Editorial / Análisis – El Ciudadano México
El Foro Económico Mundial abre en Suiza en medio de tensiones entre Estados Unidos y Europa por Groenlandia.
El Foro Económico Mundial de Davos 2026 arranca bajo el lema “A Spirit of Dialogue”, pero la realidad que se impone desde antes de la inauguración es otra: el regreso del presidente Donald Trump al centro del escenario internacional no está marcado por la cooperación, sino por la confrontación. Su presencia, lejos de aportar certidumbre, acelera la fragmentación geopolítica y reordena la agenda global alrededor de un solo factor: el uso del poder estadounidense como herramienta de presión comercial, militar y diplomática.
En un contexto global ya golpeado por tensiones entre bloques, desaceleración económica y una transformación tecnológica sin freno, Davos debía funcionar como un termómetro de los riesgos sistémicos. Sin embargo, el “factor Trump” está desbordando el evento: su discurso, sus amenazas y su lógica de castigo económico han convertido la cumbre en un espacio donde los aliados se defienden y los mercados calculan daños.
Más que un foro de consensos, Davos se perfila como una antesala del nuevo mapa del poder: uno basado no en reglas multilaterales, sino en la imposición directa de quien tiene capacidad de romper acuerdos.
Davos en crisis de confianza: un mundo fragmentado y un liderazgo que empuja el conflicto
La edición 2026 del Foro Económico Mundial se realiza en uno de los momentos más complejos de las últimas décadas. El propio encuentro reconoce que la cooperación ya no puede darse por sentada: el mundo transita hacia un orden fragmentado, con disputas por comercio, energía, tecnología y seguridad.
El programa del WEF gira sobre cinco grandes ejes: cooperación global en un entorno de bloques enfrentados; nuevas fuentes de crecimiento en un planeta con deuda elevada y productividad estancada; inversión en capital humano ante el avance de la automatización; innovación —especialmente en inteligencia artificial— con crecientes riesgos regulatorios; y prosperidad bajo límites planetarios, donde clima, energía y agua dejan de ser discursos “verdes” para convertirse en variables duras de estabilidad económica.
Pero entre todos los temas, hay uno que domina y contamina el resto: la incertidumbre que vuelve a emanar desde Washington con Trump al mando. Su presencia no solo atrae atención mediática: altera negociaciones, desordena alianzas y obliga a gobiernos y empresas a rediseñar estrategias defensivas.
En ese ambiente, Davos 2026 no es una reunión de líderes buscando rutas comunes, sino una pasarela donde la comunidad internacional mide hasta dónde llegará Trump con su política de presión y su desprecio por las reglas compartidas.
El “factor Trump” en Davos: aranceles como castigo y Groenlandia como obsesión imperial
La tensión más visible en el Foro tiene nombre y territorio: Groenlandia. Trump ha vuelto a presionar para “comprar” la isla —territorio autónomo bajo el Reino de Dinamarca— y lo hace en el mismo estilo que ha caracterizado su proyecto político: no con diplomacia, sino con amenazas.
El método es claro: imponer aranceles a aliados y condicionar su retiro a que se acepte su agenda. Trump anunció un arancel del 10% y amenazó con elevarlo hasta 25% contra ocho países europeos miembros de la OTAN —entre ellos Dinamarca, Alemania, Noruega, Reino Unido, Francia, Suecia, Países Bajos y Finlandia— por participar en maniobras militares en Groenlandia que buscan reforzar la defensa del territorio ante riesgos geopolíticos en el Ártico.
El mensaje es doblemente corrosivo: primero, porque convierte una alianza militar y política en un negocio condicionado por castigos económicos; segundo, porque instala una narrativa de “anexión” disfrazada de seguridad nacional. El resultado no es negociación, sino escalada.
La respuesta europea no se ha hecho esperar. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ya advirtió que los aranceles afectarían la relación transatlántica. Y el conflicto escaló al punto de que el gobierno danés decidió no asistir al Foro en Davos, un gesto político inusual en una cita donde los países van a mostrarse abiertos a la inversión y al diálogo.
El problema ya no es solo Groenlandia: es el precedente. Si Trump amenaza a aliados y trata territorios ajenos como piezas transables, la seguridad y el comercio global dejan de operar bajo reglas para moverse por imposiciones. Eso, para el mundo, equivale a un regreso a la ley del más fuerte.
