Apagón, rumor y guerra cognitiva: El bulo de las “explosiones en La Habana” tras la caída del SEN

Por: Observatorio de Medios de Cubadebate

A las 18:32 horas del 21 de marzo de 2026 se desconectó el Sistema Eléctrico Nacional (SEN). Cuba arrastra desde hace meses una situación energética crítica, marcada por apagones prolongados, tensiones en el suministro de combustible y un sistema eléctrico sometido a una presión constante, agravada por las sanciones estadounidenses.

La oscuridad no fue solo física. También abrió un espacio de incertidumbre informativa. En ese vacío, donde escasean las comunicaciones, la conectividad se degrada y la verificación se vuelve más difícil, los rumores emergen con facilidad. Lo que ocurrió después no fue casual.

De un resplandor lejano a una crisis fabricada

Minutos después del apagón general comenzaron a circular en redes sociales dos imágenes nocturnas de supuestos incendios a lo lejos en La Habana. No había contexto claro, ni ubicación precisa, ni confirmación oficial. Pero bastó.

Varios usuarios empezaron a difundir un mensaje que se expandiría con rapidez: “Dos grandes fuegos en la distancia” y “sonidos de helicópteros”. La formulación era prudente, casi ambigua. Sin embargo, contenía los elementos necesarios para activar una narrativa alarmista.

Durante la madrugada, el rumor ya se había viralizado. Al filo de las 2 de la mañana, el operador de Atlas Network, Agustín Antonetti, tuiteó desde Miami las dos imágenes que quedarían asociadas a este bulo. Antonetti aseguró que las imágenes provenían de “una persona de alta confianza en Cuba”:

A las 2:48 a. m. del 22 de marzo, un post del operador político Magdiel Jorge Castro, desde España, introdujo una versión más elaborada: alarmas activadas, presencia de “boinas negras”, vecinos impedidos de salir y helicópteros sobrevolando. Ese post —emitido desde Madrid y sin pruebas verificables— se convirtió en uno de los núcleos iniciales de la conversación.

Menos de una hora después, el contenido saltó a escala internacional. A las 3:33 a. m., algunos medios de habla inglesa amplificaron el relato, citando esas mismas fuentes y consolidando una versión que ya no hablaba de indicios, sino de un escenario en desarrollo.

A partir de ahí, la cadena de amplificación desinformativa entró en marcha.

Evolución horaria de la difusión en X del bulo sobre supuestas explosiones en La Habana tras la caída del SEN (21–22 de marzo de 2026). La conversación muestra una rápida escalada durante la madrugada, con un pico máximo entre las 06:00 y las 08:00 del 22 de marzo. Fuente: Observatorio de Medios de Cubadebate

Un análisis de la frecuencia de menciones por hora en la plataforma X (antes Twitter), realizado por nuestro Observatorio, permite identificar una curva de difusión claramente definida.

La circulación comienza tímidamente la noche del 21. Crece durante la madrugada. Pero es entre las 06:00 y las 08:00 del 22 de marzo cuando el rumor alcanza su punto máximo: cerca de 70 menciones por hora en el corpus analizado. Ese es el momento en que el bulo deja de ser un rumor marginal y se convierte en tendencia.

Y lo hace sin pruebas nuevas, sin imágenes adicionales y sin confirmación institucional. Solo mediante repetición.

Matrices de conversación: cómo se construye un relato

En este punto conviene detenerse y observar el mecanismo. El bulo no circula como una narración única, sino como un conjunto de marcos narrativos que se van superponiendo:

1. Matriz de incidente violento
Se afirma que hay explosiones e incendios en La Habana. Es el núcleo inicial, apoyado en imágenes ambiguas.

2. Matriz de militarización
Se introducen helicópteros, fuerzas especiales y “boinas negras”. La escena pasa de ser un incidente confuso a un posible operativo de seguridad.

3. Matriz de opacidad informativa
Se argumenta que, debido al apagón y a la caída de internet, no es posible verificar lo que ocurre. La falta de información pasa a presentarse como prueba indirecta.

4. Matriz geopolítica
El episodio se proyecta hacia escenarios mayores: intervención externa, “Venezuela 2.0” o colapso del sistema político.

5. Matriz correctiva (minoritaria)
Algunas voces apuntan a explicaciones técnicas: sostienen que el ruido que se escucha no son helicópteros, sino generadores eléctricos, y que las fotografías no son actuales. Estas versiones aparecen pronto, pero no logran frenar la difusión inicial.

