Por. Henry Pacheco: El término «Estado Profundo» se popularizó en el discurso de Donald Trump y sus partidarios para referirse a una supuesta red de funcionarios, burócratas y agencias gubernamentales que operan en las sombras para obstruir la agenda de los funcionarios electos. Esta teoría de la conspiración, que tiene sus orígenes en el estudio de regímenes en otros países, sugiere que estas entidades actúan de manera no democrática para mantener su poder e influencia.
En lo que respecta a las grandes tecnológicas, la relación de Trump ha sido compleja y ha evolucionado. Durante su primer mandato, a menudo criticó a las empresas de Silicon Valley por lo que consideraba un sesgo político y censura, y ha amenazado con regulaciones o acciones antimonopolio. Sin embargo, su política hacia el sector tecnológico parece haber tomado una dirección diferente recientemente.
Desde su regreso a la Casa Blanca, se ha observado una alianza más estrecha entre su administración y algunas figuras prominentes de la industria tecnológica. Por ejemplo, ha habido reuniones con líderes de empresas como X (anteriormente Twitter) y Meta, y su gobierno ha presentado planes para desregular el sector, especialmente en áreas como las criptomonedas y la inteligencia artificial. También ha revertido algunas de las regulaciones de la administración anterior destinadas a proteger al público de los peligros de la IA.
Se ha reportado que su administración está buscando desmantelar lo que considera el «Estado Profundo» a través de una revisión de las agencias gubernamentales, con el objetivo de purgar a aquellos considerados «anti-Trump». Esta iniciativa ha generado controversia y preocupación sobre la velocidad y las tácticas empleadas para llevarla a cabo.
En resumen, mientras que Trump ha utilizado el concepto de «Estado Profundo» para criticar a las instituciones que percibe como opuestas a su agenda, su postura hacia las grandes tecnológicas parece haberse alineado con la de algunas de las figuras más influyentes del sector, favoreciendo la desregulación y buscando una mayor colaboración con la industria. Esta aproximación ha generado debate y ha provocado una división política dentro del mismo Silicon Valley.
las tecnologías de la información (TI) han transformado profundamente la manera en que los estados compiten y miden su poder. La «actividad estatal por excelencia» de medir la fuerza contra otros estados ya no se limita a la fuerza militar o la economía tradicional. Ahora, el dominio en el ámbito tecnológico es un factor crucial.
El llamado «Estado profundo» —el aparato de vigilancia y represión en el corazón de todo Estado moderno, bajo el aparato ideológico superficial de los parlamentos, los medios de comunicación o las iglesias— está ahora profundamente entrelazado con estas tecnologías de la comunicación. Previamente promocionadas como herramientas de liberación y autonomía, ahora se revelan como herramientas de manipulación, vigilancia y control desde arriba.
La tecnología como herramienta de poder
Hoy en día, las tecnologías de la información son mucho más que una simple herramienta. Se han convertido en un campo de batalla en sí mismo, donde la supremacía tecnológica se traduce en poder geopolítico.
- Vigilancia y seguridad nacional: Los estados utilizan las tecnologías de la información para la vigilancia interna y externa, la recopilación de inteligencia y la ciberseguridad. La capacidad de proteger sus propias redes y, al mismo tiempo, infiltrarse en las de otros es una medida clave de su poder.
- Influencia y control de la información: Las redes sociales y las plataformas digitales se han convertido en un medio para que los estados influyan en la opinión pública, promuevan sus agendas o desestabilicen a sus adversarios. La desinformación y las campañas de influencia son ahora una parte común de la competencia entre estados.
- Economía y desarrollo: La economía digital es el motor del crecimiento actual. El dominio en sectores como la inteligencia artificial, la computación cuántica, la tecnología 5G o la industria de los semiconductores otorga a un estado una ventaja estratégica y económica inmensa.
La rivalidad tecnológica global
La competencia entre Estados Unidos y China es el ejemplo más claro de cómo la tecnología se ha convertido en el centro de la rivalidad geopolítica. Esta no es solo una lucha por la supremacía económica, sino una batalla por el liderazgo tecnológico del siglo XXI.
