Vivir bajo el signo del bloqueo es una historia real

Vivir en Cuba es, cada vez más, un ejercicio cotidiano de resistencia y adaptación. Las rutinas se reordenan, los trayectos se alargan y las prioridades se redefinen al ritmo de una realidad marcada por la escasez.

Desde hace más de seis décadas, el bloqueo impuesto por Estados Unidos condiciona el desarrollo económico y social del país. En los últimos años, su recrudecimiento —particularmente durante la administración de Donald Trump— profundizó el cerco sobre sectores estratégicos como la energía, haciendo más frágil el acceso al combustible y encareciendo cada eslabón de la vida cotidiana.

Las consecuencias no se expresan solo en cifras macroeconómicas o informes oficiales. Se sienten en la espera interminable de un ómnibus, en el aumento de los precios, en la basura que tarda en recogerse, en el esfuerzo adicional que exige sostener una familia. Pero también se manifiestan en la respuesta colectiva: en la solidaridad espontánea, en las soluciones comunitarias y en la voluntad de resistir sin renunciar a la dignidad.

La crisis energética, afecta de forma desigual a las personas con menos recursos. Foto: Marcelino Vázquez Hernández/ Cubadebate

A sus 67 años, Juan Pablo avanza despacio bajo el sol de febrero, un sol que por estos días se siente más cercano al de julio o agosto. En la franja costera —como él mismo dice— ni la piel morena salva de los vapores que se levantan al estar tan cerca del mar. El calor aprieta y el cansancio se nota en cada paso.

Jubilado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y recontratado en una empresa ubicada en el municipio Cerro, Juan Pablo es uno de los tantos habitantes del este de La Habana afectados por la escasez de transporte público y el encarecimiento acelerado de las opciones privadas tras las limitaciones impuestas por el el cerco energético.

“Imagínate, a los que vivimos al otro lado del túnel esta situación nos pone en una condición muy difícil. La única boca de entrada y salida es el túnel, y con el poco transporte que hay, casi la única alternativa decente que nos queda, ante la falta de guaguas, es el ciclobús, que no está hecho para nosotros”, comenta, casi agitado por la caminata forzada.

Residente en la comunidad Camilo Cienfuegos desde hace más de una década, reconoce que el transporte hacia esta zona nunca ha sido sencillo, salvo durante un período en que se incorporaron ómnibus nuevos. Hoy, sin embargo, la situación es sensiblemente peor.

“Uno sabe por la situación que atraviesa el país y por el bloqueo de combustible de los americanos, pero la vida sigue y hay que abrirse paso entre las dificultades”, resume, con resignación.

Al otro lado de la acera, casi en fila india, una línea irregular de motos, bicicletas y personas se pierde entre la maleza, todos a la espera del próximo ómnibus “salvador”, que puede tardar horas o, simplemente, no llegar.

“Son de 400 a 500 pesos solo por cruzar el túnel”, dice indignado Rafael, un joven de 22 años que necesitaba llegar con urgencia a casa de su suegra. “Por la noche es mucho peor: te pueden clavar mil pesos, ¿y qué vas a hacer? Muchos choferes se quejan de que no hay combustible y, si aparece, dicen que está a más de 4 000 pesos el litro. Esto es insostenible”.

En medio del complejo panorama, surgen también soluciones parciales. Los llamados “trencitos” —microbuses eléctricos— se han convertido en una alternativa para algunos trayectos.

“Muchacho, buenísimos”, comenta una señora instantes antes de abordar uno de estos vehículos, que desde hace unos meses conecta el Hospital Naval con otros puntos del municipio, el de mayor extensión territorial de La Habana.

Pero el impacto de la crisis energética no se limita al transporte. Otra de las problemáticas que reconocen los vecinos de esta comunidad capitalina es la acumulación de basura. El barrio, declarado Monumento Nacional hace varios años y tradicionalmente identificado por su limpieza, parece haber dejado atrás la imagen cuidada de otros tiempos.

