Colombia. Las 3.000 personas que ya no están

Por Laura Bohórquez*

– En Filo Gringo aún hay camas tendidas, cobijas aún calientes y ollas sin encender, pero ya no están las 3.000 personas que habitaban ese lugar. Los ataques con drones y bombas artesanales, intensificados desde el 30 de diciembre de 2025, han destruido más de 100 viviendas en este corregimiento del Catatumbo y han dejado a unos 600 habitantes que resisten entre escombros.

Todavía hay una cama tendida, la cobija aún caliente, unos zapatos dejados al sol y un par de ollas que esperan que alguien las encienda. Quedan los rastros de un “Feliz Día de la Madre” impregnados en el calor de lo que fue un hogar; sin embargo, hoy, 3.000 personas no están.

El silencio quedó en las calles y las puertas permanecen cerradas. Los que quedan hablan en susurros para identificar el zumbido casi imperceptible de los drones. Llegan a cualquier hora del día: cerca del colegio, en los caminos, sobre las casas de madera y teja. Sin importar dónde caigan, sueltan bombas que buscan borrar la memoria y la existencia de un pueblo.

Del cielo llueven bombas

En una montaña remota, en un corregimiento remoto de un municipio de Norte de Santander al que casi todos, incluso el Estado, han olvidado, 3.000 personas ya no están. Sus sueños quedaron en pausa; sus hogares quedaron atrapados entre escombros, a la espera de su regreso. Sin embargo, les llegó algo equiparable a la muerte: la indiferencia. Parece que, en este ritmo desenfrenado de políticos que piden más sangre y de redes sociales que vuelven tendencia las narrativas de muerte, a nadie le importa que en Filo Gringo las bombas hayan destruido más de 100 viviendas.

Los estragos de la guerra caen del cielo: rompen techos y ventanas, derrumban paredes y dejan esquirlas por doquier. En algunos casos, los artefactos caen en las viviendas, pero no explotan, lo que ha obligado a las familias a abandonar sus casas ante el riesgo inminente de que las bombas se activen. ¿Y qué significa esto? Dejar atrás la cama, la nevera, las ollas, todo aquello que, con esfuerzo, una familia del Catatumbo construyó durante años.

En medio de lo que parece un pueblo desierto, hay una pareja de adultos mayores. Sus arrugas contienen décadas de historias en la región del Catatumbo. Allí, entre casas deshabitadas, escombros y el silencio de su hogar, se mantienen en pie, imponentes, en un acto de resistencia.

«Esto es sin compasión, esto ya no es vida», dice la señora, a sus 68 años. «Si la guerra sigue, no creo que aguante», cuenta su esposo de 88 años.

Una guerra sin tregua

A las 5:00 a. m. del 30 de diciembre de 2025, en vísperas de Año Nuevo, mientras en los hogares colombianos se preparaba la comida para compartir en familia, en Filo Gringo comenzaron las confrontaciones. Hombres armados del Frente 33 llegaron al corregimiento y dispararon indiscriminadamente mientras caían bombas del cielo. Esta pareja de campesinos no sabía qué hacer: si salían, una bala podía alcanzarlos; si se quedaban, los explosivos podían caerles encima.

Destruyeron viviendas, quemaron casas, irrumpieron en la aparente tranquilidad y amedrentaron a la comunidad. «Todos los vecinos nos amontonamos aquí adentro a pasar el susto. Nos agachamos y nos pusimos las manos en la cabeza; sentíamos la muerte encima», cuenta con resignación la pareja de ancianos.

Después de aquel hecho, los ataques con drones se multiplicaron. Del cielo empezaron a caer las bombas: explotaron en las cocinas, cayeron en las habitaciones donde dormían los abuelos y redujeron a escombros las casas de líderes de la comunidad. Los niños dejaron de jugar en las calles de tierra y el silencio se volvió normal. Las familias comenzaron a irse, una tras otra, sin despedidas. Nadie quería sumarse a la lista de muertos por estas bombas, una carga que, cifra tras cifra, llevan como una cruz las organizaciones que defienden el territorio.

Cerca de 600 personas permanecen aún en el corregimiento. Quedan muy pocos comercios abiertos. La escuela suspendió las clases porque un explosivo cayó a pocos metros. Quienes se quedan no son héroes ni mártires: son víctimas de la indiferencia y de un Estado que los condenó a la violencia.

«Nosotros resistimos, porque ya uno viejo no está para quedarse por ahí aguantando necesidades. Esta es nuestra casita; aquí morimos». Si bien algunas familias han optado por resistir y permanecer en el territorio, muchas no cuentan con la posibilidad económica de dejar su vida aquí y reubicarse.

«La gente ha tenido que desplazarse —en muchos casos con pérdidas totales—, pagar arriendos y reubicarse en lugares que no ofrecen las mismas comodidades. Además, existe una afectación psicológica profunda, que es la menos visible, pero la más sufrida: hay personas que se angustian solo con escuchar un avión o un dron», relata un dirigente de la comunidad.

En Filo Gringo, corregimiento ubicado entre las verdes montañas del Catatumbo, en un municipio históricamente afectado por el conflicto, 3.000 personas ya no están. Quienes quedan llevan décadas habitando este territorio con el amor de quien llegó a la montaña y decidió quedarse. Su historia es la expresión de la resistencia: han hecho frente al paramilitarismo en sus múltiples máscaras con la convicción de quien se aferra a la vida.

Parece que buscan callar sus voces con los gritos de un político que exige más guerra, pero que no estaría dispuesto a ofrecer la carne de sus hijos como tributo./Resumen Latinoamericano/Foto:Web

*Laura Bohórquez es periodista y comunicadora popular.

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