hace un
importante esfuerzo por recuperar diversos momentos de
memorialización a lo largo de los años (ya casi cuatro décadas)
transcurridos desde 1987 hasta el momento actual y la forma cómo
se ha construido un lugar de la memoria de la JUCO, configurado
por la casa y las calles adyacentes donde se realizó la masacre.
Otro componente central de la memoria, que se percibe en los
últimos capítulos del libro, está referido a los nexos que los propios
sobrevivientes establecen entre lo que vivieron en 1987 y el
momento actual, y en concreto la reflexión sobre las consecuencias
destructivas de ese hecho brutal en su propia vida y en el conjunto
de la organización. Por supuesto, el genocidio no solo buscaba
eliminar a individuos concretos y a colectividades organizadas, sino
que además pretendía borrarlos simbólica, política y culturalmente
para instaurar un terrible legado de miedo que impidiera a la gente
organizarse en forma autónoma en ese instante y en el futuro. En la
práctica, eso implicó el debilitamiento de la JUCO, que debe
sobrellevar hoy el duro peso de la destrucción de su tejido
sociopolítico, un resultado directo del efecto arrasador de la guerra
sucia y del Terrorismo de Estado.
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Para finalizar, digamos que este pequeño libro está bien construido,
porque sus cuatro capítulos descriptivos y analíticos nos acercan al
conocimiento de una época reciente particularmente negativa para
los movimientos de izquierda en Colombia y emblemática de la
Guerra Sucia contra los movimientos populares. Asimismo, cuenta
con un soporte documental que sustenta y le da cuerpo al libro. Nos
referimos a los documentos anexos, a las fotografías, usadas no solo
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para ilustrar sino como fuentes que ayudan a comprender y visualizar
los temas propuestos. Y esos son materiales indispensables, para que
los lectores amplíen la perspectiva con las fuentes de apoyo que se
les ofrecen.
Como el libro está escrito por un militante político tiene un mensaje
implícito: recuperar la historia y la memoria de un hecho doloroso,
la masacre, para rescatar del olvido a los mártires de la JUCO. Ese
rescate debe constituirse en un hilo de esperanza para afrontar los
retos del presente, en donde las luchas de los antecesores ‒que dieron
hasta su vida como parte del proyecto de construir otra sociedad‒
son una fuente de inspiración para que las generaciones actuales de
militantes asuman y enfrenten los viejos y nuevos retos de la siempre
desigual, violenta y antidemocrática sociedad colombiana.
Bogotá, mayo 1 de 2025