Foto: Cubadebate

“Lo de la basura no tiene nombre. Este barrio siempre fue muy limpio, casi una excepción dentro de la suciedad que a veces se ve en otras zonas de La Habana. Pero parece que la burbuja se rompió”, lamenta Magalis, residente del lugar desde hace más de 30 años.

“El Camilo siempre fue un barrio modelo, limpio, chapeado. Eso ya no es así. Y lo peor no es solo que no recojan la basura, sino que ahora la ‘solución’ de comunales es prenderle candela a los desechos que quedan fuera de los tanques. ¿A quién se le ocurrió eso? Además del humo, que es insoportable, se queman los jardines, las áreas verdes de la comunidad y hasta los propios tanques. Es una barbaridad”.

La falta de combustible también repercute de manera directa en los precios de los alimentos. Al otro lado de la “ciudad”, como dicen los vecinos, los costos parecen inflarse como el globo de Matías Pérez.

“Hace dos semanas el aceite estaba a 920 pesos, después desapareció y ahora reapareció a 1 200. El huevo volvió a subir a  y así pasa con muchos productos”, se queja Miriam, mientras muestra una jaba casi vacía que evidencia el alto costo de la vida.

La situación se agrava cuando, en muchos establecimientos, solo se acepta efectivo o se imponen restricciones al uso de los canales de pago digitales. Algunas mipymes limitan el porcentaje de compra por transferencia, mientras que vendedores del mercado agropecuario aseguran no poder operar sin efectivo, porque —dicen— el banco no les permite extraer dinero para pagar a los productores que les suministran mercancías.

“El pan más o menos se ha mantenido, pero el pollo subió a 450 pesos la libra en algunos lugares, el espagueti a 500, el puré de tomate a 500 y la pasta dental a 400”, enumera Ernesto a la salida de una mipyme.

Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

“Es verdad que las mipymes son caras, pero ¿dónde compramos alimentos? En la bodega no hay casi nada y la única tienda del barrio vende en dólares. Todo se vuelve muy difícil. Mi mamá es diabética y necesita leche en polvo; aquí la más barata cuesta más de seis dólares”,

Sin embargo, en medio de la escasez, el calor y las carencias, también aflora la solidaridad. Ramón, chofer de un vehículo particular, cuenta que cada vez que se dirige hacia La Habana recoge al menos a dos personas en el punto de embarque cercano al Hospital Naval.

“Uno no puede mirar para otro lado”, dice. “Hoy ayudas tú, mañana te toca a ti”.

Historias como las de Juan Pablo, Rafael, Magalis o Miriam revelan cómo el bloqueo energético impuesto por Estados Unidos trasciende cifras macroeconómicas y sanciones abstractas para instalarse en la vida cotidiana: en el precio de un pasaje, en una caminata bajo el sol, en la basura que se acumula o en la jaba que regresa medio vacía a casa. En ese escenario adverso, los cubanos continúan buscando salidas, reinventándose día a día, y sosteniéndose, muchas veces, unos a otros.

Vivir y moverse en Alamar

Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

El que trabaja en la calle no necesita que le expliquen cómo va “la cosa”. Lo intuye en el gesto del pasajero que duda antes de subir, en el amigo que deja el carro porque no encuentra piezas, en el vecino que cocina con leña porque la balita de gas no aparece. La calle es un radar. Y el que la habita todos los días aprende a leer sus señales.

Por eso, para entender lo que pasa en Alamar, uno tiene que subirse a un almendrón. Sentarse al lado del que maneja. Y preguntar.

Julio Morales tiene cincuenta y dos años y un almendrón color crema del 86. Vive en la Avenida de Los Cocos, en un edificio de cinco pisos, con sus padres, su esposa y su hijo pequeño. Desde hace nueve años trabaja por cuenta propia haciendo la ruta entre Micro X y Hotel Sevilla.

En Alamar, un viaje en carro hasta La Habana cuesta hoy quinientos pesos. Hace cuatro semanas costaba trescientos. En diciembre, doscientos cincuenta.

