Victoriano Lorenzo: guerrillero en la provincia del Istmo panameño – 125 años de su asesinato.

Por: Ramón Alcides Ávila Peralta*

Victoriano Lorenzo, el dirigente más representativos del movimiento nativo de la provincia del Istmo (Panamá), luchó por similares causas de las de Quintín Lame en Colombia. Ambos dirigentes hicieron parte de una resistencia que ha perdurado por más de seis siglos. De esta raíz histórica nacieron las organizaciones: “MOVIMIENTO MONTAÑERO INDIGENA VICTORIANO LORENZO” (MIMVL) en Panamá Y Quintín Lame (MIQL) en Colombia, herederos de una sangre heroica y guerrera forjada desde la invasión española de 1492 y la posterior lucha anti-colonial.

El 29 de diciembre de 1890, Victoriano Lorenzo, al igual que Quintín Lame en Colombia, se alzó en rebelión contra las autoridades opresoras que imponían impuestos arbitrarios e injustos a las comunidades originarias. Su resistencia estaba ligada a la lucha histórica por la dignidad, la tierra y la libertad de los pueblos originarios que durante siglos habían sido despojados e ignorados.

Por su rebeldía, Lorenzo fue condenado a nueve años de prisión en las oscuras y nauseabundas mazmorras de Chiriquí, construidas originalmente por el régimen colonial español, invasor y esclavista. Sin embargo, después de la derrota del imperio español y la muerte de Simón Bolívar, las cárceles de opresión se mantuvieron: las oligarquías liberales y conservadoras heredaron y perpetuaron la represión, usando esas mismas catacumbas, en Chiriquí, en Cartagena y en otros lugares del continente para encarcelar, torturar y desaparecer a quienes se atrevían luchar por la libertad.
En ese tiempo, los nativos del istmo panameño eran forzados por la Guardia de Policía a realizar trabajos gratuitos para las autoridades, comerciantes y terratenientes en condiciones de esclavos.

Al salir de prisión, la comunidad de Penonomé reconoció en Victoriano Lorenzo un dirigente legítimo y digno, eligiéndolo como gobernador del Cabildo nativo de Coclé, que incluía El Cacao, Natá y Antón. Su autoridad no era impuesta desde arriba, sino otorgada por su pueblo, por su historia de resistencia y su compromiso con la justicia.
Victoriano Lorenzo, dirigente nativo y guerrillero en la provincia del istmo panameño, llegó a controlar el interior de la provincia y someter la ciudad de Penonomé, la capital de los latifundistas.
Debido a su estrategia y tácticas de combate, fue llamado por el general Benjamín Herrera a unirse en la guerra de los Mil días. Después de su participación activa y exitosas en los enfrentamientos contra las fuerzas conservadoras, Herrera lo nombro General de División llegando a comandar varias brigadas y regimientos de 9,000 hombres entre guerrilleros nativos y soldados liberales.
Debido a su estrategia, a sus tácticas militares y gran conocedor del terreno, Victoriano Lorenzo, fue liberando todas las posiciones bajo control de las fuerzas enemigas.

En 1900, Lorenzo decidió unirse a las fuerzas liberales en la Guerra de los Mil Días. Su lucha no se limitó a enfrentar al régimen conservador: también combatió contra los terratenientes que masacraban nativos para robar sus tierras con total impunidad.

Al terminar la guerra, Victoriano Lorenzo no dejó las armas. Su lucha trascendió la disputa entre partidos. Combatió por la defensa de los territorios ancestrales y contra el avance de una oligarquía criolla que, heredera del régimen colonial, continuaba despojando a los pueblos originarios de sus tierras milenarias. La codicia de los terratenientes no reconocía fronteras, y la provincia del Istmo fue uno de los principales escenarios de este despojo. Las tierras de los pueblos nativos fueron vistas como botín político y económico, apropiadas por las élites que consolidaban su poder.

Tras la derrota del ejército liberal en la Batalla de Calidonia, el General de División Victoriano Lorenzo, tomó una decisión estratégica y rebelde, ocultó las armas del movimiento liberal, evitando que cayeran en manos enemigas.

El 29 de octubre de 1900, en las montañas húmedas y tupidas del Cerro El Gallote, en Penonomé, Victoriano reorganizó la lucha, formó el Frente Guerrillero «Los Montañeros», una resistencia del pueblo levantado contra la opresión. Armado con lo que quedaba del arsenal liberal y guiado por una causa justa, su lucha fue mucho más que una contienda militar: fue una resistencia por la dignidad, la tierra y la libertad.

El 10 de octubre de 1901, tras una serie de campañas exitosas, las fuerzas guerrilleras de Victoriano lograron toma el control de Penonomé, haciendo huir al ejército oficial. Este triunfo Inspiró a los pueblos originarios y campesinos a rebelarse, a alzar su voz frente a siglos de exclusión, racismo y despojo territorial.