Uno de los elementos más reveladores del bulo es la fragilidad de su soporte visual. No hay testimonios directos de vecinos, ni otras pruebas más allá de dos fotografías nocturnas difundidas desde fuera de Cuba, ya mencionadas, en las que aparecen resplandores lejanos, sin referencias claras y reutilizadas en decenas de publicaciones.

Resultados de búsqueda inversa en Google Images de las fotografías difundidas el 21 de marzo sobre supuestas “explosiones en La Habana”. La coincidencia con decenas de imágenes similares, procedentes de distintos países, fechas y contextos (apagones, tormentas, paisajes urbanos nocturnos), evidencia la reutilización de material genérico o descontextualizado. Captura: Google Images

En las imágenes divulgadas como “prueba” de las explosiones en La Habana no se identifica el lugar. No hay videos consistentes. No hay secuencias verificables. Sin embargo, esas imágenes bastaron para activar la imaginación. En algunos casos, incluso fueron transformadas: se les añadieron textos, iconografía de helicópteros, rótulos de “última hora” y supuestas evidencias de la NASA.

Dejaron de funcionar como documentos para convertirse en artefactos narrativos.

El papel de los amplificadores

El análisis permite identificar un patrón nítido: el rumor no surge en las grandes cuentas, pero alcanza escala viral en cuanto estas lo incorporan a su flujo de publicaciones. Se trata de perfiles vinculados a medios de alto impacto, agregadores de noticias y actores clave de amplificación. No verificaron la información antes de difundirla; la reempaquetaron, la condensaron en fórmulas que facilitaban su circulación rápida o, sencillamente, la redistribuyeron ante audiencias mucho más amplias. En ese tránsito, el rumor se estabilizó. Dejó de presentarse como una duda y pasó a circular como un hecho asumido.

Medios y agregadores sociales replicaron el bulo. Captura: Google News.

¿Por qué circuló con tanta fuerza un rumor tan escasamente probado? La explicación no está en una sola causa, sino en la combinación de varias condiciones que, juntas, crearon el terreno ideal para que prendiera.

En primer lugar, el contexto favorecía la confusión. Un apagón nacional no es solo una avería técnica: altera la vida cotidiana, genera inquietud y dificulta saber qué está ocurriendo realmente. Cuando falla la electricidad, también se reducen las comunicaciones, el acceso a internet y la posibilidad de contrastar versiones. En una situación así, la necesidad de explicaciones inmediatas crece, y con ella la vulnerabilidad frente al rumor.

En segundo lugar, ese rumor no apareció en el vacío. Desde hace años, una parte del ecosistema mediático y político interpreta casi cualquier episodio ocurrido en Cuba como señal de derrumbe, caos interno o inminencia de un desenlace mayor. Ese marco interpretativo ya estaba disponible. Por eso, cuando aparecieron imágenes confusas y sonidos extraños en medio del apagón, una parte del público quedó predispuesta a leerlos no como hechos inciertos o aislados, sino como prueba de una crisis más profunda.

En tercer lugar, las redes sociales están diseñadas para premiar la velocidad, la emocionalidad y el impacto. Un mensaje alarmante, difundido en el momento de máxima incertidumbre, circula mejor que una explicación prudente o que una verificación que tarda más en llegar. En la práctica, eso significa que muchas cuentas prefieren publicar de inmediato lo que “parece estar pasando” antes que esperar a comprobarlo. El incentivo no es acertar, sino llegar primero y captar atención.

Además, este tipo de bulo no suele presentarse de golpe como una gran mentira evidente. Se construye paso a paso. Primero aparece un resplandor lejano. Después alguien lo nombra como incendio. Más tarde se habla de explosión. Luego se añaden helicópteros, fuerzas especiales o movimientos extraños. Finalmente, todo ello se reordena como si formara parte de una misma escena de crisis. Cada paso, tomado por separado, puede parecer verosímil; el problema es que la suma de conjeturas termina presentándose como si fuera un hecho confirmado.

Por último, la falta de confirmación oficial no frenó la historia, sino que contribuyó a impulsarla. En una situación de apagón total, con el sistema de comunicación afectado, es normal que la información clara tarde en llegar. Pero en un clima de fuerte polarización, esa demora no se interpreta como una dificultad material, sino como supuesta prueba de ocultamiento. Así, el silencio o la lentitud informativa dejan de percibirse como ausencia de datos y pasan a leerse como confirmación indirecta del rumor.

Cuando la desinformación ocupa el vacío

El bulo se difundió no porque estuviera bien probado, sino porque apareció en un momento de máxima vulnerabilidad informativa.