No hay un anuncio oficial que explique esta progresión, ni un gráfico con curvas ascendentes publicado en algún medio de comunicación. La subida simplemente ocurre, cada mañana, en el forcejeo entre el que necesita llegar y el que tiene las llaves de un carro. El chofer pone un precio, el pasajero pone la necesidad, y la necesidad —casi siempre— termina pagando.

“Hace cuatro semanas, aunque el precio era trescientos, ya había quien te quería cobrar cuatrocientos —dice. Ahora quinientos, si te llevan bien. Si llueve, si es muy tarde, si el chofer tiene la cara dura… pues seiscientos y hasta mil.

¿Quién pone esos precios?

“Cada quien. Depende a cómo esté el combustible”.

Julio no cobra mil. Dice que él tiene “un precio justo”, aunque justo sea una palabra que en este contexto suena a otra época. Pero admite que a veces, cuando el día ha sido largo y el sol aprieta, y aparece alguien con un niño en brazos, uno puede tentarse a pedir más. No porque sea malo, aclara, sino porque el que tiene el carro también tiene necesidades: la comida, el combustible, los repuestos del carro.

En Alamar hay muchos triciclos.

“Son una invención de la necesidad —explica—. Bicicletas adaptadas con un asiento trasero, a veces con un toldo de lona para el sol, a veces sin nada. Por dentro del municipio cobran cien pesos. Pero si le pides que te lleve hasta el Naval, el precio sube a doscientos cincuenta”.

Me cuenta que conoce a un muchacho, no tendrá más de veinticinco años, que pedalea bajo el sol de las dos de la tarde y lo ha visto con señoras mayores en la parte de atrás.

“Las mujeres van con sus jabas de tela —dice Julio—. El muchacho pedalea, suda, negocia el precio mientras avanza. Cuando llegan al destino, ellas pagan sin discutir. Caminar hasta el Naval con una jaba, con el calor, con la edad, es otra historia”.

El muchacho se llama Yandry. Julio lo conoce de verlo siempre en la misma esquina. Antes trabajaba en la construcción, pero la construcción paró porque no hay materiales. Ahora tiene el triciclo, que es un negocio del papá, pero lo maneja él.

¿Cuánto hace al día?

“Depende. Si hay sol, si no llueve. A veces cinco mil”.

¿Y acepta transferencia?

“¿Transferencia? Aquí lo que vale es el dinero en mano. El que tiene el dinero en el móvil no puede pagar, ni a él, ni a mi, ni a casi nadie”.

Julio guarda silencio un momento mientras conduce.

“Eso es lo que pasa —dice por fin—. El que tiene el dinero en el móvil no puede comprar. El que vende no puede aceptar transferencia porque no puede extraer. Y sacar efectivo en el banco es limitado. Es un círculo. Y uno queda en medio”.

El dinero en efectivo se ha convertido en un problema casi tan grande como la falta de combustible.

Las mipymes ya casi no aceptan pago por transferencia. En estas últimas semanas casi ningún negocio en Alamar lo admite. Los dueños te miran y dicen que no, que solo efectivo, que lo sienten.

“Es que tienen el dinero atrapado en las tarjetas ( más de 120 mil pesos)” —me explicó una mujer que vende en una mipyme relativamente nueva en la esquina de la Plaza de África, en la zona 7. Venden, les pagan, el saldo crece, y llega un momento en que ya no pueden aceptar más porque no tienen cómo extraerlo”, asegura Julio.

Los bancos, con los horarios nuevos, son fortalezas inaccesibles para el que trabaja. Abren cuando muchos empiezan la jornada, cierran cuando aún están en la calle. Y cuando logras llegar, la cola da la vuelta a la manzana.

Por otro lado, la Cadeca te da dos mil pesos a veces, si es que te quieren ayudar. Y dos mil pesos hoy, son cuatro viajes en carro. O la comida de dos días para una familia de tres.

“A veces tienes el dinero, pero como no puedes pagar por transferencia, se complica la cosa. Se complica de una manera que solo el que lo vive entiende”, afirma Julio.

Mientras conduce, Julio señala con la cabeza hacia una mujer que cruza la calle.

