Por: MIGUEL POSANI
No lo van a creer, pero mensualmente, sin darnos cuenta, nos comemos cada uno de nosotros el equivalente en plástico a una tarjeta de débito.
Hay una película “Crímenes del futuro” (2022), de Cronenberg, en donde la gente comienza a alimentarse de los desechos plásticos. La película creo recordar, impregnada por un ambiente surrealista, oscuro y decadente, comienza con la escena de un niño en una playa comiéndose un pote de plástico tranquilamente, es una escena que impacta mucho inconscientemente.
Y además esta parece una película premonitoria de lo que está sucediendo, todos estamos comiendo plástico diariamente pero no nos damos cuenta. Nos enceguece la cotidianidad y nuestra limitada conciencia.
En el contexto del cambio climático, de la degradación ambiental, y la contaminación de los ecosistemas y de nosotros mismos con innumerables sustancias, los micro plásticos representan una de las tantas amenazas silenciosas e invisibles pero significativas.
Estos diminutos fragmentos de plástico, que miden menos de cinco milímetros, se han infiltrado en casi todos los ecosistemas del planeta. Se encuentran en los océanos, ríos, suelos, e incluso en el aire que respiramos. Según un estudio publicado en la revista Science, se estima que entre 8 y 12 millones de toneladas de plástico terminan en los océanos cada año, y una parte considerable de este plástico se descompone en micro plásticos.
Los micro plásticos no solo afectan a la vida marina, tienen implicaciones para la salud humana. Están ya en toda la cadena alimentaria.
La acumulación de micro plásticos representa una bomba de tiempo biológica cuyas consecuencias completas aún no se comprenden completamente.
Para los humanos, la acumulación de micro plásticos en el cuerpo no se sabe que puede causar a mediano y largo plazo. Los científicos advierten que la exposición crónica a estas partículas podría estar relacionada con problemas de salud, como inflamación, toxicidad celular y alteraciones hormonales.
Las consecuencias a mediano y largo plazo parece que serán devastadoras. Los micro plásticos no solo contaminan, sino que actúan como vectores tóxicos, transportando metales pesados, compuestos orgánicos persistentes y alteradores endocrinos.
Investigaciones científicas han detectado micro plásticos en sangre humana, en la placenta materna, en tejido pulmonar, en los sistemas digestivos de especies marinas, en el agua potable global, en la nieve de los polos y hasta en el cuerpo humano.
Proyecciones alarmantes indican que para 2050 habrá más plástico que peces en los océanos.
El impacto en la salud humana incluye potencial alteración genética, incremento de riesgos cancerígenos, disrupción de sistemas hormonales, afectaciones al sistema inmunológico, posible reducción de fertilidad y otras consecuencias que ni se saben. Y aquí no estamos tomando en cuenta a los demás contaminantes como el plomo, el mercurio, el arsénico, los colorantes y muchas sustancias más que conforman un cóctel tóxico contextual que no vemos.
Esta realidad nos confronta con una verdad incómoda: nuestra civilización de consumo y de desecho nos está consumiendo desde adentro, transformándonos en receptáculos ambulantes de nuestra propia toxicidad industrial. Y al capital y sus apéndices humanos no le interesan ni consideran las consecuencias nefastas que están produciendo para el género humano y la vida en general.
¿Y porque no queremos verlo?
Primero, porque no podemos verlo a simple vista, y luego, evitamos la disonancia cognitiva de la forma más tonta posible: Sabemos que nuestras acciones dañan el planeta, pero continuamos con patrones de consumo y producción insostenibles.
Por otra parte, lo que deberíamos hacer para remediar solamente el problema de los micro plásticos, luce tan complejo, complicado que hasta reta nuestra capacidad de comprensión, y así preferimos hacernos los locos como los personajes sonrientes de las publicidades que se hunden en el consumo de sus vidas mientras consumen.
En este sentido, es importante considerar la posibilidad de que el futuro siga siendo un escenario de continuo desgaste y degradación de las condiciones del medio ambiente.
Por lo que se ve, hasta ahora la humanidad no ha sido capaz de tomar consciencia del problema y de cambiar su comportamiento.
Y esta es la perspectiva más realista dado el nivel de incapacidad que los gobiernos del mundo han demostrado.
La historia nos muestra que la humanidad ha sido capaz de ignorar y negar problemas graves y complejos, y generalmente solo se toman medidas cuando es demasiado tarde.
Así que continuemos en negación infantil comiendo una tarjeta de débito mensualmente, y contaminándonos con tantas otras cosas, felizmente inconscientes en la vida y eso sí, confiando en que algún dios de alguna de las religiones actuales resolverá todo.