Noruega responde y Europa se planta: “Groenlandia es Dinamarca” y el Nobel no se negocia con amenazas
La lógica de Trump no solo ha provocado irritación: ya generó respuestas públicas que lo exhiben. Una de las más contundentes vino desde Noruega. El primer ministro Jonas Gahr Støre reiteró que Groenlandia pertenece al Reino de Dinamarca y que Noruega respalda plenamente esa posición.
Pero el episodio fue más allá del debate territorial. Støre también tuvo que aclarar algo que, en condiciones normales, ni siquiera sería tema internacional: que el Premio Nobel de la Paz no lo entrega el gobierno noruego, sino un Comité Nobel independiente. La aclaración llegó luego de que Trump enviara una carta en tono amenazante, señalando que ya no se sentía obligado a “pensar solo en la paz” tras no recibir el galardón.
El hecho retrata un problema de fondo: Trump opera como si la política internacional fuera una extensión de su orgullo personal. Mezcla disputas de Estado con frustraciones individuales, y utiliza aranceles y presión militar como si fueran instrumentos de castigo emocional.
Noruega y Finlandia, además, expresaron su rechazo a los aumentos arancelarios anunciados por Trump y plantearon la necesidad de reducir tensiones. Incluso propusieron una llamada telefónica para contener la escalada. Trump, sin embargo, optó por divulgar el mensaje entre líderes de la OTAN, elevando el conflicto y reforzando su estilo: polarizar primero, negociar después, y siempre bajo amenaza.
En Davos, esta dinámica pesa como plomo. Los gobiernos europeos llegan al Foro no para debatir desarrollo, innovación o transición energética, sino para defender soberanía y contener una ofensiva arancelaria que, bajo Trump, se normaliza como método de control.
Davos bajo presión: el poder corporativo y financiero se reacomoda ante la incertidumbre estadounidense
La influencia de Trump en Davos 2026 no se limita a los salones políticos: alcanza directamente al corazón del foro, donde el capital global toma nota. A diferencia de otros momentos, la incertidumbre actual no surge de una guerra inesperada o de un colapso financiero; proviene de una decisión política deliberada: desmantelar reglas, debilitar acuerdos y obligar a elegir bandos.
En esta edición, Trump llega acompañado por una delegación estadounidense histórica, integrada por altos funcionarios, incluida la presencia del secretario de Estado Marco Rubio, el enviado especial Steve Witkoff y Jared Kushner. Es una señal de que Washington pretende convertir Davos en escenario de su agenda, no en un espacio neutral.
La cumbre reúne además a actores clave de la economía global: desde organismos financieros hasta figuras corporativas de primer nivel vinculadas a la tecnología y la inteligencia artificial. En teoría, Davos debería enfocarse en crecimiento, productividad e innovación. En la práctica, la discusión gira en torno al riesgo de una “guerra geoeconómica” provocada por el retorno de aranceles como arma política.
En este clima, la inteligencia artificial aparece como motor y amenaza: inversiones masivas, competencia por el control tecnológico, temores de automatización y desplazamiento laboral, y riesgos de desinformación, deepfakes y ciberseguridad. Pero incluso ese debate queda condicionado por la fragmentación política: si el mundo se divide en bloques rivales, la IA deja de ser un campo de cooperación y pasa a ser un frente estratégico de dominio.
América Latina llega con una presencia relevante pero desigual, con mandatarios como Javier Milei, Daniel Noboa y José Raúl Mulino. Para la región, Davos siempre es vitrina de inversión, pero en 2026 se convierte también en examen de sobrevivencia: la selectividad del capital global aumenta, y la estabilidad institucional se vuelve requisito. Un mundo menos tolerante al riesgo no premia la improvisación ni la dependencia.
Mientras tanto, el dispositivo de seguridad sin precedentes en Suiza —con miles de efectivos movilizados y un ambiente de protestas— ilustra el mismo punto: Davos 2026 no es una fiesta del consenso. Es el espejo de un planeta tenso.
Y en el centro de ese espejo está Trump: no como invitado, sino como detonador. Su presencia redefine el evento porque convierte el diálogo en transacción, la alianza en chantaje y la soberanía en mercancía negociable. En un foro diseñado para hablar del futuro, Trump impone una política que se parece demasiado al pasado: el de las amenazas como lenguaje y la fuerza como argumento./other-news.info