“He visto esta escena repetirse en el agro, en el puesto de la vianda, en la casa de esa señora que vende huevos. La señora se llama Mimi —dice—. El otro día la vi, contando los huevos uno por uno. Me explicó su situación”.

Mimi vive en el edificio de Julio. Ella recibe, mensualmente, dinero de sus hijos que están en el extranjero. Ese dinero lo tiene en el móvil. Pero para comprar aquí, para comprar en la calle, necesita efectivo. Entonces tiene que ir al banco, hacer cola, esperar. A veces logra sacar, a veces no. Y mientras tanto, los precios suben.

“Ella me dijo algo que no se me olvida: “Lo más triste es tener el dinero y no poder gastarlo. Es como no tenerlo”, dice Julio.

“Así se forma un círculo —dice Julio, negando con la cabeza, casi para sí mismo—: el que tiene el dinero en el móvil no puede comprar; el que vende no puede aceptar transferencia porque no puede extraer; el banco no da tanto efectivo. Todos terminamos atrapados”.

Seguimos avanzando. Por la ventana se ven las colas, la gente que espera. Julio conduce con una mano, con la otra señala hacia un grupo de personas reunidas junto a una esquina.

Algunos vecinos se ven en la obligación de cocinar con leña en medio de la crisis energética. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.

“¿Ves eso? Es el gas”, dice.

En Alamar no hay gas de la calle. Es por balita, esas bombonas de metal que duran, si se cocina con cuidado, tres meses. Pero hacía seis meses no entraba gas en el municipio.

“La gente cocinaba con lo que podía: con electricidad cuando había luz, con carbón cuando no, con leña cuando encontraban. Ahora está entrando, pero las colas son terribles. Seis meses sin gas es cocinar con lo que sea, con lo que se pueda, con lo que se invente”.

Mientras hablamos, el almendrón sigue su ruta.

“Pero mira —continúa Julio—, aquí no se va la luz el día entero. Tiene que ser una excepción que la quiten cinco horas, por ejemplo… pero es el quita y pon todo el tiempo. Y lo peor no es la luz —enfatiza—, lo peor es el agua. Cuando no hay luz, el motor del edificio no funcionan. Y sin agua, no hay nada.

Ya por el túnel, la conversación cambia de tono. Julio me cuenta que ha pensado en dejar el carro. Que la gasolina está por las nubes, que los pasajeros a veces no tienen para pagar.

“Pero ¿qué voy a hacer? —pregunta, y la pregunta parece no ir dirigida a mí—. Esto es lo único que sé”.

Salimos del túnel. Llegamos a La Habana cuando ya es casi de noche. Las calles están oscuras, más oscuras que antes.

Julio me deja en mi destino. Le pago los quinientos pesos. Él los guarda en el bolsillo de la camisa.

“Bueno, hasta la próxima”, me dice.

Y arranca de vuelta hacia Alamar.

Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

El bloqueo también pasa por Boyeros

La carretera que conduce al Cacahual luce hoy irreconocible. Esta vía, antaño protagonista del tránsito que conecta a Santiago de las Vegas —municipio habanero de Boyeros— con el resto de la capital, ofrece una imagen distinta.

El asfalto, antes testigo del ir y venir incesante de camiones, ómnibus y automóviles particulares, refleja ahora un silencio incómodo, apenas interrumpido por el paso esporádico de algún vehículo de alquiler o el pedaleo lento de quienes no tienen otra alternativa para desplazarse.

La huella del bloqueo petrolero impulsado por la administración Trump es una realidad palpable que golpea el bolsillo, trastoca rutinas y redefine la vida cotidiana. Aquí, el cerco se siente en cada esquina, en cada rostro, en cada conversación.