Lorenzo no solo fue un estratega, fue un dirigente nato cuyo carisma, visión y conexión con las comunidades nativas lo convirtieron en el dirigente central de una guerrilla que crecía en fuerza, en apoyo popular y en capacidad organizativa. Fue la fuerza de una lucha que trascendió lo político: era la lucha por el alma de una nación que aún no reconocía a sus verdaderos hijos.

El 28 de noviembre, Lorenzo fue capturado por soldados de la base militar estadounidense instalada en Panamá, símbolo de la traición de un Estado que, en vez de defender su soberanía, había entregado el istmo a los intereses imperiales. Desde la venta de la provincia panameña por parte de Colombia a los Estados Unidos, el dominio extranjero se convirtió en verdugo de los sueños de libertad.

Victoriano Lorenzo fue un libertador. Su historia, muchas veces silenciada o distorsionada, es la historia de todos los pueblos que se niegan a doblegarse ante la injusticia.

El gobierno colombiano, en una muestra de represión contra los pueblos originarios y sus dirigentes, ordenó a las autoridades estadounidenses la captura del General de División de las tropas nativas, Victoriano Lorenzo, acusándolo sin pruebas de “bandolero”, “chusmero” y agente del terror. Estas etiquetas, cargadas de odio clasista y racismo, justificaron su eliminación como actor político y defensor de los derechos de los pueblos originarios y de la sociedad campesina.
El 15 de mayo de 1903, en el contexto de una creciente presión imperialista sobre el Istmo de Panamá, el coronel John Hubbard, comandante de la base militar estadounidense en territorio panameño, comunicó al general Pedro Sicard Briceño, comandante militar colombiano en la región, que el presidente José Manuel Marroquín había informado a las autoridades estadounidense, los supuestos vínculos de Victoriano Lorenzo con el comunismo internacional, una acusación anacrónica e insostenible, utilizada como excusa para su asesinato. “Mi general, de acuerdo al comunicado del presidente de Colombia, entiendo que ese indio bandolero debe ser fusilado”, dijo Hubbard.

Ese mismo día, en la plaza pública de Chiriquí, el Estado colombiano ejecutó al General de División Victoriano Lorenzo. Lo mataron no solo para silenciar su voz, sino para enviar un mensaje: a quienes se levantan contra la injusticia, serán castigados con la muerte.

Victoriano Lorenzo no era un político tradicional, pero sí un férreo opositor al tratado entre Estados Unidos y Colombia para la construcción de un canal interoceánico. Para él, este acuerdo representaba una traición imperdonable a la patria y una afrenta a la dignidad del pueblo colombiano. Lorenzo, con claridad visionaria, advirtió que la separación de la provincia no significaba independencia, sino una peligrosa entrega: la sumisión al naciente poder imperial de los Estados Unidos. En sus palabras y acciones se reflejaba una resistencia que iba más allá de lo territorial; era una defensa del derecho de los pueblos a decidir su destino.

Antes de la ejecución, Victoriano Lorenzo pronunció palabras que hoy resuenan con vigencia estremecedora:

“Compañeros y maestranzas (trabajadores), no ofrezcan su sangre por intereses ajenos.
No mueran defendiendo fortunas que no les pertenecen, no se enfrenten entre hermanos por causa de quienes históricamente nos han explotado. Somos un solo pueblo, una sola patria, y compartimos la misma dignidad. Cada vida que se pierde en nombre de una bandera manipulada es una familia rota, es un niño huérfano, una madre viuda, una comunidad herida.

Hoy están entregando el Istmo de Panamá en negociaciones que se hacen a espaldas del pueblo. Mañana seguirán vendiendo lo que queda de nuestra tierra. No permitamos que sigan troceando la nación como si fuera mercancía. ¡Despertemos! La patria no se vende: se defiende, pero no con armas al servicio del opresor, sino con la conciencia, la unidad y la resistencia de un pueblo que ya no está dispuesto a arrodillarse.
Tras la separación, la provincia caerá en «las garras del imperio de los Estados Unidos”.

Solo dos meses después, el 24 de julio de 1903, el periodista José Sacrovir Mendoza, director del periódico El Lápiz en la ciudad de Panamá, publicó un artículo enalteciendo la lucha de Victoriano Lorenzo, defensor de las tierras y los derechos de los pueblos ancestrales y del campesinado. El general José Vázquez Cobo, pieza fundamental del régimen en Panamá ordenó el allanamiento, destrucción y clausura de la imprenta. Mendoza fue torturado salvajemente y se le prohibió ejercer el periodismo.

Pasaron mas de seis décadas para que, el 30 de enero de 1966, la Asamblea Nacional de Panamá declarara oficialmente que la ejecución del General de División Victoriano Lorenzo, fue un acto injusto y lo reconociera como auténtico dirigente popular.

Victoriano Lorenzo y Quintín Lame levantaron la bandera de la dignidad de los pueblos originarios y abrieron el camino de una resistencia de 600 años, una resistencia que no se rinde.
La sangre de este panameño transformó conciencia. Su voz aún resuena en cada montaña, en cada rio salvaje y en cada llanura…

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