Una conversación en la eternidad. La insurrección del alma

Por: Keshava Lìévano

Para mi amigo Jorge Enrique Botero

( El escenario: una banca de madera bajo un árbol viejo. No hay uniforme, ni micrófono. )

Bateman:

—¿Sabe, compañero? Yo me morí antes de tiempo. A veces me pregunto qué habría pasado si hubiera llegado a La Uribe ese día. Si le hubiera podido hablar claro al viejo Marulanda. Decirle que no bastaba con resistir, que había que convencer. Que la revolución sin pueblo se marchita como flor sin agua.

Mujica:

—Y yo estuve muerto por dentro durante años. Pero el encierro enseña, hermano. Le enseña a uno a mirar adentro. Descubrí que la peor cárcel no son los barrotes, sino el odio. Salí sin rencor, aunque con muchas cicatrices.

Bateman (riendo):

—Nosotros queríamos cambiarlo todo. Y rápido. Éramos jóvenes, carajo. Le apostamos a la poesía armada. Pero también queríamos gozar, bailar salsa, amar a nuestras mujeres sin miedo. El pueblo no es un cuartel. Es un festival.

Mujica:

—Eso nunca lo entendieron bien los de corbata ni los de botas. La revolución no es una foto en sepia, ni un mausoleo. Es un gesto cotidiano. Es compartir la comida aunque no alcance. Es no venderse aunque te tienten.

Bateman:

—Y es saber reírse, hasta de uno mismo. Nosotros nos robamos la espada de Bolívar no para hacer la guerra, sino para recordar que esa historia también era nuestra. Quisimos que el pueblo volviera a creer que tenía derecho a los símbolos. A la memoria.

Mujica:

—Sí, hermano. Pero también había que aprender a perder. A negociar sin rendirse. A no enamorarse del poder. A gobernar sin olvidar que el poder es apenas un accidente, no una virtud.

Bateman:

—Vos fuiste presidente. Y viviste como un campesino. Eso no lo hace cualquiera.

Mujica (encogiéndose de hombros):

—Lo hice para poder dormir tranquilo. No hay heroísmo ahí. Solo sentido común. ¿Para qué quiero más de lo que necesito? Si al final, nos vamos sin nada.

Bateman:

—¿Y la rebeldía?

Mujica:

—Sigue viva. En los jóvenes que no se tragan el cuento. En los que siembran, en los que enseñan, en los que no se arrodillan. La rebeldía no pasa de moda. Cambia de rostro. Se vuelve canción, huelga, olla popular, beso.

Bateman (con nostalgia):

—Me hubiera gustado conocerte en vida. Ir a tu chacra, escuchar a tu perro de tres patas, contarte un chiste malo mientras bailamos un porro.

Mujica (riendo):

—Y yo habría querido escuchar más de tu locura, esa que se atrevió a pensar que la izquierda podía sonreír, seducir, reconciliarse con la ternura.

Bateman:

—¿Y sabe qué, viejo? Quizás no llegué a La Uribe, pero llegué hasta aquí. A esta charla. A este silencio compartido.

Mujica:

—Porque hay cosas que ni la muerte detiene. Como la memoria. Como la esperanza.

Bateman:

—Y como el amor… que también es una trinchera.

Mujica (mirando al cielo):

—Y como la humildad… que también es una victoria.

[Los dos se quedan en silencio un momento. Se escucha un zumbido de abeja. Y más allá, una carcajada lejana. Tal vez de un niño. Tal vez de un pueblo entero que aún sueña.

Siguen sentados bajo el árbol. La luz cambia como si el tiempo no tuviera prisa. El recuerdo empieza a doler menos.]

Bateman (mirando al suelo):

—¿Sabés qué me pesa, Pepe? Que creímos que con las armas podíamos abrir la puerta del futuro. Y no. Las armas sirven para pelear, no para convencer. Y convencer… eso es más difícil.

Mujica:

—Las armas son hijas de la impaciencia. Y de la desesperación. A veces uno toma el fusil porque no le queda otra. Porque el mundo se le viene encima. Pero después, cuando pasa el fuego, uno se da cuenta de que con el fusil en la mano, es muy fácil olvidarse de la flor.

Bateman (con los ojos entrecerrados):

—Nosotros quisimos tener razón a toda costa. Y en esa pelea, a veces nos olvidamos de las razones de los otros. Pensábamos que el pueblo necesitaba líderes con coraje, y sí, pero también con ternura. La revolución no era solo una estrategia, era una forma de amar.

Mujica:

—El amor es más subversivo que la metralla. Una mujer criando con dignidad, un campesino compartiendo lo que no tiene, un maestro enseñando sin salario… eso sí es una revolución. Silenciosa. Indestructible.

Bateman (más animado):

—Y las mujeres… ¡Ay, hermano! Las mujeres sostuvieron todo mientras nosotros jugábamos a la guerra. Cocinaron, curaron, escondieron, criaron, resistieron… y nunca las pusimos en el centro. Ni en el discurso, ni en la estructura. ¡Qué ciegos fuimos!

Mujica (asintiendo, serio):

—Si hay justicia alguna en este mundo, será feminista. Ellas nos han mostrado que no se trata de imponer, sino de cuidar. No de mandar, sino de tejer. Y eso no lo enseñan las armas. Lo enseña el fogón, la partera, la abuela, la hermana que da la vida por sus hijos y por una causa que a veces no la nombra.

Bateman:

—Yo recuerdo a muchas. Comandantas sin título. Mujeres que nos cargaban a todos. A veces con la mirada. A veces con un café caliente en medio de la selva. No hay victoria sin ellas. Ni paz posible que no pase por sus voces.

Mujica:

—¿Sabés qué aprendí en la chacra? Que la solidaridad no se decreta. Se cultiva. Como una huerta. Se riega con paciencia, se cosecha con alegría. Si no somos capaces de compartir lo que tenemos, entonces no estamos haciendo política, estamos haciendo egoísmo organizado.

Bateman (pensativo):

—A veces sueño que regresamos. Vos y yo. No con discursos ni con escoltas. Sino caminando entre la gente. Ayudando a cargar un bulto. Escuchando a la señora de la tienda. Jugando con los pelados. Sembrando algo. ¡Hasta un abrazo puede ser una barricada, viejo!

Mujica (con media sonrisa):

—No hay revolución más profunda que mirarse a los ojos sin miedo. Ni más peligrosa para el sistema que dos personas que se cuidan sin condición. Eso no lo tumba ni el olvido.

Bateman:

—¿Y sabés qué? Creo que aún hay tiempo. No para nosotros, tal vez. Pero sí para los que vienen. Si les dejamos las semillas. No las órdenes. No los dogmas. Las semillas.

Mujica:

—Y si les enseñamos a bailar mientras luchan. A amar mientras construyen. A no odiar mientras resisten. Entonces sí habrá esperanza.

[El viento mueve las hojas. Desde algún lugar se escucha una canción. Podría ser una cumbia. Podría ser una marcha. O podría ser el corazón de América Latina latiendo, una vez más, con dignidad.]