En el barrio de Villanueva, María y Fidel comparten algo más que el techo y la mesa. Este matrimonio de emprendedores ha logrado, con esfuerzo y el aporte decisivo de su hijo mayor —emigrado hace años a Estados Unidos—, mantener a flote un pequeño negocio que constituye el sustento familiar. La preocupación se refleja en los ojos de María mientras ordena algunas mercancías en el mostrador. “Ya no podemos seguir comprando combustible en el mercado negro —exclama con impotencia—. El precio ha alcanzado los seis mil pesos. Imagínate, si yo trasladara ese gasto a los productos que vendo, se volverían impagables para cualquier cubano”. Sin embargo, reconoce que su suerte ha sido distinta a la de otros cuentapropistas del barrio: su hijo, consciente de las dificultades, logró adquirir desde el exterior un triciclo eléctrico que hoy les permite abastecer el inventario sin depender del combustible racionado ni del mercado ilícito.

Fidel, hombre de hablar pausado, advierte: “Yo entiendo la situación del país, entiendo el bloqueo, entiendo todas las limitaciones. Pero lo que no entiendo, y no puedo aceptar, es que nos exijan precios topados a algunos productos y luego el propio Estado los viole vendiendo en las tiendas en dólares a precios muy superiores”. Su reclamo apunta directamente a una contradicción: “El pollo, la leche, el aceite, las pastas alimenticias… todo eso lo expenden en las tiendas de referencia en dólares a precios que, al cambio oficial del Banco Central, superan lo establecido en la resolución”.

En el centro de Santiago de las Vegas la vida transcurre de otro modo. En las áreas cercanas a la terminal de ómnibus, el fenómeno adquiere una dimensión distinta. Donde antes se agolpaban decenas de vehículos en busca de pasajeros, hoy apenas dos o tres autos permanecen estacionados, con sus propietarios recostados al capó, esperando pacientemente que alguien pueda costear el viaje.

Tatiana aguarda dentro de un almendrón con su pequeña hija en el regazo. En su rostro no hay rastro de tranquilidad. “Un viaje a La Habana cuesta hoy mil pesos —dice—. Si alguien me hubiera dicho hace un mes que esto iba a pasar, simplemente no lo habría creído. Ya pagar cuatrocientos pesos me parecía un absurdo. Pero lo pago porque mi hija tiene consulta en el William Soler”.

El intercambio con varios transeúntes revela una preocupación que trasciende lo económico. Josefa, enfermera jubilada que dedicó cuarenta años al sistema de salud pública, camina lentamente por la acera llevando de la mano a su nieta Odette. “Tres veces a la semana la llevaba a recibir clases de piano en Altahabana —explica—. La niña tiene talento, de verdad. Su profesor dice que progresa muy rápido”.

Sin embargo, las circunstancias han obligado a interrumpir las lecciones. “Ya no puedo, me cuesta 700 pesos por persona hasta el Puente de 100. Eso es más de lo que cobro de pensión en un mes”. Con voz cargada de angustia añade: “Me preocupa mucho el futuro de mi nieta. Me preocupa el futuro de todos los niños que están siendo afectados por esta medida absurda. ¿Qué clase de bloqueo es este que le niega a una niña la posibilidad de estudiar?”

El aumento exponencial del precio del combustible ha generado una reacción en cadena en esta zona del sur habanero. Los productos de primera necesidad han escalado de forma abrupta, desafiando cualquier lógica económica que no sea la de la oferta y la demanda en condiciones de escasez extrema. Una bolsa de pollo de diez libras alcanza hoy los 4800 pesos. El aceite comestible, cuando se encuentra, oscila entre 1600 y 1800. La leche en polvo, imprescindible para la alimentación infantil, supera los 2800 pesos por paquete de un kilogramo.

Curiosamente, los productos del agro mantienen cierta estabilidad en sus precios. Los campesinos de las zonas aledañas continúan llegando con sus cosechas, ofreciendo viandas, hortalizas y frutas a precios que, aunque elevados, no han experimentado el crecimiento exponencial de otros rubros. Sin embargo, el alza ya golpea otros sectores: los servicios de impresión, la reparación de teléfonos celulares se ha encarecido significativamente; gimnasios y barberías también han elevado sus precios, aunque aparentemente no dependen del combustible para operar con normalidad.

Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

Trabajar para comer

La vida de Luisa es un calvario con su propio guion. Ser madre soltera es duro, más cuando son dos hijos. Se pasa el día haciendo cuentas: el cuido del más pequeño que cuesta 4 000, la merienda de los dos, el “refuerzo” del almuerzo del mayor, el paquete de pollo…

La incertidumbre la golpea; la asaltan los miedos de sentirse menos madre porque hay veces en que el “refuerzo” no puede llevar carne, y echar un perrito en un pozuelo es un lujo inalcanzable. Ya ni recuerda la última vez que comió huevo: del cartón que compra al mes hace una tortilla con un solo huevo cada día y la divide entre los dos niños, junto al pan duro de la bodega y un vaso de refresquito Zuko, porque “tener leche es cosa de millonarios”.

Luisa trabaja limpiando casas o en lo que aparezca. Hace tres días la llamó una clienta en Centro Habana; ella vive en el reparto Martí, en el Cerro. Salió rumbo a la Avenida Boyeros, pero no podía pagar los 500 pesos que le cobraba el almendrón. Caminó un poco más para probar suerte y, de cuadra en cuadra, llegó hasta Centro Habana. El regreso fue igual.

Ahora se alegra porque dicen que en la bodega darán algunas cositas de la donación de México, y porque por fin vino el gas. Hace dos meses vendió unos trapos, cambió el teléfono por uno de teclitas y pagó 40 000 pesos por una balita llena. Se pasa el día haciendo cuentas y todo, absolutamente todo, lo gasta en comida, en lo que puede, para “malamente” alimentarse.

“Para ponerle un plato de comida en la mesa a mis hijos hago lo que sea, menos robar. Pero la cosa está durísima. Todos los días me acuesto llorando porque no sé si lo estoy haciendo bien”.

Ahora lo que queda es silencio

La falta de combustibles, acentuada este año tras las recientes medidas de Trump, ha convertido al Casino Deportivo en un espacio marcado por la escasez. Los basureros improvisados y sin poderse recoger, se multiplican en cada esquina generando malos olores y atrayendo plagas.

La tala indiscriminada de árboles dentro del propio reparto para hacer leña, porque tampoco hay gas licuado, ha borrado la sombra y frescor que antes protegía a los vecinos del sol en muchos sitios de la comunidad.

Las disímiles fosas abiertas, algunas con agua limpia desperdiciada, otras con aguas estancadas, representan un riesgo sanitario evidente en cualquier sitio. Los servicios de Aguas de La Habana necesitan gasolina o petróleo para sus vehículos, y también se han visto afectados con la situación actual a la que nos quieren someter los “dueños” del imperio.

A ello se suma el problema de movilidad: para salir del reparto y acceder a algún transporte público, los vecinos deben caminar kilómetros, pues solo dos rutas entran al lugar, la A-65 y la A-14, y su paso ocurre únicamente en la mañana y luego entre las cinco y las siete de la tarde ya que el transporte urbano quedó limitado drásticamente.

Para los asmáticos también la falta de fluido eléctrico constituye una gran dificultad. Al no haber balones de oxígeno en el policlínico, estos fueron sustituidos por nebulizadores compresores portátiles eléctricos. Cuando hay apagones, no pueden prestar servicio a quien lo necesite, y las personas deben dirigirse al hospital “más cercano” (con asma, y sin transporte).

Raquel, una vecina del municipio capitalino de Boyeros pasa las hora del apagón a la luz de una pequeña lámpara. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.

Voces desde la comunidad

Las palabras de los vecinos reflejan tanto la nostalgia de lo antiguamente logrado como la indignación ante el abuso del gobierno de Donald Trump. “Aquí jugábamos pelota hasta entrada la noche, con las luces encendidas y la música de fondo. Ahora lo que queda es silencio (entre tantas horas de apagones) y basura”, recuerda Rafael Verdecia, vecino de la zona desde hace más de 40 años.

María Elena González, madre de dos pequeños, lamenta: “La tala indiscriminada porque necesitamos la leña también para poder comer y subsistir, nos ha quitado por otra parte la sombra y el frescor. Ya no hay ni dónde refugiarse del sol”.