- Guerra de chips: La competencia por el control de la producción y el diseño de semiconductores, esenciales para todo, desde teléfonos inteligentes hasta sistemas de armas, es una manifestación directa de esta rivalidad. Las restricciones comerciales y las leyes de inversión son herramientas utilizadas para frenar el avance tecnológico del adversario.
- Infraestructura digital: La carrera por el despliegue de redes 5G en todo el mundo se convirtió en una lucha geopolítica, con cada país intentando promover a sus propias empresas tecnológicas y excluir a las de su rival por motivos de seguridad nacional.
- Control de datos: En un mundo donde los datos son el «nuevo petróleo», el control sobre la información y la infraestructura digital que la procesa (como los centros de datos) es una prioridad de seguridad nacional.
Las tecnologías de la información ya no solo mejoran la eficiencia de la administración pública, sino que son fundamentales para la defensa, la economía y la influencia global de un estado. Su dominio es una de las principales métricas de la fuerza estatal en el mundo de hoy.
El caso PRISM, revelado por Edward Snowden en 2013, sin duda marcó un antes y un después en la percepción pública sobre la privacidad en la era digital. Como mencionas, las filtraciones evidenciaron una cooperación a gran escala entre gigantes tecnológicos como Google, Facebook, Microsoft y Apple, y agencias de seguridad como la NSA.
La cruda realidad de la vigilancia masiva
Las revelaciones de Snowden confirmaron lo que muchos sospechaban: nuestras comunicaciones digitales no son privadas. El programa PRISM permitía a la NSA acceder a correos electrónicos, fotos, vídeos, documentos y registros de conexión de usuarios, no solo de extranjeros, sino también de ciudadanos estadounidenses, a menudo «capturados» en la red de vigilancia sin ser el objetivo principal.
Este nivel de vigilancia masiva era particularmente inquietante porque se producía en estados «nominalmente democráticos», que se supone que tienen mecanismos para proteger las libertades individuales. La indignación fue inmediata. Sin embargo, como bien señalas, esa indignación no se tradujo en un cambio radical y duradero en el comportamiento de la mayoría de la gente.
La paradoja de la privacidad y el «apartar la vista»
La reacción del público tras las filtraciones de Snowden es un fenómeno fascinante. A pesar de la evidencia de que sus datos estaban siendo vigilados, la mayoría de la gente no dejó de usar las plataformas de las grandes tecnológicas. Esto puede deberse a varios factores:
Comodidad y dependencia: Las redes sociales y los servicios de las grandes tecnológicas están profundamente integrados en nuestra vida diaria. Para muchos, es casi imposible vivir sin ellos, tanto en el ámbito personal como en el profesional. La conveniencia de estas plataformas a menudo supera la preocupación por la privacidad.
Aceptación implícita: Con el tiempo, ha crecido una especie de resignación. La gente se ha acostumbrado a la idea de que, para usar internet y sus servicios, debe ceder una parte de su privacidad. Se ha normalizado la vigilancia.
Falta de alternativas viables: Aunque existen alternativas a las grandes tecnológicas que priorizan la privacidad (como navegadores y sistemas de mensajería encriptados), la mayoría de la población no las conoce o considera que son menos eficientes o difíciles de usar. La barrera de entrada para cambiar es alta.
¿Qué cambió?
Aunque la gente no abandonó sus cuentas de Facebook o Google, las filtraciones de Snowden sí tuvieron consecuencias significativas:
- Aumento de la encriptación: Como reacción, muchas empresas tecnológicas se vieron obligadas a mejorar la seguridad y encriptación de sus servicios para recuperar la confianza de los usuarios. Esto hizo que las comunicaciones de los usuarios fueran más seguras en general, aunque la cooperación con los gobiernos sigue siendo un tema de debate.
- Activismo y legislación: Las revelaciones provocaron un movimiento global de activistas y defensores de la privacidad que exigieron más transparencia y regulaciones. Esto llevó a cambios en la legislación, como la Ley de Libertad de EE.UU., que puso algunos límites a los programas de vigilancia.
