Por: Magdiel Sánchez Quiroz*
Desde el triunfo de la revolución cubana en 1959 los terratenientes y hombres más ricos hicieron todo para impedir que prosperara. Uno de los primeros intentos por hacerla fracasar fue vaciar al país de profesionales y técnicos. Estimaban que, sin los especialistas de las élites y sus lacayos, la revolución se desmoronaría en unos cuantos meses.
En ese escenario hostil, además de enfrentar ataques terroristas, incursiones militares y los primeros ataques económicos, la revolución debió hacer que los más humildes se formaran intensivamente para tomar las riendas del país en todos sus ámbitos.
Dentro de esos esfuerzos y frente al bloqueo tecnológico, destacó el impulso que Ernesto Che Guevara dio a la creación de los Comités de Piezas de Repuestos (1960), a la Primera Reunión Nacional de Producción (1961) y a la Comisión Organizadora Nacional del Movimiento de Innovadores e Inventores (1964). Tiempo más tarde, con esa impronta, se creará la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores (1981).
La apuesta a que la técnica podría servir para la liberación de los pueblos, planteada por el Che, devino en una de las prácticas sociales más radicales: la desobediencia tecnológica. A través de la reparación, refuncionalización e invención, los cubanos han creado todo tipo de objetos necesarios para que funcione su país.
La desobediencia tecnológica representa, en lo más profundo, un cambio de tipo civilizatorio poco comprendido. Se trata de replantear la forma en que los humanos se relacionan con sus productos por fuera de la obsolescencia programada y las dinámicas del capitalismo en general.
Por eso hoy, a pesar de la escasez de crudo y otros problemas derivados, logran sostener el sistema eléctrico y al país entero. Lo hacen en las condiciones globales más hostiles, pero con las más generosas redes de solidaridad.
Esa desobediencia es parte de una insubordinación mayor. Sólo siendo desobediente al mercado y al imperialismo Cuba ha logrado sostener su soberanía y ha forjado una opción de humanidad alternativa.
La imagen difundida por el imperio como si se tratara de un país congelado en el tiempo, con los autos viejos, edificios antiguos e imágenes folclóricas de la población, invisibilizan la dignidad de un pueblo que, como ningún otro, logra echar a andar ingenios azucareros, plantas de energía, una agricultura agroecológica, un sistema metrológico eficaz, una educación universal y un sistema de salud integral, entre tantas otras cosas.
La población cubana está cansada de la situación difícil que vive. Tiene una opinión política sobre lo que acontece, señala los errores de los funcionarios y tiene ideas de cómo organizar mejor las cosas, porque la revolución la ha formado políticamente, como no ocurre en ningún otro país. Su malestar no proviene de la lógica individual de los propietarios privados, sino de la demanda de bienestar colectivo.
Quienes hoy auguran la caída de Cuba y se dejan guiar por los tuits del genocida Trump y sus secuaces, reciben cualquier noticia de la isla, sea verdadera o fake, como el último indicio de la caída inminente de la revolución. Ignoran la persistente desobediencia de ese pueblo para no seguir los dictados del imperio y el capital.
La ofensiva guerrerista de EU-Israel está enfrentando una enorme resistencia en el este de Asia. Las bajas reconocidas por EU a causa de “fuego amigo”, el “incendio accidental” que sacó de combate al portaviones Gerald Ford, las súplicas de Trump para que más países se sumen a su guerra, los mensajes contradictorios sobre el tránsito de buques por el estrecho de Ormuz y la antesala de una crisis económica que amenaza con estallar, son los síntomas de que EU-Israel están perdiendo la guerra.
Irán, soportando un altísimo costo humano, ha logrado hacer del ataque imperial para imponer un cambio de régimen en su país, una guerra regional que puede llevar a la expulsión definitiva de EU de esa región, a la desintegración de Israel y a un cambio profundo en las reglas del comercio de hidrocarburos por fuera del patrón dólar.
Ante ese escenario, desesperado por su sobrevivencia, Trump arrecia sus hostilidades contra Cuba, inventa un “Escudo de las Américas” y ordena a sus obedientes émulos aislar diplomáticamente a Cuba, en lo que intenta mostrar como el colapso de “la dictadura cubana”. Sin duda, la locura y desesperación de Trump pueden conducir a escenarios peligrosos, pero al final, se las tendrá que ver con un pueblo desobediente que, así como tiene capacidades para sostener su nación, tiene fuerzas suficientes para organizar la guerra de todo un pueblo.
Cuba defenderá su soberanía y dignidad. La desobediencia al imperio debe extenderse a través de múltiples formas de solidaridad con ese país. La campaña El destino de Cuba no nos es ajeno es una de las formas que tenemos para hacerlo.
*Filósofo, coordinador de las Obras escogidas de Fernando Martínez Heredia