Luis Pérez, trabajador comunitario, advierte: “Las fosas botadas son un peligro. Algunas tienen agua limpia, otras están contaminadas, y nadie se ocupa de cerrarlas. No porque no se quiera sino porque no hay combustible para traer el equipamiento necesario para resolver los problemas. Es un riesgo inminente para la salud”.

Y Teresa García, profesora jubilada y recontratada, afirma con pesar: “El Casino era un lugar de orgullo. Hoy es un símbolo del brutal bloqueo a que estamos siendo sometidos. Nosotros, sus habitantes, no podemos permitir que se pierda del todo”.

A estas voces se suma la queja constante sobre el transporte. “Para poder coger una guagua tenemos que caminar kilómetros o coger bicitaxis, que apenas hay, sin contar lo que te cobran”, menciona Alejandro Mesa.

“Solo entran dos rutas y pasan en horarios limitados. Es como si estuviéramos aislados”, denuncia Ernesto, joven trabajador que cada día enfrenta el reto de llegar a su empleo en El Vedado. “De la Ciudad Deportiva a la Biblioteca Nacional, que son apenas dos kilómetros por la avenida Boyeros, me han cobrado hasta 300 pesos”, comenta angustiado.

Entre la nostalgia y la esperanza

El Casino Deportivo padece el impacto directo y abusivo del bloqueo del gobierno de los Estados Unidos hacia nuestro archipiélago. Sin embargo, entre la tristeza y la indignación, persiste un hilo de esperanza: los vecinos reclaman, denuncian y luchan contra lo que está sucediendo; y sueñan con la recuperación de este, su lugar emblemático.

Entuertos en la carretera

Hace algunas semanas, un taxi desde La Habana Vieja hasta el Paradero de Playa costaba 400 pesos. Cinco días atrás, el mismo trayecto se pagaba a 600. No es solo una cifra: es el síntoma visible de una cadena que se tensiona cuando el combustible escasea.

En el mercado informal, el litro de gasolina ha llegado a alcanzar los 6 000 CUP en algunas zonas de la capital, un precio impensable meses atrás y que explica, en parte, la paralización progresiva del transporte.

Buena parte de las camionetas y almendrones que conectan La Habana con Mayabeque han dejado de salir por falta de diésel. La consecuencia es inmediata: trabajadores que no pueden trasladarse, estudiantes que ven interrumpida su asistencia regular, familias incomunicadas por falta de transporte.

Conseguir un carro se ha convertido en una urgencia, y ya hay quienes aceptan cualquier precio con tal de poder moverse. Otros deben resignarse, pues no todos los bolsillos soportan una inflación que se ha vuelto un gigante voraz en apenas unas semanas.

En los mercados, el impacto es directo. Los alimentos, que necesariamente deben transportarse por carretera, han incrementado sus precios. El aceite, por ejemplo, oscila entre 1 600 y 1 800 pesos en algunas zonas capitalinas. Cada aumento es una presión adicional sobre economías domésticas ya tensionadas.

Pablo tiene un punto de venta de artículos del hogar en San Miguel del Padrón, y ha visto reducirse casi al 30% el comercio de sus productos en la última semana. “En tiempos de crisis las personas priorizan la comida y el aseo”, reconoce, al referirse a un fenómeno del que es imposible escapar, tanto para el sector estatal como el privado.

La electricidad tampoco escapa a la crisis. En San Miguel del Padrón los apagones alcanzan un promedio de 12 horas diarias.

Al interior del país, la situación se complejiza. En municipios como Nueva Paz, en Mayabeque, o Unión de Reyes, en Matanzas, apenas se han registrado dos o tres horas continuas de servicio eléctrico en los últimos días. Y cuando se va la luz, muchas veces también desaparece el agua, la telefonía fija y la red móvil. Pueblos enteros quedan a oscuras e incomunicados.

La afectación alcanza también a la educación. En los preuniversitarios de esas mismas zonas rurales, donde la distancia entre cada pueblo es de varios kilómetros, se han debido reajustar las dinámicas docentes ante las dificultades de transporte y movilidad. En algunos casos, un profesor por pueblo asume la responsabilidad de impartir la docencia, de acuerdo con las posibilidades reales de traslado.