- Conciencia global: El caso Snowden creó una conciencia pública mundial sobre la importancia de la privacidad y los peligros de la vigilancia masiva. Aún hoy, el debate sobre el equilibrio entre seguridad nacional y libertades individuales está muy vivo, en gran parte gracias a sus filtraciones.
El legado de las filtraciones de PRISM es un recordatorio de la tensión inherente entre el poder de los estados, el de las grandes empresas tecnológicas y el derecho a la privacidad de los ciudadanos. La gente quizás haya «apartado la vista», pero el paisaje de la privacidad digital cambió para siempre.
El complejo militar-informático es una evolución del concepto original de «complejo militar-industrial», un término acuñado por el presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower en 1961. Mientras que el complejo militar-industrial se refería a la alianza entre los ejércitos, la industria de defensa y los intereses políticos para promover la producción de armas y la guerra, el complejo militar-informático incorpora un nuevo y poderoso actor: el sector de la tecnología de la información y las grandes empresas de software.
En esencia, el complejo militar-informático describe la profunda y creciente interconexión entre las fuerzas armadas de un país y las empresas de tecnología (especialmente las de Silicon Valley), que colaboran para desarrollar y aplicar tecnologías avanzadas con fines militares, de seguridad nacional e inteligencia.
Características clave del complejo militar-informático:
Cooperación público-privada: La línea entre el sector público y el privado se desdibuja. Las agencias de defensa e inteligencia (como la NSA, el Pentágono o la CIA) trabajan en estrecha colaboración con empresas tecnológicas para obtener acceso a innovaciones, datos y capacidades de vigilancia.
Tecnología como arma: Las tecnologías de la información ya no son solo herramientas auxiliares. Se han convertido en armas de guerra en sí mismas. La inteligencia artificial, el big data, la ciberseguridad, los drones autónomos, la computación cuántica y la infraestructura en la nube son ahora componentes esenciales de la estrategia militar.
Vigilancia masiva: Las revelaciones de Edward Snowden sobre el programa PRISM son el ejemplo más notorio de esta colaboración. Las empresas tecnológicas facilitan a los gobiernos el acceso a datos de sus usuarios, lo que permite la vigilancia a una escala sin precedentes.
Orígenes y evolución: El origen de esta relación se remonta a la Guerra Fría. La base de Internet, el proyecto ARPANET, fue desarrollado con fondos del Departamento de Defensa de EE. UU. El GPS, los sistemas de satélites y otras tecnologías que ahora son de uso civil, nacieron de la investigación militar. Hoy, esta relación es aún más estrecha.
Ejemplos y manifestaciones
Contratos gubernamentales: Gigantes como Microsoft, Amazon y Google compiten por lucrativos contratos para proporcionar servicios en la nube (como JEDI del Pentágono), inteligencia artificial, y otras tecnologías para el sector de defensa.
«Puertas giratorias»: A menudo, altos funcionarios de defensa e inteligencia pasan a ocupar puestos de liderazgo en las grandes tecnológicas, y viceversa, lo que facilita la colaboración y el intercambio de información entre ambos sectores.
Ciberseguridad y ciberguerra: La defensa y el ataque en el ciberespacio se han convertido en una prioridad nacional. Las empresas tecnológicas son a la vez proveedoras de soluciones de ciberseguridad para los gobiernos y objetivos potenciales de ataques de otros estados.
Control geopolítico: La pugna por el liderazgo tecnológico global, especialmente entre Estados Unidos y China, demuestra cómo el dominio en áreas como la inteligencia artificial y el 5G es ahora una métrica clave del poder estatal.
En conclusión, el complejo militar-informático es la nueva configuración del poder en el siglo XXI. Representa una fusión de intereses entre el poder militar y el poder tecnológico, donde la innovación digital es el nuevo motor de la seguridad nacional y la hegemonía global. Esto plantea importantes dilemas éticos y de privacidad, ya que las empresas que gestionan la vida digital de miles de millones de personas también están íntimamente ligadas a las agendas de seguridad de los estados.