Coincidieron un hecho real y grave —la caída total del sistema eléctrico—, una población necesitada de respuestas inmediatas, unas redes sociales que premian el impacto por encima de la comprobación y un ecosistema político-mediático ya preparado para leer cualquier señal ambigua en clave de colapso o intervención.

Cuando esas piezas encajan, la ausencia de pruebas deja de frenar la circulación y puede incluso alimentar nuevas conjeturas. Como no hay datos claros, cualquier versión alarmante parece posible; y como parece posible, se comparte. Así opera buena parte de la desinformación contemporánea: no convence por la solidez de la evidencia, sino por su capacidad para ocupar primero el vacío, ordenar el malestar y ofrecer un relato rápido allí donde la realidad todavía no ha podido explicarse.

Por eso, en situaciones de crisis, el primer deber de la ciudadanía no es reenviar, sino detenerse. Cuando circulan imágenes impactantes, audios alarmistas o mensajes que aseguran que “nadie lo está contando”, conviene aplicar una regla simple: si no está claro qué es, de dónde sale y quién lo confirma, no debe tratarse como un hecho. Antes de compartir, conviene comprobar si la imagen ya circuló antes en otro país o en otra fecha, si el video tiene ubicación verificable, si el mensaje cita una fuente real o solo repite “reportes”, y si varios medios o canales confiables están diciendo lo mismo con datos propios, en lugar de copiarse unos a otros.

En la práctica, lo más responsable es esperar unos minutos, buscar una segunda confirmación y desconfiar especialmente de los contenidos que apelan al miedo, a la urgencia o a la idea de que “esto lo quieren ocultar”.

También es importante mirar quién difunde el contenido. No basta con que una cuenta tenga muchos seguidores o una estética profesional. Una cuenta conocida también puede amplificar rumores sin verificarlos. Por eso conviene diferenciar entre quien informa y quien solo reacciona u opina. Un medio serio aporta contexto, identifica fuentes, corrige si se equivoca y distingue entre hechos confirmados e hipótesis. Un amplificador de rumores, en cambio, mezcla imágenes ambiguas, lenguaje dramático y fórmulas como “breaking”, “reportan”, “se dice” o “fuentes indican”, sin demostrar nada de forma concluyente.

Otra recomendación clave es no convertir la incertidumbre en certeza. En una crisis real, es normal que existan lagunas de información durante horas. Ese vacío no debe llenarse con suposiciones. Que no exista una explicación inmediata no significa que la versión más espectacular sea la verdadera. La prudencia, en estos casos, no es pasividad: es una forma de defensa cívica frente a la manipulación.

A las organizaciones sociales, los medios y los actores políticos les corresponde una responsabilidad aún mayor. No deberían competir por ser los primeros en publicar, sino por ser los más rigurosos. En momentos así, lo correcto es señalar qué se sabe, qué no se sabe y qué sigue en verificación. Es preferible llegar más tarde con datos sólidos que contribuir, aunque sea involuntariamente, a una operación de intoxicación. En contextos de alta polarización, una publicación irresponsable no solo desinforma: también puede agravar el miedo, deteriorar la confianza pública y alimentar escenarios de desestabilización.

Pese a la debilidad de las pruebas, muchos de los actores que contribuyeron a amplificar el bulo no han procedido posteriormente a rectificarlo, lo que prolonga su efecto y refuerza su sedimentación en la opinión pública.

Este tipo de construcción visual y narrativa forma parte de la guerra cognitiva porque no busca simplemente desinformar, sino intervenir directamente en la percepción de la realidad y en las emociones colectivas. Al combinar una imagen ambigua con elementos añadidos —explosiones, helicópteros, rótulos alarmistas— se fabrica una escena verosímil que activa miedo, urgencia y sensación de crisis inminente. Esa activación emocional reduce la capacidad crítica del público y acelera la difusión del contenido, permitiendo que el relato se instale antes de que pueda ser verificado o desmentido. No se trata, por tanto, de un error informativo aislado, sino de una operación que aprovecha contextos de vulnerabilidad —como un apagón— para modelar interpretaciones, orientar conductas y erosionar la confianza en las fuentes legítimas, objetivos centrales de cualquier estrategia de guerra cognitiva contemporánea.

La lección de este episodio es de fondo. En una crisis, la verdad suele llegar más despacio que el rumor. Precisamente por eso hay que protegerla. Frente a la desinformación, la mejor respuesta ciudadana no es la ansiedad de compartir, sino la disciplina de comprobar; no el impulso, sino el criterio; no la credulidad ante lo impactante, sino la paciencia necesaria para distinguir entre una señal confusa y un hecho demostrado.

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