En el ámbito laboral, varias entidades han implementado modalidades de trabajo a distancia para reducir el consumo de combustible y garantizar la continuidad de servicios esenciales.

Al otro lado de la ciudad

En la capital es evidente la reducción del transporte a menos de la mitad de lo habitual, y las paradas de autobuses, antes abarrotadas, se han convertido ahora en puntos de encuentro de personas que caminan largas distancias sin la certeza de llegar a tiempo a sus destinos.

Maritza Fernández, residente en el municipio Playa, explica a Cubadebate cómo la situación ha alcanzado niveles críticos: “Muchos de mis vecinos tienen grandes dificultades para llegar a sus centros de trabajo, instituciones educativas u hospitales. Algunos recurren al trabajo a distancia, pero otros, obligatoriamente, tienen que salir a ver qué consiguen para llegar”.

Para quienes dependen del transporte privado, la realidad no es distinta. Los llamados “almendrones” casi no circulan, y los pocos que aparecen han incrementado de forma considerable las tarifas de estos taxis colectivos.

Incomunicación y riesgo sanitario

El impacto del bloqueo energético no se limita a la movilidad. La red telefónica, dependiente del suministro eléctrico, colapsa cuando se agotan las baterías de las torres de transmisión.

“Cuando se agotan las baterías de las torres de transmisión, nos quedamos sin luz, sin teléfono y sin Internet. En caso de una emergencia médica u otra eventualidad, estamos prácticamente incomunicados”, advierte Orlando González, residente en el municipio granmense de Niquero y trabajador del sector educacional.

“Sin embargo —agrega—, al tratarse de un municipio relativamente pequeño, siempre hay gestos solidarios de vecinos, amigos o familiares para trasladar a los enfermos hasta el hospital”.

Atrasos en la bancarización y encarecimiento de los alimentos

Mientras el Gobierno impulsa la bancarización como alternativa, la falta de electricidad y de conectividad dificulta el acceso a los canales electrónicos. Los apagones prolongados imposibilitan realizar operaciones en línea o utilizar tarjetas magnéticas, lo que obliga a la población a depender del efectivo en un contexto de alta inflación.

La distribución de alimentos también se ha visto afectada. La mayoría de los camiones particulares que transportaban productos agrícolas del campo a la ciudad funcionan con diésel, cuya venta a particulares es limitada o se encuentra a precios excesivos.

A pesar de la dureza del panorama, la resiliencia emerge en cada esquina: en la construcción artesanal de hornillas de carbón, en la adquisición de luminarias recargables o en la instalación de paneles solares para paliar los apagones.

Dignidad

Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

El bloqueo no es una abstracción ni un debate lejano. Vive en los cuerpos que caminan más, en los bolsillos que alcanzan menos, en las decisiones pequeñas que se toman cada día para poder llegar, cocinar, pagar, resistir.

El cerco energético recrudecido durante la administración Trump profundizó una lógica de asfixia que atraviesa el transporte, la alimentación, los servicios y la vida comunitaria. Cada litro que falta reorganiza una ciudad entera. Cada subida del combustible desplaza una clase, una consulta médica, un plato de comida.

Y, sin embargo, Cuba sigue moviéndose.

Se mueve en el almendrón que recoge a quien no puede pagar más, en el triciclo que pedalea bajo el sol, en el vecino que comparte un viaje, en la familia que inventa soluciones cuando no hay gas, agua o efectivo. Se mueve desde abajo, sin épica grandilocuente, sostenida por una ética cotidiana de sobrevivencia colectiva.

Vivir bajo el signo del bloqueo es vivir en tensión permanente. Pero también es aprender a no rendirse. A no normalizar la injusticia. A seguir defendiendo la dignidad, incluso cuando todo conspira para encarecerla.

Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

Escasos son los apartamentos que cuentan con respaldo energético para afrontar las largas horas de apagón. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate.

Raquel, una vecina del municipio capitalino de Boyeros pasa las hora del apagón a la luz de una pequeña lámpara. Foto: Enrique González (Enro)/ Cubadebate

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